Los días que siguieron fueron una tortura de incertidumbre. Ricardo continuó con su vida como si nada, yendo a reuniones y cenas, mostrándose ante el mundo como el prometido preocupado, pero en la intimidad de la casa, su indiferencia era un muro de hielo.
Mateo, en cambio, se convirtió en mi sombra, mi único apoyo. Me mantenía informada sobre los avances del equipo de rescate, me traía comida que yo apenas probaba y se sentaba conmigo en silencio durante horas, simplemente haciéndome compañía.
Empecé a verlo como un salvador, un ancla en mi tormenta personal.
Una semana después del accidente, Mateo convocó una rueda de prensa. Yo no entendía por qué, pero él insistió en que era importante. Ricardo estaba furioso, acusándolo de buscar protagonismo.
Me senté en primera fila, confundida. Frente a un mar de cámaras y micrófonos, Mateo tomó la palabra.
"He convocado esta rueda de prensa para aclarar algunas cosas", comenzó, su voz resonando en la sala. "Primero, quiero informar que el equipo de rescate ha hecho contacto con el Comandante Alejandro. Está herido, pero está vivo y será trasladado a un hospital militar en las próximas horas."
Un suspiro colectivo de alivio recorrió la sala, pero el mío fue un sollozo. Estaba vivo. Mi hermano estaba vivo.
Pero Mateo no había terminado.
"Segundo, y más importante," continuó, y sus ojos se encontraron con los míos a través de la multitud. "He sido testigo del sufrimiento y la injusticia que ha soportado una mujer increíblemente fuerte. Una mujer calumniada y maltratada mientras su único protector arriesgaba su vida por nuestro país."
El silencio en la sala era total.
"Sofía, no estás sola", dijo, su voz ahora llena de una emoción que me dejó sin aliento. "Yo estoy aquí. Y quiero que todo el mundo sepa que no permitiré que nadie te haga más daño. Te protegeré, y me aseguraré de que recuperes todo lo que te han quitado."
Fue una declaración de guerra contra Ricardo y una confesión pública de su lealtad hacia mí. Las cámaras giraron en mi dirección, sus flashes cegándome. Me sentía expuesta, pero por primera vez en mucho tiempo, no me sentía sola. Sentí una calidez que había olvidado, la sensación de que a alguien realmente le importaba. Pensé que, quizás, había encontrado a alguien que me amaba de verdad.
Esa noche, la casa era un campo de batalla. Ricardo estaba lívido, gritando que Mateo lo había humillado, que había arruinado su imagen. Yo me encerré en mi habitación, agotada pero con una extraña sensación de paz.
Horas más tarde, la sed me obligó a salir. La casa estaba en silencio. Mientras pasaba por el pasillo, escuché voces provenientes del estudio de Ricardo. La puerta estaba entreabierta.
Eran Ricardo y Mateo.
Me detuve, mi intención era seguir de largo, pero algo en el tono de sus voces me heló la sangre.
"¿Estás loco? ¿Una rueda de prensa? ¡Casi lo arruinas todo!", siseó Ricardo.
La respuesta de Mateo fue una risa baja y fría, una risa que nunca le había escuchado antes.
"Cálmate, primo. Fue el toque maestro. Ahora la idiota de Sofía confía en mí ciegamente. Cree que soy su caballero de brillante armadura."
Mi corazón se detuvo.
"¿Y lo del rescate?", preguntó Ricardo, su voz ahora más calmada, conspiradora.
"Una farsa, por supuesto", respondió Mateo. "Le pagué a un par de tipos para que volaran un dron sobre la zona y me enviaran informes falsos. El Comandante Alejandro nunca estuvo en peligro. Toda su misión fue cancelada a último minuto por mal tiempo. Está a salvo en su base, probablemente bebiendo una cerveza, sin tener idea del circo que montamos aquí."
Sentí que el aire me faltaba. Cada palabra era un golpe.
"La herencia familiar está casi toda en mis manos", continuó Mateo, su voz llena de triunfo. "Con Sofía comiendo de mi mano, conseguir que firme los documentos finales para transferir las propiedades será un juego de niños. La haremos parecer tan inestable, tan dependiente de mí, que nadie cuestionará nada. Y tú, primo, finalmente tendrás tu libertad para casarte con Lorena y disfrutar del dinero que te corresponde por tu... colaboración."
No podía moverme. Estaba paralizada por el horror.
Todo había sido una mentira.
El accidente de mi hermano. El rescate. La preocupación de Mateo. Su confesión de amor.
Todo.
Era una trampa, un plan monstruoso diseñado para aislarme, para romperme por completo y robarme hasta el último centavo. Yo no era la mujer que él amaba. Yo era el objetivo. El peón en su juego.
Mi cuerpo comenzó a temblar sin control. Un temblor violento que nacía en lo más profundo de mi ser. El vaso de agua que tenía en la mano se estrelló contra el suelo, haciéndose añicos, un sonido diminuto en comparación con el estruendo de mi mundo derrumbándose.





