Venganza De Las Mujeres

La mansión Herrera, normalmente un santuario de orden y lujo silencioso, se convirtió en un caos organizado. Las siete mujeres, bajo la dirección tranquila de Sofía, se movieron con una eficiencia brutal. No estaban simplemente empacando sus pertenencias personales; estaban ejecutando la primera fase de un plan meticulosamente trazado durante años.

Isabel, la financiera, se dirigió directamente al estudio de Rodrigo, donde vació la caja fuerte no solo del efectivo, sino de los bonos al portador y los títulos de propiedad de activos que Sofía le había indicado. Valeria, la abogada, recogió documentos cruciales, contratos y pruebas que había estado acumulando sigilosamente. Camila y Andrea, la estudiante de doctorado, se encargaron de las obras de arte, descolgando cuadros de Rivera y Kahlo de las paredes. Daniela, la médica, vació el botiquín de medicinas importadas y costosas, mientras que Jimena y la sexta dama, Valeria, coordinaban con el personal de servicio, quienes, liderados por el leal mayordomo Don Ernesto, ayudaban a cargar cajas en una flota de camionetas de mudanza que ya esperaba discretamente en la puerta de servicio.

Rodrigo, observando desde el balcón del segundo piso con Lorena a su lado, malinterpretó por completo la escena. Vio las cajas, las camionetas, el éxodo masivo, y una sonrisa torcida se dibujó en su rostro.

"Mira eso", le dijo a Lorena. "Sofía es más inteligente de lo que pensaba. Sabe que no puede luchar, así que se lleva sus cosas y a sus amiguitas. Una retirada digna. Es casi... generoso de su parte, dejarnos el campo libre."

Lorena asintió, aunque una pequeña duda se instaló en su mente. La escala de la operación parecía excesiva para una simple mudanza de ropa y zapatos.

Abajo, en el gran vestíbulo, Sofía se detuvo frente a la mesa donde aún yacía el acuerdo de divorcio. Tomó una pluma de su bolso, una Montblanc de oro que el propio Rodrigo le había regalado en un aniversario olvidado, y firmó el documento con un trazo firme y elegante. No leyó las cláusulas; ya las conocía de memoria. Valeria se las había explicado hacía meses.

Cuando Rodrigo bajó, encontrándola allí, su arrogancia alcanzó su punto máximo.

"Ah, veo que has entrado en razón. Buena chica. No te preocupes, me aseguraré de que el cheque de tu pensión llegue a tiempo."

Sofía levantó la vista y le dedicó una sonrisa que no contenía ni una pizca de calor.

"No te molestes, Rodrigo. No necesito tu dinero."

Dejó la pluma sobre los papeles firmados y se dio la vuelta para irse. Rodrigo la agarró del brazo, una chispa de irritación en sus ojos.

"¿De qué estás hablando? ¿Crees que puedes vivir del aire? Sé realista, Sofía. Siempre has dependido de mí."

Sofía se zafó de su agarre con una facilidad sorprendente.

"Ese fue tu error, Rodrigo. Creer que yo dependía de ti."

Recordó su vida juntos, o más bien, su vida a su lado. Se había casado con él llena de amor y esperanza, una joven de buena familia pero modesta fortuna, deslumbrada por el poder y el carisma del magnate Rodrigo Herrera. Pronto descubrió que su carisma era una fachada para su narcisismo y su amor, una palabra vacía que usaba para conseguir lo que quería. La primera infidelidad dolió. La segunda, la tercera, la cuarta... cada una fue un golpe que fue matando algo dentro de ella. Luego vinieron las "damas", mujeres que traía a vivir a su propia casa, una humillación constante y pública. En su vida anterior, esa humillación la había consumido, la había llevado a una depresión que le costó todo. Pero esta vez, renacida en el día de su boda con el conocimiento del futuro, cada humillación no fue una herida, sino un ladrillo en el muro de su venganza.

Mientras Sofía salía por la puerta principal, Lorena se acercó a ella, bloqueándole el paso. Su rostro estaba lleno de un triunfo malicioso.

"Adiós, Sofía. Gracias por mantener caliente el asiento de la señora Herrera para mí. No te preocupes, cuidaré muy bien de Rodrigo y de... todo esto."

Hizo un gesto amplio, abarcando la mansión casi vacía. Las otras siete mujeres ya estaban afuera, esperando junto a los autos.

Isabel, de pie junto a la puerta abierta de un sedán de lujo, le gritó a Lorena con una sonrisa burlona.

"¡Claro que sí, reina! Disfruta del palacio. Por cierto, dile a Rodrigo que revise el estado de las acciones de Herrera Corp. mañana por la mañana. Creo que se va a llevar una sorpresa muy, muy grande."

Lorena frunció el ceño, sin entender la amenaza.

"¿De qué habla esa loca?"

Sofía simplemente pasó a su lado, sin dignarse a mirarla.

"Pregúntale a tu 'único y verdadero amor'", dijo en voz baja mientras se subía al auto.

Los motores de la caravana de lujo rugieron al mismo tiempo, y se alejaron de la mansión, dejando atrás a un Rodrigo desconcertado y a una Lorena triunfante pero inquieta, parados en el umbral de un imperio que, sin que ellos lo supieran, ya no era más que una cáscara vacía a punto de derrumbarse. La venganza de las ocho mujeres apenas había comenzado.

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