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Pobre auto, en cualquier momento, o se rodaba la tuerca, o se quebraba la llave con la que Rebecca Smith hacía torque. Sí, aún estaba cabreada por haber empatado con el niñato ese la noche anterior. Había sido un duro golpe para su autoestima y su ego, y la única manera que encontraba para canalizar esa rabia, frustración era trabajando con algún automóvil. Para el día de hoy ella tenía que trabajar en cuatro coches y eran las doce menos cuarto y ya los tenía todos listos.
Tendría que pedirle más trabajo a Mark o terminaría volviéndose loca por las ganas reprimidas de cometer un homicidio.
Cerró el capot del Chevrolet corsa con el que trabajaba. Sencillo, sólo había tenido que cambiar unas bujías. No entendía como había gente que le pagara por hacer ese trabajo, pero bueno, había personas que ni siquiera sabían que era una bujía. Era lamentable.
Guardó las herramientas que había usado y se limpió las manos que aún tenían grasa. Ya mediodía y estaba acalorada aún cuando estuvieran a mitad de otoño. No le gustaba la lluvia ni el frío, pero el calor la desesperaba y hacía sudar aunque no hiciera nada; así que se quitó la parte de arriba del overol azul marino que usaban en el taller. Lo dejó hasta la cadera y ahí lo amarró, quedando sólo con una camiseta ajustada sin mangas negra con el cuello descosido que tenía el logo de uno de sus grupos favoritos: Godsmack.
Bien, hora de buscar más trabajo para no volverse loca.
Con grandes zancadas y un andar resuelto fue hasta el mesón donde estaba su jefe —que también era su padre— para rogar por más autos que reparar, pero cuando llegó al mesón su padre no estaba solo, estaba ocupado con nada más y nada menos que el niñato con el que había empatado la noche anterior.
Becca sentía que le estaba saliendo humo por las orejas. ¿Qué hacía ese en sus dominios? ¿Cómo se atrevía a venir y esperar seguir con vida? Debía ser retardado…
Se quedó congelada en ese punto, mirando con todo el odio del que era capaz al hombre que hablaba amigablemente con su papá. Entonces el tipo se dio vuelta, como si sintiera que ella le estaba clavando los ojos en la nuca con un instinto asesino tan denso que era palpable.
Jack Avner era considerablemente nuevo en la ciudad. Había llegado hacía tan solo un mes, pero aún así, había participado en muchas cosas y había conocido a mucha gente más. Él era una persona sociable y no le costaba hacer amigos, si hasta incluso ya había participado en las carreras. Anoche había sido su debut oficial y lo había hecho excelente empatando con el rey de las carreras clandestinas de Nueva York. Había sido el único en cinco años en estar tan cerca de arrebatarle el puesto a Mistery. Que le dieran un par de carreras más y ese título sería suyo. Así como lo había sido en LA.
En las carreras y en sus días en NY había visto a muchas mujeres y ni hablar de las que había visto en su ciudad natal; pero ninguna antes le había robado la respiración, detenido el corazón y lo había hecho tan consciente de cada parte de su cuerpo como aquella mujer parada frente a él con una mirada asesina dirigida exclusivamente a él.
Toda ella era arrebatadora, con su altura estilizada, esas piernas largas que sólo verlas resultaba una exquisita tortura, su cabellera azabache y salvaje, sus rasgos agudos y armoniosos, y esos ojos, por Dios, esos ojos eran los más cautivantes y atrapantes ojos verdes con los que Jack se había topado alguna vez. Sin duda, esa mujer era la más hermosa que hubiese visto alguna vez, pero lo miraba con una rabia que él no podía explicar ni sabía a que atribuir. Ella parecía que quería matarlo y él estaba seguro que no la había visto nunca antes como ganarse su mala voluntad.
Él, en una situación normal, le hubiese sonreído de esa manera que sabía lograba que las mujeres se derritieran a sus pies; pero con esa mujer no sabía qué hacer, se sentía como un adolescente inseguro otra vez, intimidado por la mirada de odio de la mujer frente a él.
—Oh, Becca, ahí estás —habló Mark, el dueño del taller al que había llegado para comprar el repuesto que necesitaba—. Déjame presentarte a Jack, él anda buscando un nuevo filtro de aceite ¿lo podrías ayudar tú? Tu mamá me llamó recién porque tiene un antojo. Ella es mi hija Rebecca dijo dirigiéndose a Jack esta vez—, es la mejor de todo el taller y sólo te venderá lo mejor. Te dejo en buenas manos, chico.
Dicho esto, estrechó la mano de Jack y se fue, dejándolo solo con la hermosa mujer con expresión asesina dirigida a él. ¿Debería sentirse halagado por tanta intensidad de su mirada?
—Esto… hola —saludó nervioso, ella realmente lo estaba intimidando con esa mirada.
—¿Qué quieres? —preguntó ella con tono agresivo.
—Lo que te dijo Mark: un filtro de aceite.
—Okey, sígueme para que busquemos el mejor para el modelo que tengas..
Ella no esperó ni una mísera respuesta de parte de Jack y empezó a caminar. A él le tomó un par de segundos reaccionar del transe de verla caminar mientras se alejaba, pero rápidamente la alcanzó.
Llegaron a una habitación muy grande llena de todo tipo de repuestos en todas las marcas posibles. Realmente no le habían mentido cuando le dijeron que ese era el mejor taller en todo NY y que sin duda encontraría lo que buscaba ahí. Jack miró una vez más a Becca —le gustaba su nombre— y se dio cuenta que había encontrado mucho más de lo que buscaba. Mucho más.





