Volver a Empezar: Un Giro Inesperado

Mientras corría por las calles de la Ciudad de México, una extraña sensación se apoderó de Elena. No era una voz externa, sino una certeza interna, fría y clara, que se instalaba en su mente como las reglas de un juego del que no podía escapar. Sentía que el tiempo que le habían concedido no era infinito. Tenía un límite, una fecha de caducidad. Probablemente hasta el día en que había muerto en su vida anterior.

Su misión no era solo buscar su propia felicidad, sino enmendar el pasado. Tenía que asegurarse de que Ricardo, el hombre al que había rechazado, encontrara la verdadera felicidad que ella le había negado. Era una forma de redención, un pago por la vida que él había perdido en parte por su culpa.

El rostro de Ricardo, lleno de dolor y confusión cuando lo dejó, se repetía en su mente. Recordó los pequeños y grandes pesares de su vida juntos. Recordó cómo él había renunciado a una oportunidad de trabajo en el extranjero, un proyecto de ingeniería que lo apasionaba, porque ella no quería dejar México, atada a la esperanza de encontrarse con Mateo en alguna presentación.

Recordó cómo él soportó en silencio las críticas de los padres de Elena, quienes nunca pensaron que un simple ingeniero fuera suficiente para su talentosa hija muralista, a pesar de que él la apoyaba en su arte más que nadie. Y recordó, con una punzada de culpa abrumadora, cómo él siempre estaba ahí para recoger los pedazos cuando sus encuentros idealizados con Mateo terminaban en decepción.

Cada uno de esos recuerdos era un peso en su conciencia, un recordatorio de la deuda que tenía con él. El amor que ella sentía por Mateo era una fantasía deslumbrante, pero el amor de Ricardo había sido real, tangible y sacrificado. Y ella lo había pisoteado. La culpa la golpeaba con la fuerza de un martillo, haciéndola sentir pequeña y egoísta.

Llegó a la plaza Garibaldi, el corazón del mundo mariachi, buscando a Mateo. Lo encontró fácilmente, rodeado de admiradores, su sonrisa tan encantadora y magnética como siempre. Se acercó, con el corazón en la garganta, lista para confesarle los sentimientos que había guardado durante una década.

"Mateo" , lo llamó.

Él se giró, y por un instante, su sonrisa pareció flaquear al verla. "¿Elena? ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar… ya sabes, casándote?"

"Cancelé la boda" , dijo ella, esperando ver sorpresa, alegría, algo.

En cambio, vio una incomodidad apenas disimulada. "Ah, vaya. Qué intenso. Bueno, pues… felicidades, supongo. O lo siento. No sé qué se dice" .

La reacción de Mateo fue como un balde de agua fría. No había ni rastro del hombre idealizado que había construido en su mente. Era superficial, distraído. Mientras ella intentaba explicarle sus sentimientos, el teléfono de él no dejaba de sonar. Miraba la pantalla constantemente, respondiendo a mensajes de otras mujeres.

Una de sus fans se acercó, una chica joven y bonita, y le susurró algo al oído. Mateo le sonrió coquetamente y le dijo a Elena: "Oye, qué buena onda que viniste, pero ahora estoy un poco ocupado. ¿Hablamos luego?" .

Elena se quedó paralizada, observando cómo él se alejaba con la otra chica, riendo y rodeándola con el brazo. La cruda realidad la golpeó. El gran amor de su vida no era más que un hombre egoísta y mujeriego, más interesado en su fama y en sus conquistas casuales que en cualquier conexión real. Se sintió ridícula, una tonta que había sacrificado un amor verdadero por una ilusión barata.

Mientras estaba allí, con el corazón roto y la humillación quemándole en las mejillas, escuchó a una pareja a su lado hablar de sus planes de boda, de la casa que estaban comprando, de la vida que construirían juntos. La felicidad de ellos contrastaba cruelmente con su propia soledad y su estúpido error.

Justo cuando se daba la vuelta para irse, sintiendo una profunda desolación, una voz familiar la llamó.

"¿Elena?"

Era Ricardo. Estaba de pie a unos metros de distancia, con una expresión de preocupación en el rostro. No parecía enojado, solo… triste.

"Te estuve buscando" , dijo él en voz baja. "Pensé que podrías estar aquí. Sé cuánto te gusta venir a escuchar a los mariachis" . Luego, su mirada se desvió hacia donde Mateo había desaparecido con la otra chica. Ricardo no dijo nada, pero la comprensión en sus ojos lo decía todo.

"Escucha" , dijo él, rompiendo el incómodo silencio. "Sé que hoy es un día terrible. Pero recordé que siempre quisiste ver la lluvia de estrellas de las Perseidas desde el Desierto de los Leones. Dicen que esta noche será la más clara. Si quieres… yo te llevo" .

Elena lo miró, atónita. Después de que ella le rompiera el corazón en la mañana de su boda, después de que huyera para buscar a otro hombre, él estaba allí, ofreciéndole cumplir un viejo sueño, sin pedir nada a cambio. Era un gesto de una nobleza tan pura que a ella le dolió físicamente. Una pequeña chispa de esperanza, frágil y diminuta, se encendió en medio de su desesperación.

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