En la comisaría de la Guardia Civil, el olor a café rancio y a papel viejo llenaba el aire.
«Quiero denunciarme a mí misma», dije con calma, mi voz sonando extraña en el silencio de la oficina.
El agente levantó la vista de su ordenador, con una expresión de aburrimiento que cambió a confusión.
«He cometido un fraude matrimonial. La familia Castillo me ha transferido tres millones de euros como dote, y me los he gastado todos. No pienso casarme».
El agente se quedó mirándome, parpadeando. Luego miró mi ropa, un simple vestido de verano, y mi aspecto tranquilo. Probablemente pensó que estaba loca.
«¿Tres millones de euros? Señorita, ¿está segura de lo que dice?».
«Completamente segura».
Saqué mi teléfono y le mostré el extracto bancario. Los ojos del agente se abrieron como platos.
El recuerdo de mi vida pasada era una herida abierta. El día de mi boda, Sasha, la hija del capataz, la mujer que yo consideraba mi hermana, me encerró en la bodega de fermentación.
Cuando por fin logré salir y llegué al hotel de lujo de los Castillo, la vi a ella, con mi vestido de novia, junto a Máximo Castillo, mi prometido. La ceremonia había terminado.
«¡Esa es una impostora!», grité, desesperada.
Pero todos los empleados de mi propia bodega, leales a Sasha, se rieron de mí.
«Es solo la hija del capataz, siempre ha estado celosa de la señorita Sasha».
Los guardias de seguridad, contratados por Sasha, me arrastraron fuera. Me arrojaron a la calle como si fuera basura.
Una luz cegadora, el chirrido de unos neumáticos.
Y luego, la oscuridad.
Morí en la calle, sola y humillada, mientras la mujer que me robó la vida se casaba con el hombre que debía ser mi esposo.
Pero el destino me dio una segunda oportunidad.
Desperté esta mañana, un día antes de la boda.
Y esta vez, la historia sería diferente.





