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El despertar de la luna Rechazada
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El despertar de la luna Rechazada

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En El despertar de la luna Rechazada, Eliana huye al Bosque Prohibido tras ser rechazada por su manada. Esta werewolf romance novel sigue su transformación bajo el amparo del Rey Kaelen, donde despierta un linaje sagrado. Una de las fiction fantasy romance books sobre poder y destino.

Capítulo 1 de El despertar de la luna Rechazada

El dolor punzante en mis rodillas era insoportable, pero no me atrevía a dejar de fregar el piso de mármol del gran salón. Hoy era mi decimoctavo cumpleaños. En cualquier otra circunstancia, en cualquier otra familia, este sería el día más importante y sagrado en la vida de una joven. Para un licántropo, cumplir dieciocho años significa el despertar definitivo de su lobo interior y, lo más crucial, la capacidad biológica de percibir la esencia de su compañero predestinado: el alma gemela tejida por los hilos de la misma Diosa de la Luna.

Pero yo no era una loba normal. Según el Alfa y los ancianos de la manada Luna de Plata, yo estaba irremediablemente rota. Mi loba nunca dio una sola señal de vida durante toda mi infancia o adolescencia. Sin velocidad, sin fuerza sobrehumana, sin sentidos agudizados ni capacidad de transformación. Era, a todos los efectos, una simple y patética humana infiltrada en un mundo de depredadores letales. Tras la misteriosa muerte de mis padres hace diez años, mi madrastra y su hija biológica, Aria, se aseguraron de recordarme cuál era mi verdadero lugar en la jerarquía: la escoria, la sirvienta de la manada.

Mientras frotaba con fuerza la mancha de vino tinto que uno de los invitados había derramado a propósito hace unos minutos, escuché las estruendosas risas resonar en el piso de arriba. Toda la manada celebraba por todo lo alto el cumpleaños del futuro Alfa, Caleb, quien irónicamente cumplía años la misma semana que yo. La música vibraba en las gruesas paredes de piedra y el olor a carne asada inundaba el aire, un opulento festín del cual yo, con suerte, solo podría raspar las sobras al amanecer.

De repente, me detuve.

El cepillo de cerdas duras cayó de mis manos temblorosas, haciendo un eco sordo contra el mármol húmedo y jabonoso.

La atmósfera cambió de manera drástica. El persistente tufo a alcohol, perfume barato y sudor de la manada desapareció por completo, siendo reemplazado de golpe por una fragancia embriagadora que me golpeó con la fuerza devastadora de un huracán. Olía a tierra húmeda empapada por la tormenta, a madera de pino oscuro y a un toque intenso de menta helada. Era el aroma más exquisito, adictivo y puro que jamás había percibido en mis dieciocho años de vida, y tiraba del centro de mi pecho con una fuerza magnética, casi dolorosa.

Compañero.

La palabra resonó en mi mente, no como un pensamiento consciente, sino como un eco profundo, antiguo e instintivo. Una chispa de esperanza, cálida, salvaje y brillante, se encendió en la infinita oscuridad de mi corazón. ¡No estaba rota! La Diosa de la Luna no me había abandonado en la miseria. Tenía un compañero predestinado. Alguien en este mundo cruel estaba diseñado para amarme, alguien que me sacaría de este infierno de servidumbre, que secaría mis lágrimas y me protegería con su propia vida.

Me puse de pie de un salto, ignorando los calambres en mis articulaciones y el hecho de que llevaba puesto un vestido de sirvienta andrajoso, desteñido y manchado de espuma grisácea. Mis pies se movieron por voluntad propia, guiados por ese rastro embriagador como una brújula al norte. Subí corriendo las estrechas escaleras de servicio y empujé con desesperación las pesadas puertas dobles de roble que daban al salón principal de la casa.

Cientos de lobos vestidos con sus mejores galas de noche charlaban y bebían champán bajo las deslumbrantes lámparas de cristal. Cuando irrumpí en la estancia, la música pareció bajar de volumen. Algunas cabezas se giraron hacia mí con expresiones de puro asco y burla, murmurando insultos, pero los ignoré por completo. Mi respiración era errática, rápida y superficial. Estaba tan cerca de mi salvación.

Seguí el hilo invisible a través de la multitud, que se apartaba de mi camino como si fuera portadora de una enfermedad contagiosa. Al llegar al centro del majestuoso salón, levanté la vista y mis ojos encontraron al instante la fuente de aquel aroma celestial.

Mi corazón se detuvo en seco. El aliento abandonó mis pulmones.

Era Caleb.

El futuro Alfa de la manada Luna de Plata estaba de pie, innegablemente apuesto y majestuoso en su costoso traje negro a medida, sosteniendo una copa alta de cristal. A su lado, aferrada a su brazo como una hermosa e inquebrantable enredadera espinosa, estaba Aria, mi hermanastra, luciendo un vestido de seda carmesí ceñido al cuerpo que contrastaba cruelmente con mis harapos empapados.

En el preciso instante en que mis ojos castaños se posaron en él, Caleb se tensó por completo. Su postura arrogante se volvió rígida como una estatua de mármol y su intensa mirada dorada cortó el salón hasta chocar violentamente contra la mía. Vi la repentina comprensión inundar sus facciones perfectas. El pecho del Alfa subió y bajó rápidamente, sus pupilas dilatándose por la sorpresa. Él también lo sentía. Él y su lobo sabían que la lisiada sin magia de la manada era su mitad destinada.

Una sonrisa tímida, cargada de una incredulidad esperanzadora, empezó a formarse en mis labios resecos. Di un paso tembloroso hacia él.

Sin embargo, la chispa instintiva en los ojos de Caleb se apagó en una fracción de segundo, siendo sofocada y aplastada por un muro de repulsión, vergüenza y horror absoluto. Recorrió con la mirada mi ropa sucia, mi cabello castaño enmarañado, mis rodillas lastimadas y mis manos agrietadas por los productos químicos y el trabajo pesado. Su labio superior se curvó en una mueca de asco visceral que logró helarme la sangre en las venas.

-No -gruñó, y aunque su voz fue baja, en el repentino y asfixiante silencio que había caído sobre el salón de baile, sonó como el retumbar de un trueno-. Tú no. Esto tiene que ser una broma enfermiza de la Diosa. ¡Cualquiera menos la lisiada!

La sonrisa de Aria se ensanchó, maliciosa, perversa y absolutamente triunfante. Se acercó aún más al pecho de Caleb, susurrándole algo al oído mientras me clavaba una mirada rebosante de victoria. El pánico frío comenzó a asfixiarme, cerrando mi garganta.

-Caleb... -susurré, mi voz sonando apenas como un hilo roto y patético-. Eres tú. Eres mi...

Él soltó una carcajada amarga, carente de cualquier atisbo de humor, y dio un paso al frente, mirándome desde su posición de poder con un desprecio insuperable. Toda la manada nos observaba en un silencio morboso. Podía sentir cientos de miradas burlonas clavándose como agujas en mi nuca.

-Mírate bien al espejo, Eliana -escupió Caleb, señalándome con un dedo acusador como si yo fuera basura en su zapato-. Eres una debilucha, una aberración patética que ni siquiera tiene la capacidad de despertar a una loba. ¿Realmente crees que yo, el futuro Alfa más fuerte de la región, voy a atarme de por vida a una sirvienta inútil y débil? Necesito a mi lado a una Luna fuerte y poderosa que inspire respeto. Necesito a Aria.

Las palabras fueron como espadas al rojo vivo enterrándose lentamente en mi estómago.

Caleb enderezó la espalda y liberó sus feromonas. Su imponente aura de poder y dominio llenó la habitación, obligando a los miembros más débiles de la manada a inclinar la cabeza en sumisión. A mí, en cambio, la presión invisible me aplastó sin piedad contra el suelo duro. Caí de rodillas, jadeando en busca de aire que no llegaba.

-Yo, Caleb, próximo Alfa de la manada Luna de Plata -su voz profunda y autoritaria resonó con el peso de la ley ancestral, haciendo eco de manera destructiva en cada rincón oscuro de mi alma-, te rechazo a ti, Eliana, como mi compañera predestinada. Te rechazo como mi igual, te despojo de cualquier derecho y te rechazo definitivamente como mi Luna.

El impacto del rechazo formal fue inmediato y catastrófico.

Un grito agónico y desgarrador, que no sonó en absoluto humano, rasgó mi garganta. Sentí físicamente como si unas enormes garras llameantes e invisibles atravesaran mi caja torácica, retorciendo y arrancándome el corazón en carne viva. El frágil e invisible vínculo sagrado que acababa de nacer entre nosotros se estaba fracturando en un millón de pedazos cortantes. El dolor físico derivado de la ruptura del lazo espiritual era tan cegador, tan insoportable, que me doblé sobre mí misma, tosiendo y escupiendo bilis sobre el inmaculado mármol que tanto me había costado limpiar.

A través del denso velo de mis lágrimas hirvientes y la agonía pura que consumía cada célula de mi cuerpo, escuché el sonido más cruel de todos: risas. Mi manada, la gente con la que había crecido y a la que había servido obedientemente, se estaba riendo a carcajadas de mi doloroso rechazo. Y sobre todas ellas, destacaba la risa cristalina de Aria, riendo más fuerte que nadie ante mi desgracia.

Caleb me dio la espalda sin un ápice de remordimiento en su postura.

-Sáquenla de mi vista. Su sola presencia me da náuseas -ordenó con frialdad glacial a sus guardias.

No esperé a que los enormes guardias de seguridad me agarraran por los brazos para arrastrarme al calabozo o arrojarme por la puerta trasera. Movida única y exclusivamente por la pura adrenalina ardiente y el instinto ciego de supervivencia de un animal malherido acorralado, me puse de pie a trompicones, tropezando con mis propios pies entumecidos.

Me di la vuelta y corrí.

Corrí con todas las fuerzas que me quedaban a través del inmenso salón, empujando ciegamente a los que se interponían deliberadamente en mi camino para hacerme tropezar. Atravesé las puertas de roble, crucé el vestíbulo principal y salí precipitadamente a la fría y despiadada noche. La tormenta había estallado y la lluvia gélida comenzó a caer a cántaros, empapándome hasta los huesos y mezclándose con mis lágrimas saladas, pero ni siquiera disminuí el ritmo.

Dejé atrás la imponente casa de la manada, dejé atrás las luces cálidas y mi infierno personal. Corrí hacia la negrura absoluta del bosque profundo, ignorando las ramas espinosas que rasgaban mi ropa y cortaban mi piel desprotegida. No me importaban en absoluto las antiguas leyendas, ni las severas advertencias de los ancianos, ni los horrores mortales que supuestamente habitaban en la oscura frontera norte.

Solo quería alejarme. Quería que el dolor se detuviera.

Sin darme cuenta, ciega por la agonía y la traición, mis pies descalzos y ensangrentados cruzaron el límite invisible y prohibido, adentrándose de lleno en las brumosas y aterradoras tierras de la manada Sangre de Ónice.

El mismísimo lugar donde el temible y legendario Rey Alfa aguardaba pacientemente en las sombras.

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