El grito atravesó la casa como un relámpago.
Sofía, que todavía estaba paralizada en el jardín, se puso de pie de un salto. Era el grito de Luna. Un grito agudo, lleno de dolor y miedo.
Corrió hacia la puerta de cristal, la abrió de un empujón y entró en el salón. El sonido venía de arriba. Subió las escaleras de dos en dos, con el corazón desbocado.
Encontró a Valentina en el pasillo, saliendo del cuarto de Luna. Tenía una expresión de fastidio.
"¿Qué fue ese grito? ¿Dónde está Luna?" preguntó Sofía, sin aliento.
"Ay, por favor, qué exagerada," dijo Valentina, rodando los ojos. "Se tropezó. Estos niños torpes. Se golpeó la cabeza con la esquina de la cama."
Sofía la empujó a un lado y entró en la habitación. Luna estaba en el suelo, llorando en silencio, con la mano apretada contra la frente. Cuando Sofía se arrodilló a su lado y apartó suavemente su manita, vio un corte feo y sangrante justo encima de la ceja.
Un frío glacial recorrió a Sofía. No era un golpe de una caída. La forma del corte era demasiado nítida, demasiado recta.
"Esto no fue un accidente," dijo Sofía, con la voz temblando de una furia que no sabía que poseía. Miró a Valentina, que se había quedado en la puerta, observándola con los brazos cruzados. "¿Qué le hiciste?"
"Yo no le hice nada," replicó Valentina con calma. "Te dije que estaba difícil hoy. Hizo un berrinche y se cayó."
Pero Sofía no la escuchaba. Solo podía ver la sangre en la carita de su hija, el miedo en sus ojos. La levantó en brazos, acunándola contra su pecho. Luna se aferró a ella, sollozando.
En ese momento, la puerta principal se abrió y se cerró. Ricardo había terminado su llamada.
Subió las escaleras con paso tranquilo. "¿Qué es todo este escándalo? Intento trabajar."
Cuando vio la escena, su rostro se contrajo en una mueca de fastidio. No de preocupación. De fastidio.
"¿Qué pasó?" preguntó, dirigiéndose a Valentina, ignorando a Sofía por completo.
"Sofía está haciendo un drama," explicó Valentina, encogiéndose de hombros. "Luna se cayó, se hizo un rasguño, y ella ya está montando una escena."
"¡No es un rasguño! ¡Está sangrando!" gritó Sofía, desesperada. "¡Tenemos que llevarla a un doctor! ¡Mira lo que le hizo!"
Ricardo finalmente la miró, pero sus ojos estaban vacíos de toda emoción. Se acercó, miró el corte de Luna con la distancia de un entomólogo examinando un insecto, y luego suspiró.
"Los niños se caen, Sofía. No seas histérica," dijo, repitiendo las palabras de Valentina. "Valentina, ponle un poco de antiséptico y una curita. Y tú," dijo, señalando a Sofía, "creo que tu visita ha terminado."
El mundo de Sofía se detuvo. El aire, los sonidos, todo se congeló. En la fría indiferencia de Ricardo, en su completa y absoluta falta de preocupación por su propia hija, Sofía lo vio todo con una claridad brutal.
Esto nunca fue un matrimonio. Fue un acuerdo. Una transacción. Ella, la inmigrante joven y vulnerable, le dio un heredero, un hijo para continuar con su apellido y su imperio. Él, el empresario exitoso, le dio estabilidad económica para su padre enfermo. El contrato se había cumplido. Pero la "mercancía", su hija, había salido "defectuosa", y él ya no tenía interés en ella. Ni en la madre.
Una calma gélida la invadió. Miró a Ricardo, directamente a los ojos.
"Se acabó," dijo, con una voz que no parecía la suya. "Tú y yo. Se acabó."
Ricardo soltó una risa corta y amarga. "¿Se acabó? ¿Tú crees que puedes terminar algo? No tienes nada, Sofía. Nada."
"Tengo a mi hija," replicó ella, apretando a Luna con más fuerza.
Fue entonces cuando Valentina se acercó, intentando arrebatarle a la niña de los brazos. "Ya oíste a Ricardo. Vete."
Y Sofía explotó.
Toda la rabia, la frustración y el dolor acumulados durante meses salieron en un solo movimiento. Soltó a Luna con cuidado en la cama y, girándose, le dio una bofetada a Valentina con toda su fuerza. El sonido resonó en el silencio del pasillo.
Valentina se llevó una mano a la mejilla, con los ojos desorbitados por la sorpresa y la furia.
Ricardo reaccionó al instante. Agarró a Sofía por el brazo, con una fuerza que le hizo daño. "¡Estás loca! ¡Largo de mi casa! ¡Ahora!"
Pero en lugar de proteger a su hija herida, Ricardo fue hacia Valentina. La rodeó con sus brazos, consolándola.
"¿Estás bien, mi amor? Tranquila, ya se va," le susurró a Valentina, lo suficientemente alto para que Sofía lo oyera.
Esa fue la última pieza del rompecabezas. La traición final. No solo la había abandonado, la había reemplazado. Y había puesto a su amante a cargo de su hija.
"Fuera," repitió Ricardo, señalando la escalera. "Seguridad te acompañará a la puerta."
Sofía no se movió. Miró a la puerta del fondo del pasillo, el despacho de la matriarca, Doña Elena. Sabía que ella estaba allí, que lo había escuchado todo. Caminó con paso firme hacia esa puerta y la abrió sin tocar.
Doña Elena estaba sentada en su escritorio de caoba, con el teléfono en la mano, como si estuviera a punto de hacer una llamada. Levantó la vista, su rostro una máscara de fría desaprobación.
"Sofía. Qué espectáculo tan lamentable."
"Su hijo está entregando a mi hija a su amante," dijo Sofía, con la voz firme. "Y usted lo permite."
Doña Elena suspiró, un suspiro de cansancio, no de compasión. "Ricardo sabe lo que hace. Es lo mejor para todos. Sobre todo para la niña. Necesita estabilidad, no... esto." Hizo un gesto vago, abarcando a Sofía y todo su dolor.
"Esto se acabó," repitió Sofía, no como una amenaza, sino como una declaración de hechos. "Me voy. Pero volveré por mi hija."
Doña Elena ni siquiera parpadeó. "Haz lo que creas conveniente, querida. Pero no causes un escándalo."
Sofía le dio la espalda y salió de la habitación, dejando atrás a la mujer de hielo, al traidor de su marido y a la víbora de su amante. Al bajar las escaleras, no miró atrás. El llanto de Luna la siguió como una sombra, pero sabía que si se detenía, se rompería en mil pedazos. Y necesitaba estar entera para lo que venía.
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