El zumbido en sus oídos era más fuerte que el viento que soplaba entre los árboles. Sofía se llevó la mano a la mejilla, sintiendo el ardor punzante. La confusión la inundó por un segundo. ¿Quién era esta mujer? ¿Y por qué la había golpeado? Miró a Valeria, cuyo rostro estaba contraído por una máscara de odio y desprecio.
"¡Así que tú eres la zorra que anda calentándole la cama al jardinero!" gritó Valeria, su voz un chillido desagradable. "¿Pensaste que nadie se iba a dar cuenta? ¿Que podías deshonrar el nombre de la familia de Mateo aquí, en su propia tierra?"
Sofía abrió la boca para hablar, para detener esa locura. La mujer estaba cometiendo un error catastrófico.
"Usted no sabe quién soy…" comenzó a decir, con la voz un poco temblorosa por el shock.
"¡Cállate la boca, vieja inmunda!" la interrumpió Valeria con una crueldad asombrosa. "Sé exactamente quién eres. Eres una basura que hay que sacar a patadas."
Señaló a María, que se había puesto delante de Sofía en un intento inútil de protegerla. "Y tú, alcahueta. Seguramente tú le ayudabas a cubrir sus cochinadas."
María temblaba, pero se mantuvo firme. "No le falte el respeto a la señora…"
Valeria soltó una carcajada seca y sin alegría. "¿Respeto? ¿A esta? ¡El respeto se gana!" Hizo una seña a dos hombres corpulentos que estaban detrás de ella. "Desháganse de esta sirvienta estorbosa. No quiero testigos de la lección que le voy a dar a su patrona."
Los hombres se movieron con una rapidez brutal. Antes de que Sofía pudiera reaccionar, uno de ellos agarró a María por el cuello y, con un movimiento seco y profesional, le rompió el cuello. El cuerpo de María cayó al suelo como un muñeco de trapo, sus ojos abiertos mirando al cielo sin ver nada.
Un grito ahogado escapó de la garganta de Sofía. Era un sonido de puro horror y dolor. ¡María! La mujer que había sido sus manos, sus ojos y su consuelo durante tantos años. Muerta. Asesinada frente a ella con una frialdad que helaba la sangre.
Miró a Valeria, y por primera vez, vio la verdadera maldad en sus ojos. No era solo arrogancia o ira. Era un vacío, una crueldad calculada. Esta no era la brillante socia de la que Mateo hablaba. Era un monstruo. La imagen que su hijo tenía de esta mujer era una mentira, una fachada cuidadosamente construida.
"¿Ves lo que pasa cuando se me desobedece?" dijo Valeria, limpiándose una mota de polvo imaginaria de su chaqueta de seda. "Mateo me ha dado carta blanca. Él confía en mí ciegamente. Sabe que haría cualquier cosa para proteger su honor y el de su familia. Y una aventura entre una empleada y un peón es una mancha que no puedo tolerar."
Su tono era casual, como si hablara del clima. La vida de María no significaba absolutamente nada para ella.
"¡Maldita sea! ¡Valeria es increíble!" dijo una de las mujeres que la acompañaban, una rubia teñida con una sonrisa aduladora. "No se tienta el corazón para poner orden. Por eso Mateo la adora."
"Claro que sí," respondió Valeria, hinchándose de orgullo. "Él está demasiado ocupado siendo un líder. Necesita a alguien como yo, que se encargue del trabajo sucio. Alguien que no tenga miedo de ensuciarse las manos para mantener todo limpio."
Sofía, temblando de rabia y de pena, se enderezó. El dolor en su mejilla y en su brazo era insignificante comparado con la furia helada que ahora la consumía. Tenía que detener esto. Tenía que hacerle ver a esta víbora el abismo en el que se estaba metiendo.
Ignorando el cuerpo de su amiga en el suelo, miró a Valeria directamente a los ojos.
"Escúchame con atención, porque no lo voy a repetir," dijo, su voz baja y cargada de una autoridad que hizo que incluso los matones dudaran por un instante. "Estás cometiendo el peor error de tu vida."
"Tú no tienes idea de quién soy yo."





