Viviendo una Tentacion Insoportable

Nolan

Scarlett sale de la habitación después de más de una hora.

Supongo que ha estado sacando las cosas de las cajas que

pesaban quince kilos cada una.

¡Y no es broma!

A juzgar por la etiqueta, en una de ellas había más de una

treintena de libros. ¡Qué montonazo!

Recuerdo que le encantaba leer en el jardín cuando íbamos

al instituto. Devoraba After y todas esas historias tan ridículas

durante horas. Los ha leído todos por lo menos diez veces y

aun así se los ha traído. ¿Utilidad? Ninguna. Pero no voy a

darle muchas vueltas al funcionamiento supercomplejo del

cerebro de Scarlett Martin.

Es un poco incordio, ¡pero la adoro!

Me encanta tocarle las narices porque se enfada con

facilidad y eso me hace reír. Tiene esa manera de picarme, de

marearme. Decir que me alegra que esté de vuelta es quedarse

corto. Claramente la he echado de menos. Pero ¿verla llegar a

nuestro piso? No me ha hecho mucha gracia, porque va a

cargarse el rollo que tenemos en nuestro grupo. ¿Y por qué?

Porque meter a una niñera en un piso con tres tíos es una mala

idea, aunque en este caso la chica sea asexuada para nosotros.

Jamás hemos aceptado chavalas en el piso; pura cuestión de

principios. Edgar insistió y debo confesar que terminé

aceptando precisamente porque se trata de Scar. Nuestra

hermanita, la rubia molesta y picajosa que ha llevado aparato

en la boca durante medio instituto. La cría que se pasaba el

tiempo arruinando mis intentos de ligar en las fiestas y a la que

le divertía hacer creer a todos los tíos que se nos acercaban

que éramos gais.

Hay que decir que se le daba bien. De hecho, creo que

nunca tuvo la ocasión de invitar a nadie a su casa. Aunque

Meredith y Arthur, sus padres, siempre han sido muy abiertos

de mente, en el grupo nos gustaba espantar a todos los tíos con

los que quería algo romántico. Ojo por ojo, como se suele

decir.

Cuando la veo entrar al salón con sus mallas rojas y una

sudadera del instituto al que íbamos, los recuerdos me hacen

esbozar una sonrisa. Cuando ella se juntaba con nosotros, los

tíos no eran capaces de acercarse. Era muy gracioso ver hasta

qué punto le molestaba a ella que nos inmiscuyéramos en su

vida privada de esa forma. De todas maneras, consiguió salir

con un chico en primero de carrera: Evan Teryl. A mí y a los

chavales no nos gustaba mucho; se lo tenía muy creído y le

gustaba demasiado escucharse a sí mismo. Supongo que lo

dejó antes de irse a París. Desde luego, no ha vuelto a hablar

de él.

—¿Os apetece pizza para cenar?

Edgar sale de la cocina con dos grandes pizzas congeladas,

metidas en la caja en la que llegaron. Desde mi sitio en el sofá,

giro la cabeza para echar un vistazo a lo que ha traído mi

amigo.

—¿De qué son? —pregunta Léo por mí.

—Boloñesa y barbacoa. Scar, ¿te valen?

—Sí, están bien.

Scarlett se sienta en el suelo con las piernas contra el pecho

y teclea en su móvil. Ha ganado puntos esta noche. Podría

haberse puesto pesada y quejarse de que toda esa grasa no era

la idea que tenía de nuestra primera comida como compañeros,

pero no ha dicho nada. Aunque estoy seguro de que lo tiene en

la punta de la lengua.

—Vale, pues las pongo a calentar y hacemos un repaso de

las normas.

—¿Qué? ¿Normas? —pregunta sorprendida mientras se

pone de pie y se gira hacia su hermano.

—No te creerás que te has mudado a la selva, ¿no?

Tenemos normas.

Me río por lo bajo cuando veo la mueca desengañada de

Scar, que retrocede un poco para dejarse caer contra uno de los

sillones del salón. Claramente no se lo esperaba. Y yo

tampoco. Ed no sé de dónde ha sacado esa gilipollez; aquí no

tenemos normas. Al menos, no las teníamos antes de que

llegara su hermana, supongo.

—¿Tengo que tomar notas? —pregunta, torciendo el gesto.

— No finjas que sabes escribir, Scar.

—Ja, ja. Muy gracioso. Veo que tienes el mismo sentido del

humor que en secundaria, Nolan.

Hace una pausa, fingiendo que reflexiona. Apoya el índice

bajo el mentón y añade:

—Ah, no, pero si tú nunca has tenido sentido del humor.

Sofoco una risa mientras le tiro un cojín a la cara. Ella

gruñe y yo me río aún más fuerte con Léo.

—¿Ya habéis acabado de comportaros como críos? —nos

regaña Edgar, que regresa con papel y boli—. ¿Empezamos

con las normas?

—Así que no era una broma —refunfuña Léo—. Genial.

—Si mi hermana va a vivir aquí, no pensaríais que esto iba

a ser la misma mierda que cuando estaba Sullivan.

Así que al final voy a tener razón. Scarlett ya nos está

cortando el rollo.

Dios, echo de menos a Milo.

—Regla número uno: no traer tíos al apartamento.

—¿Perdona? —se queja Scarlett.

Léo y yo nos reímos a carcajadas.

Esto empieza bien.

—Prohibido traer a cualquier persona de sexo masculino —

confirma Edgar.

—Está bien descubrir que vosotros no contáis como

hombres.

—No, son tus hombres los que se arriesgan a meterse en un

lío si pasan por esa puerta —le replico.

Ella hace una mueca, molesta.

—En ese caso, tampoco entran chicas.

Léo se levanta, frunciendo el ceño.

—¡Ni lo sueñes!

—¡De acuerdo! —la desafío sonriente.

—¡Habla por ti, Jones! ¡Yo no me puedo ir a casa de mi

chica todas las noches!

—Para eso hay que tener novia —se burla Edgar.

—Cierra el pico si no quieres que saque tus trapos sucios

delante de Scar.

—¡Ya vale!

La aludida alza las manos como aceptando su derrota. Nos

callamos, pero ella nos mata con la mirada.

—Si no pueden venir tíos, tías tampoco. Pasemos a la regla

número tres.

Léo suspira y se sienta de nuevo en el sofá. Edgar y yo

tratamos de sofocar nuestras risas. A él tampoco le importa, ya

que prefiere tirarse a las chicas en su propio piso y no tener

que lidiar con ellas por la mañana. Y yo lo entiendo. A mí no

me supone ningún problema porque llevo saliendo con Harriet

casi seis meses y tengo su puerta abierta de par en par.

Ahora que Scarlett ha llegado, intuyo que pasaré allí más

tiempo del que había previsto.

Sobre todo tras la idea de Edgar de poner unas normas

estúpidas en casa.

—Regla número tres —prosigue Edgar—. Nada de fiestas

las vísperas de los partidos, pero sí las noches que ganemos.

—¡Me parece bien!

—Y a mí —confirmo.

—Vale —concede Scarlett—. Siempre que todos

colaboremos en las tareas de la casa y nadie deje ropa u otras

cosas tiradas por las zonas comunes…

—¿Nos tomas por guarros? —pregunta Léo, sorprendido—.

Va a ir bien entonces esto de compartir piso.

—Vale, queda prohibido dejar diez mil botes en el baño o la

ducha —replico.

—¿Me tomas por una diva?

—Y tú te piensas que somos unos guarros… ¡Cada cual con

lo suyo!

Le guiño el ojo y ella me tira el cojín que yo le había

lanzado antes. Riendo, lo atrapo sin problemas.

—La sexta y última regla es la más importante —dice

Edgar, mirando a Scarlett a los ojos—. Nada de tirarse a mis

colegas.

Juraría ver cómo se pone lívida, pero recobra los colores

rápidamente y frunce el ceño.

—¡Eso se lo tendrás que decir a tus amigos que intenten

ligar conmigo cuando estemos de fiesta!

—¿Quién liga contigo? —pregunta Léo.

—Todos los novatos del equipo. Están todos cachondos

perdidos hasta que les digo que soy una Martin.

—También me refería a los que están en esta habitación —

continúa Edgar con calma.

Los tres frenamos en seco y nos giramos hacia el rubio que

está en medio del salón. Con el papel y el boli en las manos,

nos observa en silencio, como si no acabase de decir la mayor

tontería imaginable.

—¿Nosotros? —pregunto.

He entendido perfectamente lo que ha dicho, pero prefiero

asegurarme de que he oído bien y… ¡ha dicho que Léo o yo

podríamos tirarnos a su hermana!

¡Pero si hablamos de Scarlett!

Nuestra hermanita plasta.

—¿Qué te has fumado, Ed? —se mofa Léo—. ¿De verdad

crees que eso podría pasar?

Scarlett no dice nada, su mirada centrada en su hermano,

mientras Léo y yo nos reímos de la estúpida ocurrencia de

nuestro amigo.

—No, pero mantengo la advertencia —remarca.

—Tío, que no nos vamos a tirar a tu hermana. ¡Pero si es

Scarlett!

Le lanzo una mirada divertida a Léo, que se encoge de

hombros.

—En mi cabeza sigue teniendo doce años y aparato en la

boca —bromeo.

—Solo quería dejar las cosas claras para evitar malos

rollos.

—El mal rollo lo has provocado tú —gruñe Scarlett,

levantándose—. Voy a por las pizzas.

Se mete rápidamente en la cocina y desaparece, dejándonos

a los tres en el salón con una lista de normas a cada cual más

estúpida y un inicio de convivencia que va a ser complicada,

además de todo un desastre.

Y solo han pasado dos horas desde que llegó.

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