Sofía llegó a la mansión de los García cojeando, con la rodilla vendada torpemente y el vestido manchado de sangre y lodo. La imponente puerta de roble se abrió antes de que pudiera tocar el timbre, revelando a su madre adoptiva, Elena, con una expresión de severa desaprobación.
"¿Dónde estabas? Tu padre y yo te hemos estado esperando por horas", dijo Elena, su voz carente de la calidez que uno esperaría de una madre. Sus ojos recorrieron el estado deplorable de Sofía, deteniéndose en su rodilla herida. "¿Qué te pasó?"
"Tuve un pequeño accidente", respondió Sofía, entrando en el vestíbulo que una vez consideró su hogar. Ahora se sentía frío e impersonal.
"¿Fuiste a verlo, verdad?", la voz de su padre adoptivo, Fernando, retumbó desde el salón. Estaba sentado en su sillón de cuero favorito, con un periódico en el regazo, pero su atención estaba claramente en ella. "Te advertimos, Sofía. La condición para tu regreso era clara."
"Y la cumplí", dijo Sofía, enfrentando sus miradas acusadoras. Dejó su bolso sobre una mesa auxiliar y sacó los pedazos rotos de la invitación de boda. Los colocó cuidadosamente, tratando de reconstruir la imagen. "Fui a entregarle esto a Alejandro. Me voy a casar."
Elena tomó los fragmentos, sus cejas se arquearon con sorpresa. "¿Casarte? ¿Con quién?"
"Con Ricardo Sánchez."
El nombre pareció colgar en el aire. Fernando bajó el periódico por completo. "¿Ricardo? ¿El mejor amigo de Alejandro? ¿Desde cuándo?"
"Desde hace tiempo", respondió Sofía, sin querer dar más detalles de los necesarios. "Nos casamos en diez días."
"Bueno", dijo Elena, suavizando un poco su tono, aunque todavía había un matiz de escepticismo en su voz. "Si es verdad, entonces es lo mejor. Pero tienes que entender, Sofía, que no podemos permitir más escándalos. La reputación de esta familia ya ha sido puesta a prueba por tu culpa."
"Lo entiendo", murmuró Sofía, sintiendo el peso de su desaprobación.
"Sube a tu habitación. Le pediré a la servidumbre que te prepare un baño y te traigan algo para esa herida", concluyó Elena, dándole la espalda y terminando la conversación. Le entregó los pedazos de la invitación a Fernando. "Asegúrate de que le llegue una nueva a Alejandro. Que vea que esto es real. Quizás así, por fin, la deje en paz."
Sofía subió las escaleras, cada escalón un recordatorio del abismo que se había abierto entre ella y la familia que la había criado. Su antigua habitación estaba impecable, tal como la había dejado, pero se sentía como un museo, no como un hogar.
Esa noche, el dolor de su rodilla y el agotamiento del viaje la sumieron en un sueño agitado. Se encontró de nuevo en la noche de su decimoctavo cumpleaños, borracha y valiente. Vio a Alejandro acercarse a ella en el sofá, su rostro a centímetros del suyo, su aliento olía a whisky caro. Sintió de nuevo el roce de sus labios, el beso robado que lo había empezado todo. Pero esta vez, en el sueño, cuando ella se le declaró al día siguiente, él no solo la rechazó. La miró con asco.
"Eres mi hermana, Sofía. ¿Cómo pudiste pensar algo tan repugnante?", siseó en su sueño.
Luego la escena cambió. Estaba de nuevo en el palco del club, pero esta vez, cuando Alejandro besaba a Camila, sus ojos estaban fijos en ella, llenos de un odio gélido. Y cuando rompió la invitación, los pedazos se convirtieron en cenizas en sus manos.
Se despertó sudando frío, con el corazón latiéndole desbocado. La luz del amanecer se filtraba por las cortinas. Se sentó en la cama, abrazando sus rodillas.
¿Por qué él la odiaba tanto? Entendía que no quisiera corresponder a sus sentimientos, pero su crueldad iba más allá de un simple rechazo. Había algo más, algo que ella no entendía. ¿Por qué la había cuidado con tanta devoción durante años solo para desecharla de una manera tan brutal? ¿Por qué la besó esa noche si la consideraba repugnante?
Las preguntas daban vueltas en su cabeza, sin respuesta. Sacudió la cabeza, tratando de alejar los pensamientos. No importaba. Ya no importaba. Se había pasado tres años intentando entenderlo, tres años obsesionada con el porqué. Ahora era el momento de dejarlo ir. Se iba a casar con Ricardo, un hombre que la quería, que la respetaba, que nunca la haría sentir como se sintió anoche. Tenía que mirar hacia adelante.
Unos días después, Elena la arrastró a una reunión benéfica organizada por una de sus amigas. "Tienes que empezar a reincorporarte a la sociedad", le dijo. "Y es una buena oportunidad para que todos vean que has vuelto y que estás comprometida."
Sofía se puso un vestido elegante y forzó una sonrisa. Odiaba estos eventos, llenos de gente falsa y conversaciones vacías. Pero no tenía más remedio que ir. Apenas entraron al lujoso salón de un hotel, lo vio.
Alejandro estaba allí, en el centro de un grupo de gente importante, con Camila Vargas colgada de su brazo como si fuera un trofeo. Se reía de algo que alguien dijo, una risa que no le llegaba a los ojos. Camila, por otro lado, parecía disfrutar de la atención, sonriendo a todo el mundo, apretando el brazo de Alejandro cada vez que una mujer se acercaba demasiado.
Sofía sintió una punzada en el pecho, pero la ignoró. Se concentró en saludar a los conocidos de sus padres adoptivos, en responder preguntas sobre su tiempo en España, en hablar de su inminente boda.
Más tarde, durante la cena, los organizadores propusieron un juego para animar el ambiente: "Verdad o Reto", pero en una versión más sofisticada. Cada mesa tenía que proponer una pregunta o un reto para otra mesa. Por supuesto, la mesa de los amigos de Alejandro los eligió a ellos.
El mismo amigo que la había humillado en el club se puso de pie. "Para la mesa de los García. La pregunta es para Sofía. Ya que todos hemos oído los rumores de tu boda, queremos saber los detalles. ¿Cuándo exactamente te le declaraste a Ricardo, o fue él quien se te declaró a ti?"
La pregunta era maliciosa, diseñada para ponerla en evidencia, para insinuar que ella había sido la que había perseguido a Ricardo, igual que había hecho con Alejandro. El salón quedó en silencio, todos los ojos puestos en ella. Sintió las mejillas arder.
Antes de que pudiera responder, la voz de Alejandro cortó el aire, fría y autoritaria.
"No te molestes en responder, Sofía. Todos sabemos que es una mentira."
La humillación fue instantánea y pública. Pero esta vez, Sofía no se quedó callada. Miró directamente a Alejandro, sus ojos desafiantes.
"Él se me declaró", dijo con una voz clara y firme. "Hace un año, en mi apartamento de Madrid. Y yo le dije que sí."
La sorpresa en el rostro de Alejandro fue evidente. No esperaba que ella respondiera, y mucho menos con tanta seguridad.
"¿Y dónde está tu prometido ahora? ¿Por qué no está aquí contigo, si tan en serio va la cosa?", la desafió Camila, su voz destilaba veneno.
"Está ocupado", respondió Sofía con calma. "Preparando nuestra boda."
"¿Ah sí?", se burló Alejandro. "Pues qué conveniente. ¿Cómo se llama ese prometido fantasma? ¿O es que te lo has inventado?"
La tensión era palpable. Sofía sabía que no le creerían a menos que diera un nombre. Respiró hondo.
"Se llama Ricardo Sánchez."
El nombre cayó como una bomba en el salón. El silencio fue ensordecedor. La sonrisa burlona de Alejandro se congeló en su rostro, reemplazada por una expresión de pura incredulidad y furia.
"¿Qué dijiste?", espetó, su voz era un gruñido bajo y peligroso. Se puso de pie, derribando su silla en el proceso. "¿Ricardo? ¿Mi mejor amigo?"
Todos los presentes se quedaron boquiabiertos. La revelación era demasiado escandalosa, demasiado jugosa. Sofía había convertido una humillación pública en un jaque mate. Por primera vez en mucho tiempo, sintió una pequeña, amarga victoria.





