Llegué a la casa de mi padre sintiéndome como una extraña en mi propio hogar de la infancia. La casa, que alguna vez fue un refugio lleno de los recuerdos de mi madre, ahora se sentía fría, dominada por la presencia de mi madrastra y Camila.
Entré sin tocar. La escena en la sala me detuvo en seco.
Ricardo estaba sentado en el sofá, y Camila estaba acurrucada a su lado, con la cabeza apoyada en su hombro. Él le estaba pelando una mandarina, separando los gajos con una delicadeza que nunca había usado conmigo. Le ofrecía cada gajo directamente en la boca, y ella lo aceptaba con una sonrisita coqueta.
Era una escena tan íntima, tan doméstica, que sentí una náusea profunda.
Ninguno de los dos se dio cuenta de mi presencia. Estaban en su propia burbuja de traición.
"Ten cuidado, Ricky, está un poco ácida", dijo Camila con voz melosa.
"No te preocupes, mi amor, yo te la endulzo", respondió él en un susurro, acercándose a su oído.
Mi corazón, que pensé que ya estaba roto, se sintió como si lo pisotearan. El dolor era físico, agudo.
Aclaré la garganta.
Ambos se sobresaltaron. Camila se enderezó de golpe, y Ricardo dejó caer la mandarina. Sus rostros pasaron de la complicidad a una sorpresa culpable en una fracción de segundo.
"Sofía. Llegaste", dijo Ricardo, forzando una sonrisa. "¿Desde cuándo estás ahí?"
"Acabo de llegar", mentí, mi voz plana. "Veo que se están divirtiendo."
Camila se levantó y corrió a abrazarme. Su abrazo se sintió falso, pegajoso.
"¡Hermanita! ¡Qué bueno que viniste! Te extrañé mucho."
Se apartó y me mostró la muñeca, agitando el brazalete de diamantes frente a mi cara.
"Mira, ¿te gusta? Fue un regalo. De un admirador secreto."
Su mirada era desafiante, sus ojos brillaban con malicia. Quería que yo supiera. Quería restregarme su victoria en la cara.
La miré directamente a los ojos, sin parpadear. En lugar de mostrarme herida, le ofrecí una sonrisa fría.
"Es... lindo", dije, arrastrando la palabra. "Un poco... común, ¿no crees? Lo he visto en muchas chicas. Pero si a ti te hace feliz, eso es lo que importa."
La sonrisa de Camila vaciló. No era la reacción que esperaba.
Ricardo se acercó, tratando de tomar mi mano. La retiré antes de que pudiera tocarme.
"Amor, ¿qué pasa? Estás rara", dijo, su ceño fruncido con falsa preocupación.
"Estoy cansada, Ricardo. Fue un día largo."
Justo en ese momento, mi madrastra, Leticia, bajó las escaleras. Su rostro se agrió al verme.
"Sofía. Por fin te dignas a aparecer. Llegas tarde."
"Hubo tráfico", respondí secamente.
"Siempre hay una excusa contigo", dijo, antes de volverse hacia Camila con una sonrisa radiante. "Mi niña, qué hermosa te ves. Ese brazalete es divino. Tu prometido, el señor Vargas, tiene un gusto exquisito."
Camila y Ricardo intercambiaron una mirada rápida, una que no se me escapó. Así que ese era el plan. Hacer pasar los regalos de Ricardo como si fueran de Diego Vargas.
"En realidad, mamá...", empezó a decir Camila, pero Ricardo la interrumpió.
"Sí, señora. Diego es un hombre muy detallista. Está muy emocionado con el compromiso."
Mi padre apareció entonces, un hombre cuya voluntad había sido erosionada por años de manipulación de Leticia.
"¡Hijas! ¡Ricardo! Qué bueno verlos a todos. Sofía, qué bueno que viniste. Tenemos que hablar del compromiso de tu hermana. Es un gran paso para la familia."
Me miró, esperando que sonriera y asintiera como siempre. Pero ya no era esa persona.
"Sí, papá. Una gran oportunidad... para algunos", dije, mirando directamente a Camila.
La tensión en la sala era palpable.
"Bueno, ¡vamos a cenar!", exclamó Leticia, tratando de disipar el ambiente. "La cena se enfría. Ricardo, querido, acompaña a Camila. Sofía, tú puedes venir atrás con tu padre y conmigo."
Era una orden, no una invitación.
Salimos hacia el coche. Ricardo, como un caballero perfecto, le abrió la puerta del copiloto a Camila. Ella se deslizó dentro, lanzándome una mirada triunfante por encima del hombro. Ricardo cerró la puerta y luego, en lugar de abrirme la de atrás, simplemente rodeó el coche y se subió al asiento del conductor.
Me quedé de pie, junto a la puerta trasera cerrada, mientras mis padres ya estaban en el otro coche.
Ricardo arrancó el motor. Me miró por el espejo retrovisor, su expresión era de fría indiferencia.
Camila bajó la ventanilla.
"¿No vienes, hermanita? Ups, parece que no hay lugar para ti. Tendrás que tomar un taxi. No tardes."
Y con una risita, subió la ventanilla.
El coche se alejó, dejándome sola en la oscuridad de la entrada, con el sonido de sus risas desvaneciéndose en la noche.





