"No."
La palabra salió de mis labios, clara y firme. Iván parpadeó, sorprendido por mi repentina resistencia.
"¿Qué has dicho?"
"He dicho que no," repetí, mirándolo directamente a los ojos. "No voy a disculparme por algo que no hice. Y no voy a cuidar de ella."
Una vena latió en su sien. "¿Te estás rebelando, Catalina? ¿Después de todo lo que hago por ti?"
"¿Qué haces por mí, Iván?" pregunté, mi voz cargada de una amargura que ya no podía ocultar. "¿Robarme mis sueños? ¿Humillarme delante de tu amiga? ¿Acusarme de intento de asesinato?"
Él dio un paso hacia mí, amenazante. "Ten cuidado con lo que dices."
Pero yo ya no tenía miedo. El dolor había quemado el miedo. "No. Tú ten cuidado, Iván. Ya he aguantado suficiente."
Me di la vuelta y volví a guardar mis zapatos en la caja. Mi decisión estaba tomada. Me iría a Madrid para el concurso. No le diría nada. Simplemente desaparecería de su vida.
A la mañana siguiente, me desperté con un ruido en la cocina. Fui a ver y me encontré a Iván preparando el desayuno. No para mí. Estaba cortando fruta y preparando tostadas en una bandeja. Algo que nunca, en nuestros tres años de matrimonio, había hecho para mí.
"Es para Raquel," dijo sin mirarme. "Le han dado el alta. La traeré aquí para que se recupere."
Observé en silencio cómo colocaba con cuidado un pequeño jarrón con una flor en la bandeja. La misma flor que crecía en nuestro patio, la que yo cuidaba todos los días.
En ese momento, lo comprendí con una claridad dolorosa. Yo nunca había sido su prioridad. Siempre sería Raquel. La amiga frágil, la mujer desvalida que necesitaba su protección. Y yo... yo era solo un accesorio, la esposa que mantenía la casa en orden.
Una tristeza profunda y desoladora me invadió. Ya no había rabia, solo un vacío inmenso. El amor se había ido, y en su lugar solo quedaba el agotamiento de una lucha perdida.
Decidí actuar con cautela. Fingí arrepentimiento.
"Tienes razón, Iván," dije con voz sumisa. "Fui egoísta. Lo siento. Cuidaré de Raquel."
Él me miró con sospecha, pero pareció satisfecho. "Más te vale."
Durante los días siguientes, interpreté el papel de la esposa arrepentida. Atendí a Raquel, que se había instalado en nuestra habitación de invitados, fingiendo una debilidad que no engañaba a nadie más que a Iván. Le llevaba la comida, le cambiaba las sábanas, soportaba sus sonrisas triunfantes cuando Iván no miraba.
Mientras tanto, en secreto, preparaba mi huida. Hablé con Don Manuel, que me consiguió el billete de tren a Madrid. Empaqué una pequeña maleta con lo esencial: algo de ropa, mis ahorros y, por supuesto, mis zapatos de flamenco. La escondí en el fondo del armario, esperando el momento adecuado.
Cada noche, me sentaba en el pequeño balcón, mirando las estrellas y pensando en mi futuro. Estaba cansada. Cansada de luchar por un amor que no era recíproco. Cansada de sentirme invisible. El divorcio ya no era una opción, era una necesidad para sobrevivir.





