La sonrisa de Luciana se congeló.
Una expresión de incredulidad cruzó su rostro.
"¿Qué has dicho?"
"He dicho que no," repetí, con una calma que la descolocó por completo. "No voy a retirar mi candidatura. El puesto será mío."
Ella parpadeó, confundida, como si no pudiera procesar mi respuesta. En nuestra vida anterior, yo habría cedido al instante, ansioso por complacerla, por demostrar mi amor.
"Roy, no seas egoísta," siseó, su tono cambiando de la súplica a la irritación. "Máximo es tu primo. Se trata de la lealtad familiar. Le debes gratitud por todo lo que ha hecho por ti."
¿Gratitud? ¿Por robarme la esposa, los hijos y la vida? Una risa amarga casi se me escapa, pero la contuve.
"No le debo nada," dije, mi voz cortante. "Y este puesto se gana con talento, no con chantaje emocional. Voy a competir."
La furia finalmente estalló en sus ojos. La máscara de la dulce prometida cayó, revelando a la manipuladora que yo conocía tan bien.
"Te vas a arrepentir de esto, Roy. Te lo juro."
Se dio la vuelta y salió de la sala de catas, dando un portazo que hizo vibrar las copas en las estanterías.
Me quedé solo, el eco de su amenaza flotando en el aire. Pero en lugar de miedo, sentí una extraña liberación. Por primera vez, le había dicho que no.
Durante el mes siguiente, Luciana estuvo extrañamente ausente.
"Tengo mucho trabajo extra en relaciones públicas," decía con evasivas cada vez que le preguntaba. "Hay que preparar todo para la votación."
Yo sabía la verdad. Sabía que cada una de esas ausencias era una reunión secreta con Máximo, una conspiración para destruirme.
El día de la votación llegó. Veinte miembros clave del consejo familiar y distribuidores importantes se reunieron. Presenté mis vinos, mis planes, mi visión para el futuro de Bodegas Castillo. Mi propuesta era técnicamente superior, mi pasión innegable. Lo sabía entonces y lo sabía ahora.
Pero perdí.
Máximo fue elegido Enólogo Jefe.





