-¿Sí? Adelante -dijo.
Probablemente fuera su madre, con algún detalle que hubiera que resolver, o si no Abigail, la más carente de tacto pero la más íntima de sus amigos del colegio, que no dudaría en lanzarle otro discurso sobre la estupidez que suponía su boda.
-Estupendo -había dicho cuando Isobel le había hablado de Jeremy-. ¡Arruina tu vida! ¡Destruye todas tus esperanzas de convertirte en médico! Y ya que estás en ello, ¿por qué no te arrojas debajo del autobús más próximo también? -exclamó con ademanes teatrales, consecuencia de sus estudios de arte dramático-. ¡No volveré a mencionar el tema!
Pero había continuado hablando de ellos siempre que se había visto, e Isobel supuso que estaba a punto de comenzar otra vez. No era Abigail. No era su madre. Era la última persona en el mundo a la que quería ver, pero le dirigió una mirada desafiante a través de la habitación.
-Vaya -dijo él, entrando en el dormitorio y cerrando la puerta tras sí-, así que la novia está lista.
Su tono era sarcástico, su expresión dura y despectiva.
-¿Qué estás haciendo aquí? -preguntó Isobel. Le latía el corazón aceleradamente, haciéndola sentirse mareada. Él siempre había producido ese efecto sobre ella, como si su simple presencia bastara para revolucionarla por completo.
-¿No esperabas que viniera? -preguntó Lorenzo, sonriendo si pizca de diversión-. Cómo es posible, Isobel, si soy el padrino.
-Sí -respondió ella, humedeciéndose los labios con la lengua-. Pero deberías estar abajo, como todo el mundo
Lo que realmente quería decir era que él debería estar en cualquier parte, pero no allí, no en su habitación. No podía soportar el juego cruel que había estado manteniendo desde que había descubierto lo de Jeremy, aunque pudiera comprenderlo.
-Nunca creí que lo harías -dijo él, avanzando hacia ella-. Cuando me dijiste hace cinco meses lo que estabas planeando, pensé que era una broma, una broma estúpida.
-No era un broma, Lorenzo.
Él la agarró por los brazos y ella hizo una mueca de dolor.
-¿Por qué? ¿Por qué, maldita sea?
-Te dije que...
-¡No me dijiste nada! -la soltó y se dirigió hacia la cómoda, apoyándose en ella con los puños cerrados. Isobel lo siguió, observó su espalda, la cabeza inclinada, y luchó para no rodearlo con sus brazos. Al poco tiempo, él se dio la vuelta y la miró, con expresión sombría y salvaje-. ¿Por qué estás haciendo esto, Isobel? No estás enamorada de Jeremy Baker.
Hubo un tono de desprecio en su voz, e Isobel se apresuró a contestar para esquivar el tema del amor.
-¿Cómo puedes hablar de él en ese tono? ¡Creía que era tu amigo!
-Los dos lo conocemos -replicó Lorenzo-. Es inestable, imprudente. Tú misma me lo dijiste. ¿No es esa una de las razones por las que dejaste de verlo, incluso como amigo, después de que empezó a trabajar para tu padre? Te daba miedo. Estabas contenta de estar en la universidad.
-Tú también me das miedo -dijo ella-, cuando te pones así.
Se miraron mutuamente. Él estaba furioso, y su furia, ella lo sabía, venía dada por su frustrante desconcierto ante la situación. Ella lo miró, observando su fuerte cuerpo, las atractivas facciones que habían hecho que las cabezas de todas las chicas se volvieran a su paso cuando llegó al colegio años atrás. Tenía sólo dieciséis años entonces, pero en su cara estaba ya la promesa del impresionante hombre en el que se convertiría.
-Estoy intentando ser razonable, Isobel -dijo él en un tono de voz que no sonaba razonable en absoluto-. Estoy intentando descubrir si aquí hay algo que ignoro o si hace falta que te internen en el manicomio más cercano con una camisa de fuerza.
La observó entornando esos ojos claros que eran especialmente impresionantes dado el tono oscuro de su pelo y de su piel. Era Italiano, hijo de unos emigrantes que se había establecido en Inglaterra, escogiendo el sitio cuidadosamente para que su brillante hijo único pudiera acudir a uno de los mejores colegios privados del país. Había conseguido fácilmente una beca y había destacado entre los estudiantes, bastante brillantes en general pero en su mayoría de familia rica, como un leopardo en medio de un rebaño de ovejas.
Era diferente de todos ellos, y nunca había parecido importarle en absoluto. No tenía por qué. Su cerebro le bastaba para garantizarle el respeto de todos. A los dieciséis, poseía un formidable intelecto que, según se murmuraba, superaba a algunos de los profesores. Su mente era brillante y creativa, y sus posibilidades de tener éxito era formidables. Nada de eso había cambiado.
-Sé lo que estoy haciendo, Lorenzo -susurró Isobel, clavando los ojos en sus propias manos, que tenía apretadas delante de ella.
-¡Sabes de sobre que no! -rugió él, y ella lanzó una mirada nerviosa primero hacia él y luego en dirección a la puerta.
-¡Vas a conseguir que suban a ver que está pasando!
-¡Y les diré exactamente lo mismo que te estoy diciendo ahora! ¡Qué te has vuelto loca!
-¡Tú no comprendes! -replicó Isobel, y Lorenzo avanzó hacia ella.
-¿Qué es lo que no comprendo? -preguntó, deteniéndose frente a ella y mirándola fijamente.
Por un segundo, ella no tuvo ni idea de qué decir. Desde el comienzo había habido una ligera sospecha bajo la ira que Lorenzo sentía ante su decisión, e Isobel se dio cuenta de que sus palabras, pronunciadas espontáneamente, habían avivado esa sospecha. No podía permitir que eso pasara. Él era demasiado inteligente como para dejar que atisbara algo de la verdad que había detrás de esa oscura farsa.
-Le tengo afecto a Jeremy -dijo, sin afrontar su mirada, y él le hizo levantar la barbilla en un gesto rudo.
-No te lo crees ni tú -dijo él, y su mano se movió de su barbillas para hundirse en su pelo, de forma que ella se vio obligada a mirarlo-. Sólo hay una persona por la que sientes algo. ¿Quieres que te lo demuestre?
Su boca se curvó en una sonrisa, pero no había nada amable en ella.
-¡Lorenzo, no!
-¿Por qué? ¿Tienes miedo?
-¡No, claro que no tengo miedo! -replicó ella intentando reír, pero sólo consiguió producir un sonido ahogado-. Voy a casarme con él -dijo, apoyando las palmas sobre el pecho de él y sintiendo su energía masculina que se traspasaba a ella como una corriente eléctrica-. Puede que no te guste la idea, pero es así y no tiene sentido intentar nada al respecto.
-Fuiste mi amante -dijo él en voz baja y ronca-. ¿Estabas con él a mis espaldas? ¿Es eso?
-¡No!
-Apenas lo viste cuando estabas en la universidad. Casi no viniste a casa, y los fines de semanas estaba conmigo. Es difícil que viniera a verte durante la semana. Su trabajo no se lo permitía.
-Me escribía -admitió ella. Era una pequeña concesión y era verdad. Jeremy había escrito.
-¿Arreglasteis la boda por correspondencia? -se burló Lorenzo, y la agarró con más fuerza por el pelo-. No me hagas reír. Salias con él cuando tenías dieciséis años, pero, ¿fijasteis la fecha de la boda en virtud de unas pocas cartas?
-Eso no tiene importancia -susurró ella, y la furia de él se acrecentó.
-Has sido mía desde que tenías dieciséis años -dijo con rabia-. Ahora tienes viente y hemos sido amantes durante un año. Jeremy nunca ha contado en esta historia. Siempre me has pertenecido.
Sus palabras invadieron la mente de ella y conjuraron imágenes de Lorenzo rodeándola con sus fuertes brazos, explorando su cuerpo con sus labios. Había sido su primer y único amante.
-Me pertenezco a mí misma -murmuró ella, intentando soltarse.
-Dime que estás enamorado de él -le murmuró él al oído salvajemente-. Quiero oírtelo decir -estaba tan cerca de ella que Isobel podía sentir los latidos de su corazón, oler la ruda dulzura de su piel. Desde que había sabido que iba a casarse con Jeremy, había evitado a Lorenzo Cicolla, porque su proximidad era lo que más temía y, al tenerlo a su lado, comprendió que había tenido razón-. No puedes, ¿verdad? -se burló él-. Entonces, ¿por qué? ¿Te ha amenazado? ¡Respóndeme!
-Claro que no -se oyó ella responder rápidamente, demasiado rápidamente-. Lo conozco desde que éramos niños. Jugábamos juntos. Teníamos el mismo círculo de amigos.
-Yo jugaba a las canicas con una niña que se llamaba Francesca cuando tenía diez años, y eso no significa automáticamente que estuviéramos destinados el uno al otro. En cualquier caso, estás hablando en pasado. El pasado es historia.
-¡La historia nos condiciona!
-Olvidas que yo también lo conozco bien. Lo bastante bien como para saber que puede ser peligroso. Siempre ha corrido riesgos, riesgos estúpidos, y la única razón por la que siempre se sale impune es porque sus padres tienen suficiente dinero para sacarlo de cualquier situación.
-¡Tiene un trabajo!
-Eso no significa nada.
-¿Por qué eres su padrino si lo odias tanto? -le preguntó ella con amargura-. ¿Por qué? ¿Por qué has tenido que venir?





