El estudio de audiciones en Hollywood era un hervidero de actrices nerviosas, todas compitiendo por el papel protagónico en "Luz de Luna" , una producción de alto perfil. Elena se sentía fuera de lugar, los susurros y las miradas la seguían como sombras, el escándalo de las fotos era una mancha que no podía lavar. Pero se aferró a la oportunidad, contactó a un famoso director de casting de Hollywood, el señor Collins, a quien había conocido en un festival de cine años atrás.
Collins la recibió con una ceja arqueada. "Elena, tu nombre está en todos los tabloides. Esto es un riesgo."
"Solo necesito una oportunidad para leer el guion," suplicó Elena, "demostrar que mi talento es más grande que cualquier escándalo."
Impresionado por su tenacidad, Collins accedió. Cuando Elena leyó las líneas, el dolor y la traición que sentía se canalizaron en una actuación cruda y poderosa que silenció la habitación. Collins asintió lentamente. "Tienes la audición."
El día de la prueba final, mientras esperaba su turno, la puerta del estudio se abrió y entraron Ricardo y Manuela. La presencia de ambos le revolvió el estómago. Manuela caminaba con un aire de superioridad, aferrada al brazo de Ricardo, y llevaba en sus manos una copia del guion de "Luz de Luna" , lleno de anotaciones meticulosas que Elena reconoció al instante como la letra de Ricardo.
Ricardo se acercó a ella, su rostro una máscara de falsa preocupación. "Elena, ¿qué haces aquí? Deberías estar en casa. Esto no es bueno para ti."
"Estoy aquí para trabajar, Ricardo," respondió ella, su voz más firme de lo que se sentía.
La mirada de Ricardo se endureció. "Vete. Manuela es la elección perfecta para este papel. No tienes ninguna oportunidad." Luego, su vista se posó en el pequeño amuleto de jade que colgaba de su cuello, una herencia de su abuela, su único vínculo tangible con un pasado feliz. "Además, ese amuleto… Manuela lo necesita para el personaje. Dáselo."
Elena se llevó una mano al pecho, protegiendo el amuleto. "No. Es de mi abuela."
Manuela se acercó con una sonrisa burlona. "Oh, vamos, Elena. Es solo una baratija. Ricardo puede comprarte diez mejores." Estiró la mano, como si fuera a arrancárselo. En el forcejeo, el amuleto cayó al suelo y se partió en dos.
"¡Ups, qué torpe soy!" dijo Manuela, pero sus ojos brillaban de malicia. Luego se inclinó hacia Elena y susurró, para que solo ella la oyera: "Sucia."
La palabra la golpeó como una bofetada. El dolor por el amuleto roto se mezcló con la humillación. Miró a Ricardo, esperando, suplicando con la mirada que la defendiera. Pero Ricardo solo puso un brazo protector alrededor de los hombros de Manuela.
"Fue un accidente, Elena. No hagas una escena," dijo él, su voz fría y distante.
Fue entonces cuando Elena se dio cuenta de la magnitud de la conspiración. Al mirar alrededor, reconoció varias caras en el equipo de producción. Eran primos, tíos y socios de la familia Quiroga, la poderosa familia de Ricardo. Él no solo había traído a Manuela, había llenado el estudio con su gente para asegurarse de que ella obtuviera el papel. La sensación de impotencia era abrumadora.
"Señorita Elena, es su turno," la llamó el director.
Con el corazón hecho pedazos y el amuleto roto en la mano, Elena entró al set. Todos esperaban que fracasara, que se derrumbara. El director, un hombre contratado por los Quiroga, le dijo con desdén: "La escena requiere un objeto personal. Use… eso," dijo, señalando los fragmentos de jade en su mano.
Elena respiró hondo. Miró los pedazos rotos, un símbolo perfecto de su vida destrozada. Y en lugar de recitar las líneas del guion, improvisó. Habló de la pérdida, de la traición, de cómo algo hermoso puede ser destruido en un instante por la crueldad de otros. Usó el amuleto roto como una metáfora de su propio corazón, y sus palabras, cargadas de un dolor real y palpable, llenaron el silencio del estudio.
Cuando terminó, había lágrimas en los ojos de algunos miembros del equipo que no eran de la familia Quiroga. Incluso el señor Collins, que observaba desde un rincón, estaba visiblemente conmovido. A pesar de los esfuerzos de Ricardo, el talento puro de Elena era innegable.
Esa tarde, recibió la llamada. Había conseguido el papel. Una pequeña victoria en una guerra que apenas comenzaba.





