Amor convertirse en tal farsa

Miré la firma de Mateo en el papel. Era real. La separación era un hecho. Sentí un vacío inmenso, pero también una extraña sensación de liberación. Ahora solo quedaba yo. Y "Alma de Vid".

Me concentré en el trabajo, mi único refugio.

Unos días después, Mateo apareció en la bodega como si nada. Intentó tomar mi mano.

"Estás muy seria últimamente, Sofía. ¿Es por lo del vino?".

Lo miré. "¿Qué vino, Mateo?".

"El 'Legado'. Ya te dije que no fue nada".

"Ah, ese vino. No, no es por eso. Es que a veces las cosas no son lo que parecen, ¿sabes?".

Él frunció el ceño, sin entender.

Justo en ese momento, Isabella entró cojeando teatralmente. Se llevó una mano al vientre. "Ay, Mateo... me siento un poco mareada".

Él corrió a su lado al instante. "¿Qué pasa? ¿Estás bien? Siéntate aquí. ¿Necesitas agua? ¿Llamo a un médico?".

La sentó en la silla más cómoda, le puso un cojín en la espalda y le hablaba en susurros. Yo me quedé de pie, invisible.

"Bueno, yo me voy", dije en voz alta.

Mateo se giró, distraído. "Espera, te llevo". Luego se volvió hacia Isabella. "No te muevas. Llama a la cocinera y pídele que te prepare un té de hierbas. Y dile que no le ponga azúcar, que es malo para el bebé. Y asegúrate de que la fruta esté bien lavada".

Siguió dándole instrucciones durante cinco minutos. Yo esperaba en la puerta, con mi bolso en la mano.

Finalmente, se acercó a mí. "¿Lista?".

"Vas a ser un buen padre", le dije con una sonrisa sin alegría. "Te preocupas mucho".

Él pareció sorprendido por mi tono. En el coche, intentó tomar mi mano de nuevo. "Sofía, sé que las cosas están raras. Pero cuando todo esto pase... quiero que tengamos un hijo tú y yo. De verdad. Me siento tan impotente, atrapado entre mi deber y lo que realmente quiero".

No respondí. Miré por la ventanilla el paisaje de viñedos que pasaba volando.

A mitad de camino, su teléfono sonó. Era Isabella.

"¡Mateo! ¡Estoy sangrando! ¡Creo que estoy perdiendo al bebé!". Su voz era un grito de pánico.

Mateo pisó el freno tan bruscamente que me golpeé contra el salpicadero. "¡Voy para allá!", gritó.

Se giró hacia mí, con los ojos desorbitados. "Tengo que volver. Lo siento. Toma un taxi".

"Estamos en medio de la nada, Mateo. Y está empezando a llover".

"¡No puedo hacer nada, Sofía! ¡Es una emergencia!".

Salió del coche, corrió al otro lado, abrió mi puerta y prácticamente me sacó a la fuerza. Se subió de nuevo y dio la vuelta, dejando una nube de polvo y gravilla.

Me quedé sola en la carretera desierta. Las primeras gotas de lluvia, grandes y frías, comenzaron a caer. En minutos, se convirtió en un aguacero torrencial.

No había dónde refugiarse. La bodega estaba a kilómetros. Empecé a caminar.

El agua me empapaba el pelo y la ropa. El barro se pegaba a mis zapatos, haciendo cada paso más pesado que el anterior. El viento aullaba. Caminé durante lo que pareció una eternidad, sola bajo la tormenta, cada paso una afirmación de mi nueva realidad.

Cuando por fin llegué a la ciudad, fui directamente a la oficina de registro. Estaba empapada y temblando.

Presenté los papeles de separación. La funcionaria me miró con lástima.

"El proceso está iniciado. Ahora hay un período de espera obligatorio de un mes antes de que el divorcio sea final", me informó.

Salí de la oficina. La lluvia había parado. Un rayo de sol se abrió paso entre las nubes grises. Era como una promesa.

Esa noche, volví a casa agotada. Estaba helada y empecé a sentir escalofríos. Desde el salón, oí la voz de Mateo.

Estaba leyéndole un cuento a Isabella. Su voz era suave y calmada. Se reían juntos. Sonaban como una familia.

Me metí en la cama, tiritando. La fiebre subía rápidamente. Me sentía débil y sola.

Nadie vino a ver cómo estaba. Él estaba demasiado ocupado cuidando de ella.

En la oscuridad, recordé una vez, hace años, cuando tuve una gripe terrible. Mateo no se separó de mi lado. Me traía sopa, me leía libros, me cambiaba los paños fríos de la frente. Me había dicho: "Siempre te cuidaré, Sofía. Siempre".

El recuerdo era tan doloroso que me hizo llorar en silencio.

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