Adiós, Princesa Falsa

Llegué a mi mansión y me serví un whisky, las rocas chocando contra el cristal con un sonido seco. La conversación que había escuchado se repetía en mi cabeza en un bucle infernal.

"Es un idiota."

"Gastando el dinero de ese imbécil."

"Mi amor."

Cada frase era una confirmación de la verdad que mi nueva y extraña habilidad me había mostrado. El "0" sobre el nombre de Camila no era un error, era un veredicto.

Aun así, una parte de mí, la parte estúpida y enamorada que había gobernado mi vida durante una década, se negaba a aceptarlo por completo. Diez años de confianza ciega no se borran en diez minutos.

Me senté en el pesado sillón de cuero de mi estudio, el licor quemándome la garganta. Mi mente, en contra de mi voluntad, comenzó a proyectar recuerdos.

Recordé la primera vez que la vi. Ella era la hija adoptiva de los Valencia, una familia de la alta sociedad. Parecía tan frágil, tan fuera de lugar entre el lujo y la arrogancia. Me contó historias de cómo la maltrataban, de cómo se sentía como una extraña en su propia casa. Y yo, el ingenuo Ricardo, le creí cada palabra.

Recordé cuando me presentó a su "hermano" Mateo. Un joven de aspecto lamentable que, según ella, había sido abandonado por la familia Valencia y ahora luchaba por terminar sus estudios. Sin dudarlo, le ofrecí pagar su matrícula, su alojamiento, sus libros. Le di una tarjeta de crédito para sus "gastos esenciales". Ahora me imaginaba en qué se gastaba realmente ese dinero.

Recordé a la "abuela". Una anciana de aspecto dulce y enfermizo que Camila había traído a mi vida. Sufría de una rara enfermedad cardíaca, me dijo. Los tratamientos eran experimentales y costosísimos. Cada mes, yo firmaba cheques con cifras astronómicas para mantenerla con vida, para aliviar el sufrimiento de mi amada Camila. Una actriz. Una maldita actriz pagada.

El whisky no estaba ayudando. Solo avivaba la ira y la humillación.

Entonces, mi teléfono sonó de nuevo. Era ella.

Dudé un segundo. Una parte de mí quería gritarle, exponerla, decirle que lo sabía todo. Pero la otra parte, la parte fría y calculadora que acababa de nacer, me susurró que esperara. El juego aún no había terminado, simplemente habían cambiado las reglas. Y ahora, yo las dictaba.

Decidí jugar su juego una última vez, para confirmar lo que ya sabía, para alimentar mi resolución.

Respondí.

"Ricardo, ¿dónde estás? Te estamos esperando, estoy tan asustada", su voz era un susurro tembloroso, una actuación digna de un Oscar.

"Tuve un contratiempo, mi amor. Pero no te preocupes. Ya lo resolví."

Hice una pausa, saboreando mis siguientes palabras.

"Acabo de hacer una transferencia a tu cuenta. Es para el nuevo tratamiento de tu abuela y para que tú y Mateo estén tranquilos por un tiempo. Busquen un lugar mejor si es necesario."

Hubo un silencio al otro lado de la línea, probablemente estaba revisando su cuenta bancaria. Luego, un sollozo ahogado, esta vez de "gratitud".

"¡Oh, Ricardo! ¡No sé qué haríamos sin ti! ¡Eres nuestro ángel guardián! ¡Te lo juro, te lo pagaré todo en cuanto las cosas mejoren!"

"No tienes que pagarme nada, Camila. Lo hago porque te amo."

Las palabras sabían a ceniza en mi boca.

"Yo también te amo, Ricardo. Más que a nada en este mundo", dijo ella, su voz empapada de una dulzura venenosa. "Cuando todo esto pase, cuando recupere mi lugar en la sociedad gracias a ti, nos casaremos. Te daré la familia que siempre has querido. Seremos tan felices."

La promesa. El cebo final. La zanahoria que había perseguido como un burro durante años.

Pero esta vez, la zanahoria no se veía apetitosa. Se veía podrida.

"Lo sé, mi amor. Descansa. Mañana hablaremos de cómo solucionar lo de tu familia."

Colgué el teléfono y apuré el resto de mi whisky. El fuego en mi pecho no era de amor, ni de dolor.

Era el fuego de la ira forjándose en acero.

Le había dado más dinero. Le había dado más cuerda para que se ahorcara sola.

La caída de la falsa princesa iba a ser espectacular. Y yo iba a estar en primera fila para disfrutar del espectáculo.

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