La noche en que terminó la filmación de su última película, Elena esperaba sola el auto que la llevaría a casa, el aire frío de la noche le calaba los huesos, pero la emoción del éxito la mantenía cálida. De repente, la oscuridad del callejón fue rota por las risas soeces de un grupo de hombres borrachos que la rodearon como lobos a una oveja. El olor a alcohol barato le revolvió el estómago.
"Miren qué tenemos aquí, una estrellita de cine," dijo uno de ellos, arrastrando las palabras.
Elena intentó mantener la calma, apretando la correa de su bolso. "Por favor, déjenme en paz."
Pero sus súplicas fueron ignoradas, uno de los hombres le arrebató el bolso mientras otro le rasgaba el vestido de diseñador. El flash de un celular la cegó, una y otra vez, mientras la despojaban de su ropa, dejándola expuesta y humillada. Las fotos, supo después, subieron a internet en cuestión de segundos.
Cuando pensó que la pesadilla había terminado, que la dejarían ir con su vergüenza, uno de los hombres la miró con una lujuria animal en los ojos. "Qué desperdicio dejarla ir así."
El terror puro la paralizó, y lo que siguió fue una brutalidad que le arrancó el alma. La violaron, uno tras otro, hasta que su cuerpo fue un mapa de dolor y su mente un vacío. La abandonaron en el bosque cercano, como un objeto roto.
Las fotos se hicieron virales, un incendio forestal que consumió su carrera. "Actriz sucia" , "Zorra de Hollywood" , los titulares eran crueles y despiadados. Se encerró en su departamento, un capullo de dolor del que no quería salir. Su novio y jefe, Ricardo, el hombre que amaba, se convirtió en su única conexión con el mundo, su roca, su protector. Él la cuidaba, la consolaba, le prometía que todo estaría bien.
Una noche, mientras Ricardo dormía, su teléfono vibró en la mesita de noche. Una notificación de un chat grupal. La curiosidad, o quizás un instinto de supervivencia, la hizo tomar el teléfono. Lo que leyó la dejó sin aliento.
"El plan funcionó a la perfección. Elena está acabada, el papel en 'Luz de Luna' es tuyo, Manuela."
El mensaje era de Ricardo.
Y la destinataria era Manuela, su mayor rival.
Ricardo no solo sabía del asalto, él lo había orquestado todo. La humillación, la violación, el fin de su carrera. Todo para que Manuela, la mujer que siempre había codiciado, consiguiera un papel.
En ese instante, un torrente de recuerdos ajenos, de otra vida, la inundó. Vio imágenes borrosas, sensaciones de un pasado que no era suyo, o quizás sí. Vio a Ricardo, a Manuela, y a ella misma, en un triángulo de amor y traición que trascendía el tiempo. Se dio cuenta de que habían reencarnado. Ricardo no solo la había traicionado en esta vida, la había sacrificado por Manuela, repitiendo un patrón de otra existencia.
Sintió una ráfaga de imágenes. En su vida anterior, ella había sido una actriz aún más famosa, casada con Ricardo, el amor de su vida. Eran la pareja dorada, el epítome del éxito y la felicidad. Recordó la sensación del sol en su piel en una villa italiana, la risa de Ricardo mientras le colocaba un collar de diamantes, el peso de un premio importante en sus manos.
Luego, la tragedia. Ricardo murió en un accidente de coche. El dolor fue tan inmenso, tan devorador, que ella no pudo soportarlo. Se quitó la vida, esperando reunirse con él en la otra vida.
Pero la revelación más dolorosa vino después. Justo antes de saltar, encontró el diario secreto de Ricardo. Página tras página, no había declaraciones de amor por ella, sino una obsesión enfermiza por Manuela, una actriz novata en ese entonces. Ricardo la había usado, su matrimonio había sido una farsa para mantener las apariencias mientras su corazón le pertenecía a otra.
El impacto de esa revelación en su vida pasada la había destrozado. Y ahora, en esta nueva vida, el ciclo se repetía. Ricardo había reencarnado no para estar con ella, sino para corregir su "error" pasado, para tener a Manuela, sin importar el costo. Y el costo, una vez más, era ella.
El dolor se transformó en una rabia fría y cortante. Ya no había lágrimas. Solo una resolución de acero. Se levantó de la cama, mirando al hombre que dormía pacíficamente, el monstruo que había destruido dos de sus vidas.
Al día siguiente, cuando Ricardo le llevó el desayuno a la cama con una sonrisa compasiva, ella lo miró con ojos vacíos.
"Me llamaron de Hollywood," dijo ella, su voz plana, sin emoción. "Me ofrecieron una audición."
Ricardo frunció el ceño. "Elena, no estás en condiciones. Deberías descansar."
"Iré," dijo ella, y en su voz había una finalidad que lo desconcertó. Era la primera vez que no seguía su consejo.
La decisión estaba tomada, no por un papel, sino por una oportunidad de escapar, de empezar de cero, lejos de él y de la mujer por la que la había sacrificado.





