El viento era frío, corría con velocidad y sabía que hubiese calado hasta los huesos de cualquiera que estuviese en mi situación. Cualquiera de una raza diferente a la mía. Para mí no era más que una brisa fría y punto. Estaba tan habituado al frío que para mí no había mucha diferencia entre el viento del invierno acá en Greenwich Village o en la Antártica y podía decirlo porque anduve un par de veces por esos lados.
Sentía el aire circular bajo mis pies descalzos. Los ruidos de la calle habían disminuido, apenas y se escuchaban vehículos correr por las calles y era de esperar si el reloj marcaba las cuatro menos cuarto de la madrugada, casi toda la gente se encontraba durmiendo en sus casas, pero siempre había otros que aún caminan por las calles de Square Garden Park como si fuera mediodía. Y eran esas mismas personas las que en unos minutos más se arrepentirían por no haberse ido a la cama temprano como les enseñó su mamá cuando eran niños.
Tontos humanos.
Siempre poniendo en peligro su vida, ignorando los peligros que hay en el exterior, en la oscuridad de la noche. Creen que lo peor que pueden hallar es un par de delincuentes, pero bueno, yo agradecía su estupidez porque era por eso que tenía cena fácil cada noche, aunque también lo hacía aburrido.
Y hablando de delincuentes…
—Por favor, por favor no me hagan nada —rogaba una aguda voz.
Dejé de mirar al firmamento nocturno para clavar la vista en tan común escena del callejón diez pisos más abajo.
Una adolescente era acorralada por tres tipos hip-hoppers1. Demonios, ¿no podían usar una ropa un par de tallas más cercana a la correcta? Ahí estaban acorralando a la frágil mujercita como si fuese un gatito de unos cuantos meses ante feroces canes.
Repulsivos.
Si querían aprovecharse de alguien, ¿por qué no escogían a una persona que les hiciera el peso?
Cobardes.
De entre la calaña de humanos de hoy en día, a los que más detestaba y que eran peor que una patada en las partes bajas, eran a los cobardes. Miré a que no hubiera nadie más que me quitara la presa y salté. Era la hora de la cena-desayuno para mí.
Los diez pisos desaparecieron tras de mí, mi abrigo negro de cuero —un tonto cliché que robé de las estúpidas películas de Hollywood— se abrió mientras saltaba, convirtiéndose prácticamente en una capa y permitiéndole al aire colarse en el resto de mis ropas rozando así mi pálida y mi fría piel. Aterricé en la punta de mis pies descalzos —me gustaba sentir el frío del piso en mi piel y a veces me quitaba las botas cuando me ponía a disfrutar del paisaje—, y sólo para un aterrizaje más artístico, apoyé el dedo índice y corazón de mi mano derecha sobre el duro y frío asfalto. Los dobles de todas esas películas de acción morirían de envidia si me vieran hacer esto y luego morirían de verdad a mis manos.
Me erguí más sigilosamente que una pantera y me acerqué hasta donde esos cobardes acorralaban a la mujer de cabellos rizados y negros como la medianoche.
—Tranquila, primor, —dijo uno de piel oscura— no te va a doler. Al menos no mucho.
Soltó una risotada rasposa que me pareció más repulsiva que su mismo comportamiento y su voz en sí. Quizás sólo debía matarlos, beber su sangre sería como comer mierda de alcantarilla. Posiblemente, lo mejor sería matarlos y alimentarme de la cálida sangre de la chica en apuros.
¡Qué bah! Hoy me sentía poseído por el espíritu de un niño explorador. Salvaría a la chica y mataría a esos malnacidos. Esto me garantizaría mi pasaje al cielo.
¡HA! Como si me fueran a aceptar en ese lugar o si pudiese morir siquiera.
—Creo que a los que les va a doler es a otros —dije saliendo de entre las tinieblas.
Los tres tipos se voltearon a verme mientras yo seguía avanzando. Antes de llegar a su lado me di cuenta de algo que me estaba pasando. No podía estar sucediendo, aún faltaba mucho para el amanecer. ¿Por qué me sentía tan débil? Con cada paso, sentía que iba perdiendo mis energías, sentía que perdía el control sobre mí. ¿Qué diablos me estaba pasando?
Antes de que terminara de rodillas en el asfalto, me lancé sobre los tres tipos —unos adolescentes con no más de diecinueve años— antes de que ellos se lanzaran sobre mí. Más vale apuñalar primero que esperar a que te apuñalen y si me demoraba un poco más en actuar, considerando mi estado actual, esos simples niños acabarían conmigo antes que cualquiera de mi raza.
Salté cual felino y mientras le enterraba un pie en el estómago al más alto y de piel oscura, me giré apoyado en un pie y le retorcí el cuello al más cercano. El otro soltó un grito de espanto igual al de una niñita asustada.
—No está muerto, así que no llores —le espeté al que temblaba como pollito—. Y tú, —me dirigí a la chica— más vale que corras. ¡YA!
Ella clavó sus ojos marrones almendrados llenos de preocupación y pánico en mí. Por unos segundos su profunda mirada me paralizó, lo suficiente como para que el más alto se recuperara y me diera un empujón que me dejó en el suelo. Ella chilló horrorizada.
¡Maldito fuera lo que me está debilitando! Si no fuera por aquello ese mocoso ni siquiera me hubiese movido. Solté un gruñido nacido desde lo más profundo de mi garganta antes de levantarme y saltarle encima.
—¡Corre ahora o lo lamentarás! —le gruñí a la morena que parecía clavada al piso.
Chilló y luego desapareció.
Ahora podía actuar tranquilamente sin preocuparme por destruir otra evidencia más de mi paso por aquí.





