Venganza Por Salvarme

La noche antes de la final, el aire de Triana olía a azahar y a traición. Yo no lo sabía entonces. Para mí, solo olía a mi futuro.

Caminaba por un callejón oscuro, repasando los pasos en mi cabeza, el zapateado resonando en mi mente. La final del Concurso Nacional de Arte Flamenco era mañana. Iba a ganar. Lo sentía en mis huesos, en la sangre que bombeaba al ritmo de una bulería.

De repente, dos sombras se materializaron frente a mí. No tuve tiempo de reaccionar.

Un golpe seco en la nuca me tiró al suelo. El dolor fue agudo, pero el miedo fue peor. Intenté levantarme, pero una bota me aplastó la mano contra los adoquines.

Otro hombre se agachó. Su rostro era una mancha en la oscuridad. Agarró mi tobillo izquierdo.

"Esto es por parte de alguien que te quiere mucho", dijo con una voz rasposa.

Luego oí un crujido. Un sonido horrible, húmedo y definitivo. Mi grito se ahogó en mi garganta.

Agarraron el otro tobillo. Repitieron el acto. El dolor era una ola blanca que lo borró todo. Mi sueño, mi futuro, mi vida entera, todo se rompió en ese callejón.

Desperté en una clínica privada. El olor a antiséptico me quemaba la nariz. Mis tobillos estaban envueltos en yeso, pesados, muertos. El dolor era un zumbido constante.

Mi tía Isabel estaba a mi lado, sus ojos rojos de tanto llorar.

"Mateo, mi niño. Gracias a Dios que estás vivo."

Me acarició la frente. Su tacto era frío.

"No te preocupes por nada. He llamado al mejor especialista de Madrid. Vendrá en cuanto pueda. Solo él puede tocar tus tobillos."

Asentí, demasiado aturdido para hablar. Creí en ella. Era la hermana de mi padre, mi tutora desde que mis padres murieron. Me había criado, me había apoyado. La quería.

Mi primo Javier entró en la habitación. Su cara era una máscara de preocupación.

"Primo, ¿cómo te encuentras? Esto es una pesadilla."

Se sentó al otro lado de la cama. Ambos me miraban con una pena tan bien actuada que me rompió el corazón.

Horas más tarde, fingí estar dormido. La puerta se entreabrió. Eran ellos. Sus voces eran susurros venenosos en la quietud de la noche.

"¿Estás segura de que el daño es permanente?", preguntó Javier.

"Completamente", respondió Isabel. "Les pagué extra para que hicieran un buen trabajo. Y el retraso con el 'especialista' de Madrid lo garantizará. Para cuando llegue, no habrá nada que hacer. Sus tendones se habrán atrofiado."

Mi respiración se detuvo. El aire en mis pulmones se convirtió en hielo.

"Perfecto", dijo Javier, y pude oír la sonrisa en su voz. "Mañana, el escenario es mío. Y pronto, la bodega también lo será."

"Todo será tuyo, hijo. Mateo es un ingenuo. Nunca sospechará. Cree que lo amamos."

Cerré los ojos con fuerza. El dolor de mis tobillos destrozados no era nada comparado con esto. Esto era una agonía diferente, una que me desgarraba el alma. Mi familia, mi única familia, había orquestado mi destrucción.

Y yo, como un idiota, les había creído.

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