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XANNY
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XANNY relata la espiral de Melany entre fármacos y distanciamiento familiar. Su vínculo con Giuliano acelera una caída hacia un vacío letal. Esta modern novel explora el riesgo de la dependencia, destacando entre las romance stories de young adult fiction romance books actuales.

Capítulo 1 de XANNY

Me llamo Melany y estoy escribiendo esto porque estoy en terapia y suelen decir que esto ayuda. Al decir verdad yo no creo mucho en la terapia, pero decían que debía hacerlo porque hice cosas malas y es muy probable que siga lastimando a los demás. No lo hago por mí, lo hago por los que amo. 

Les voy a contar como una persona normal y sin ningún tipo de problemas puede volverse loco y querer morir. No soy una persona maltratada, no sufrí violencia doméstica y de ningún tipo, pero creo que desde que tengo conocimiento de mi propia existencia quería desaparecer. Y una vez, comencé a tomar pastillas por alguna razón y por algo que después contaré, pero no, no lo merecía, nada en este mundo merece que te vuelvas un drogadicto a voluntad. Sí, efectivamente siempre sufrí de tristezas exageradas, pero no lo sabía. 

Cuando era adolescente pensaba que era normal sentirse así, porque cuando lo eres, todo el mundo sufre, pero después, crecí. Y yo, sentía lo mismo. Entonces me di cuenta que todo el tiempo tenía que estar cuidándome, que debía sobreprotegerme más de lo habitual,  que tenía que quizás leer un mismo mensaje muchas veces para saber cual era su significado. Y después supe que todo venía desde muchos años antes. 

Cuando era niña, solía sentarme a ver a mis compañeros y no sentir que alguno de ellos me conociera profundamente, y de adolescente, cambiaba de grupos y con ninguno sentía que quisiera estar. Yo estaba sola, pero nadie me veía. Pero no crean que cuando hablo de esto estoy hablando desde una friki que no pilla ni cacho del pastel, yo había tenido mis experiencias, y mi familia me apoyaba en ello bastante. Pero es que una vez te acostumbras tanto al vacío que crees que es rutina. Alguna vez me acostumbré tanto a ese vacío que pensé que era mi forma de ser. Llegué a pensar que sentirme vacía todo el tiempo era una etapa, que alguna vez dejaría de sentirlo, que pasaría, culpé de todo a las personas por no completarme a mi misma, llegué inclusive a pensar que ser austera con las personas y desconfiar en demasía de ellas era normalidad. Llegué a pensar que tenía que fingir siempre, que si estaba en una fiesta solo debía generar situaciones que me causaran placer, pensé alguna vez en el amor, y que amar era el solo querer estar con alguien.

Pero con el tiempo descubrí que no quería realmente a nadie de las personas que pensaba que quería, que solo las necesitaba. Porque después supe que cuando realmente quieres, quieres que las personas estén bien, estén o no en tu vida, y yo no sentía eso. A mi me daba igual, ya no me importaban lo que les pasara si ya no estaban conmigo. Una vez un novio que tuve sufrió un accidente y lloré porque si se moría me quedaría sola, me quedaría sin novio. No lloré verdaderamente porque quería que no le hubiera pasado algún daño. Lloré porque lo necesitaba. Para mi en ese entonces era normal, y un día, ya no estuvimos más, y se volvió un extraño. Un día, la persona que pensé que quería y que amé me dio indiferencia y volví a recordar aquella vez donde creí que se había muerto, y descubrí, que si estaba muerto me hubiera dado igual y años más tarde, lo supe, lo quería porque me servía.

Suena cruel decir que alguna vez me pregunté en cómo se sabría si querías a un amigo, y alguien dijo que creía que si le pasaba algo malo, te dolería. Y pensé durante todo ese tiempo, si alguno de mis amigos se muriera, ¿me dolería honestamente? Supe entonces que por lo que sufriría es que me quedaría sin amigos, pero puedes sufrir ausencias y no necesariamente porque se mueren, y que puedes sufrir ausencias y no necesariamente porque quieres.

¿Estaría siendo cruel o siendo honesta? Reconocí entonces que todo estaba relacionado, que el vacío que siempre sentí con las personas y rodeada de gente, en realidad también estaba relacionado con no querer a nadie.

Solo quise a mis padres en toda mi vida y eso es totalmente cierto y a la vez triste, pero era opcional. Inconscientemente los elegía, porque al mentir a un montón de personas diciéndoles que las quería, me estaba mintiendo a mí. Pero mis padres me amaban, y yo los amaba, y era lo único real que conocía. 

Y después vino aquello que quitó el vacío, no tomaba alcohol, comencé a tomarlo después de los dieciocho años, solo porque lo tomaba con algo que eclipsara el mal sabor. Entonces, el alcohol nunca fue fundamental para mí o algo que me interesara. No me llamaba la atención fumar marihuana, y no me interesaba fumar. A menudo mis amigos desde que comencé a salir de casa fumaban frente a mí y me la ofrecieron, incluso detestaba el olor, me parecía ilógico que las personas eligieran todo aquello cuando ni siquiera sabe como una coca cola. Y así podría seguir con un montón de drogas que pasaron junto a mí por mis amigas y sin embargo nunca las probé y probablemente nunca las probaría porque no me interesan.

Supongo que mucho de lo que ayudó es que todas las personas se metían cosas para probarle algo a alguien más, que lo podían hacer. Sin embargo, a mi no me interesaba caerle bien a alguien por algo que hiciera, y casi nunca me seducía lo que al resto sí. Pensaba que estaba en un nivel de superioridad mental en el que mi búsqueda iba más allá, como descifrar porque me sentía tan ajena de mi propio entorno, pero al final, la búsqueda se deterioró, y como todo, en las noches comienza a hacer demasiado ruido, y al volver a casa mi mente hacía inevitablemente un balance, ¿que perdía? ¿que ganaba? Cuando conocía a alguien, si me invitaba, me preguntaba silenciosamente, ¿ganaría algo teniendo un vínculo con esta persona? Y así comencé, desarrollándome exclusivamente con quienes me interesaran. 

Y en un día, sin pensarlo tanto, lloraba, porque pensaba que me habían roto el corazón, lloraba a viva voz pensando y gritando que me dolía el pecho, y que me quería morir. Era angustia. Por lo que mis padres pensando en que su única hija mujer y sana, sin adicciones ni vicios se sentía tan mal que quería morirse, llamaron a un médico, el médico llamó a un psiquiatra, y mientras tanto, el médico dio unas pastillas antidepresivas y ansiolíticos para sacarlo de apuros.

Todo se paralizó. Volví a respirar, volví a ver el mundo, mis pulmones se abrieron, mi mundo y todo por un instante se detuvo, dejé de sentir el peso que sentía y volví a darle aire al mundo con liviandad.

Mi rostro había cambiado, pasó del llanto absoluto y de la desesperación a una serenidad impensada, un rostro libre de humor, tranquilo, pero tan frágil como ido. Ahí lo supe. Esa era la sensación que estaba buscando toda mi vida. El vacío se apagó y se silenció.

Días después comencé a ver al psiquiatra, que me recetó tantas pastillas como no podrías nombrar. Desde alprazolam, citalopram, fluoxetina, somnífeos, antipsicóticos, etc. Tenía un riguroso tratamiento pero no tardó mi cuerpo en acostumbrarse, cada vez pedía más. Y ahí es cuando comenzó todo.

Cuando digo que todo comenzó es porque ahí comienza esta historia, es la primera y única vez que la escribiré, que la tocaré y seré breve, honesta, cosa que no todo el tiempo lo soy. Y antes que nada quiero dejar sentado que no soy ejemplo de nadie y que sé que las cosas que hago están mal tanto como sé que soy la única dueña de todo lo que hago, que nadie fue responsable de lo que me sucedió. Nadie me obligó a nada, no es mi intención todo lo que causé, si pudiera ser otra persona lo sería, porque yo tampoco sé si quiero ser la persona que soy ahora. Pero no puedo cambiar, no porque no quiera, sino porque sencillamente, no funciona.

Mis padres se casaron y desde entonces, nunca se separaron. Siempre pensé que quería algo así en mi vida, o al menos eso pensaba cuando era niña, y así fue, así busqué, tonta, ilusionada y con esperanzas, salí al mundo que nada tenía para mí, pensando que el amor era de a dos y que la soledad era sinónimo de fracaso, quizás porque en algún lugar, alguna vez, nos dijeron que si moríamos solos, que si eras mujer y no tendrías esposo ni hijos, eras una persona fracasada, y aunque no creía honestamente en estas palabras, porque sentía que mi espíritu distaba de estos valores, lo intenté, intenté que me amasen, intenté amar, intenté que me correspondieran, intenté todo y en todo fallé, quizás porque nunca nos enseñaron que el amor más poderoso era el de uno mismo, hacía uno mismo. 

Antes de preceder a contarles mi historia completamente voy a decirles que se resume en tres partes, un amor, un amor desquiciado, el desdén, y como mutilé mi cabeza con cada una de las cosas que me sucedieron. Es curioso que solo necesites a un ser humano para lastimarte, como a ti mismo. 

Porque lo único que leerán en este libro es un amor tóxico, una niñata que no sabe como lidiar con sus sentimientos, que no sabe lo peligroso que son los asuntos con los que se mete. Lo que es, básicamente la vida. 

Me leerán caer, y les pido perdón por eso, lo intenté. Realmente lo intenté.

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