Sofía Flores recordaba los domingos en casa de su abuela, el patio olía a tierra mojada y a las carnitas que su tío preparaba en un cazo de cobre, mientras la música de mariachi sonaba desde una vieja grabadora. Ella, con sus trenzas adornadas con listones de colores, giraba y giraba, su falda de ensayo volaba a su alrededor, sin preocuparse por los pasos perfectos, solo sintiendo la alegría de la música en su cuerpo.
Su prima Camila, siempre un paso detrás, la observaba con una sonrisa que nunca llegaba a sus ojos.
"Así, prima, ¡siente la música! No importa si te equivocas, lo importante es que lo disfrutes," le decía Camila, mientras ella misma practicaba en un rincón, con la espalda recta y los movimientos precisos, cada giro calculado, cada zapateado impecable.
Ese consejo, "sé tú misma", se convirtió en el mantra que Camila le repetía a Sofía durante años. Cuando Sofía dudaba en tomar otra porción del mole de su madre, Camila le decía: "Come, prima, la vida es para disfrutarla". Cuando Sofía pensaba en saltarse un postre, Camila insistía: "Un dulce no le hace daño a nadie, y a ti te hace feliz".
Y Sofía, que encontraba una felicidad genuina en la comida y en la calidez de su familia, le creía.
Con el tiempo, las dos primas se convirtieron en un contraste andante. Sofía, con sus curvas generosas y su risa contagiosa, era conocida en su colonia como "La Gordita Feliz". Su piel morena brillaba de salud y sus ojos negros chispeaban de vida. Disfrutaba de sus clases de danza folclórica en la casa de la cultura local, donde su pasión contagiaba a todos, aunque su técnica no fuera la más depurada.
Camila, por otro lado, se había esculpido a sí misma. Su cuerpo era una línea delgada y tensa, producto de dietas de pechuga de pollo al vapor y agua simple, y de horas interminables de entrenamiento en las academias de danza más prestigiosas de la Ciudad de México. A los quince años, mientras Sofía era el alma de las fiestas familiares, Camila ya deslumbraba en pequeños escenarios, su nombre comenzaba a sonar como una promesa de la danza contemporánea. Su belleza era fría, perfecta y distante.
La vida de Sofía dio un vuelco cuando conoció a Alejandro Rojas. Él era un influencer en ascenso, con una sonrisa perfecta y un perfil de Instagram cuidadosamente curado. Se sintió atraído por la autenticidad y la alegría de Sofía, o eso dijo él. Se comprometieron rápidamente, y para Sofía, parecía un cuento de hadas.
Pero el cuento se rompió una tarde de martes.
Alejandro llegó a su casa sin avisar, con el rostro serio. Camila estaba con él.
"Sofía," dijo Alejandro, sin mirarla a los ojos. "Tenemos que terminar."
Sofía lo miró, confundida, buscando una explicación.
"Mi carrera está despegando," continuó él, con un tono de disculpa ensayada. "Necesito a alguien a mi lado que... que encaje con la imagen que quiero proyectar. Alguien que me impulse." Su mirada se desvió por un segundo hacia Camila, quien mantenía la vista en el suelo, como si estuviera apenada. "Camila y yo... nos vamos a casar. Es un matrimonio que nos beneficia a ambos. Su talento y mi plataforma... es la combinación perfecta."
La traición era doble. Su prometido y su prima. El hombre que decía amarla y la mujer que la había animado a ser exactamente como era. Sofía sintió un vacío helado en el pecho, pero ni una sola lágrima asomó a sus ojos. Miró a Alejandro, luego a Camila, y una extraña calma la invadió.
"Entiendo," dijo Sofía con una voz tan serena que los sorprendió a ambos.
Sin decir una palabra más, se dio la vuelta, fue a su habitación y comenzó a empacar una maleta. No hubo gritos, no hubo llanto, no hubo súplicas. Solo el sonido silencioso de la ropa doblándose y el cierre de una cremallera.
Un año después.
Una gala de alto perfil en el Palacio de Bellas Artes. El aire vibraba con el murmullo de la élite mexicana. Camila, ahora Camila Flores de Rojas, lucía un vestido de diseñador que se aferraba a su figura esquelética. Estaba del brazo de Alejandro, cuya sonrisa de influencer parecía permanentemente pegada a su rostro. Eran la pareja del momento, la fusión de la belleza y la fama en redes sociales.
La madre de Alejandro, una socialité de renombre con la nariz siempre en alto, los guiaba por el salón. De repente, se detuvo en seco. Su mirada se fijó en una mesa principal, cerca del escenario.
Camila siguió su mirada y su respiración se atoró en su garganta.
Allí, sentada con una elegancia natural y una sonrisa radiante, estaba Sofía. Llevaba un vestido rojo que abrazaba sus curvas con orgullo, y en su plato había un pequeño pastelillo que disfrutaba sin ninguna culpa. A su lado, riendo con ella y colocando una mano protectora en su hombro, estaba el hombre más poderoso del país: el Presidente de México.
La madre de Alejandro la tomó del brazo con una fuerza dolorosa, su voz un siseo urgente y aterrorizado.
"¡Mira, esa es la Primera Dama! ¡Arrodíllate ya!"





