Votos Destrozados, Venganza de Sangre Implacable

POV Sofía:

Los ojos de Alejandro se entrecerraron, un músculo temblando en su mandíbula. La máscara fría y ensayada que llevaba se deslizó por una fracción de segundo, revelando un destello de genuina irritación. Fue la única grieta en su compostura desde que mi padre había muerto. Mi padre. Muerto. Por culpa de ellos.

Me agarró del brazo de nuevo, sus dedos clavándose en mi carne, levantándome bruscamente del suelo. Mi cuerpo se sentía como una marioneta. Sin vida. Pero mi mente estaba viva, aguda, ardiendo con una nueva y aterradora claridad.

—¿Crees que esto es un juego, Sofía? —Su voz era baja, peligrosa—. ¿Crees que puedes desafiarme? —Me metió el documento de nuevo en la mano, la pluma ahora colgando inútilmente de su clip—. Fírmalo. Ahora. O Kimberly se disgustará mucho, y ya sabes lo que eso significa.

Se me cortó la respiración. Kimberly. Su amante. Su verdadera prioridad. Mi padre, su suegro durante siete años, era una mera víctima en su retorcida historia de amor.

—¿Qué significa eso, Alex? —Mi voz era un susurro, lleno de una calma aterradora—. ¿Qué más puedes quitarme? Mi padre está muerto por tu culpa. Por culpa de ella. ¿Qué retorcido poder tiene sobre ti para que sacrifiques todo por ella?

Me soltó, sus manos cayendo a sus costados. Apartó la mirada, luego volvió a mirarme, una extraña mezcla de defensa y fría resolución en su mirada.

—Kimberly... ella me salvó una vez. Estuvo ahí cuando nadie más lo estaba. —Hizo una pausa, sus ojos endureciéndose—. Ella es mi todo, Sofía. Tú fuiste... un medio para un fin. Un arreglo conveniente.

Mi mundo se hizo añicos de nuevo, los fragmentos de mi pasado estrellándose a mi alrededor. Un medio para un fin. Todos esos años, todo mi amor, mis sacrificios, la riqueza de mi familia vertida en su empresa en apuros. No significaba nada. Fui una transacción. Un peldaño. Mi padre, su muerte, era un daño colateral. Había estado tan completa y desesperadamente enamorada de un fantasma, de un espejismo. La fría verdad era una cuchilla afilada retorciéndose en mis entrañas.

—¿Así que eso es todo? —pregunté, mi voz desprovista de emoción—. ¿Toda mi vida, mi amor, mi familia... todo fue solo un tablero de ajedrez para tus juegos retorcidos con tu preciosa Kimberly? —La ironía era un sabor amargo en mi boca. Había interpretado el papel de la esposa devota, la compañera solidaria, la hija amorosa. Ellos eran los maestros titiriteros, y yo, la tonta, bailaba a su son.

No respondió. Solo me miró fijamente, sus ojos conteniendo una advertencia escalofriante.

—Suficiente. Fírmalo. —Su paciencia se estaba agotando.

Pero ya no quedaba nada que temer. Mi padre se había ido. Mi amor por Alejandro era una ruina carbonizada. Lo único que quedaba era el sabor amargo de la traición y el ardiente deseo de justicia.

—No.

Sus ojos brillaron de ira.

—Bien. —Se dio la vuelta, sacó su teléfono de nuevo e hizo una llamada. Sus palabras fueron cortantes, cargadas de una orden aterradora—. Inicien el retiro total. Terminen todos los sistemas de soporte vital. Ahora.

La sangre se me heló. No solo había cortado el tratamiento de mi padre. Estaba ordenando la eliminación completa de todo. Las máquinas se detendrían. El zumbido cesaría. La pretensión de cuidado desaparecería.

—¡No! —grité, un sonido gutural de puro terror y agonía. Me abalancé sobre él, arañando su brazo, tratando de arrebatarle el teléfono. Pero me apartó fácilmente.

Terminó la llamada, su rostro una máscara de escalofriante indiferencia.

—Tomaste tu decisión, Sofía. —Caminó de regreso hacia la puerta.

—¡Alex, por favor! —sollocé, tropezando hacia él—. ¡No hagas esto! Él todavía... ¡era mi padre!

Se detuvo, luego se giró, un destello de algo casi como piedad en sus ojos, rápidamente reemplazado por un cálculo frío.

—Se ha ido, Sofía. Tú te aseguraste de eso cuando te negaste a cooperar.

Mi cuerpo temblaba incontrolablemente, un temblor violento que comenzó en mi núcleo y sacudió cada miembro. Me sentía débil, mareada, completamente agotada. Pero un nuevo sonido atravesó el silencio estéril. Una línea plana. Esta, más profunda, más final. El último aliento de mi padre, exhalado en el aire frío e indiferente de este cuarto de hospital.

Entonces, la puerta se abrió de nuevo. Kimberly. Entró como si la habitación le perteneciera, su rostro una imagen de preocupación.

—Alex, cariño, ¿qué pasó? Oí un grito. ¿Sofía está... bien? —Sus ojos se desviaron hacia mí, luego hacia el monitor plano, una pequeña, casi imperceptible sonrisa jugando en sus labios.

Alejandro corrió a su lado, su brazo rodeando su cintura.

—No es nada, mi amor. Sofía solo está siendo difícil. —Me lanzó una mirada venenosa.

Mi visión se nubló. Esto era demasiado. La maldad pura y sin adulterar de todo. Gruñí, un sonido que no reconocí.

—¡Tú! ¡Demonio! —Me abalancé sobre Kimberly, un animal salvaje y desconsolado. Mi mano conectó con su mejilla, un chasquido agudo resonando en la habitación.

Su cabeza se echó hacia atrás. Sus ojos se abrieron, no de dolor, sino de fingida sorpresa. Gritó, un pequeño y teatral gemido, y se cubrió la cara.

—¡Oh! ¡Mi mejilla! ¡Me pegó, Alex! ¡Me atacó!

Alejandro rugió de inmediato, su rostro contorsionado por la rabia. Me empujó, enviándome a trompicones hacia atrás, golpeando la pared con un ruido sordo y repugnante.

—¡Sofía! ¿Qué demonios te pasa? —Se volvió hacia Kimberly, su voz cargada de tierna preocupación—. ¿Estás bien, mi amor? ¿Te duele?

Kimberly se apoyó en él, su mirada encontrándose con la mía por encima de su hombro, una mueca triunfante reemplazando su fachada llorosa.

—Está inestable, Alex. Peligrosa. Tenemos que hacer algo.

Alejandro la abrazó más fuerte, sus ojos ardiendo de furia. Me miró, una expresión de puro odio contorsionando sus rasgos.

—Sáquenla de aquí. Ahora. Y asegúrense de que no reciba nada. Ni un solo centavo. Ni un solo recuerdo. —Su voz era baja, escalofriantemente tranquila—. Lo ha perdido todo.

Justo cuando terminó de hablar, la línea plana final y agonizante del monitor cardíaco de mi padre resonó en la habitación. Mi padre. Se había ido. Para siempre. Mis piernas cedieron. Caí al suelo, mis manos extendidas hacia la forma sin vida de mi padre.

—¡No! ¡Papá! —Mi grito rasgó el aire, desesperado y roto.

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