La galería de Vargas era un templo de cristal y acero, un monumento a la riqueza y al poder.
La gente se movía entre las obras de arte con copas de champán en la mano, sus risas y conversaciones flotando en el aire como una niebla perfumada.
Me sentía fuera de lugar, un fantasma en una fiesta a la que no pertenecía.
Laura se aferraba a mi brazo, sonriendo a todo el mundo, presentándome como "mi talentoso esposo, el curador", pero sus uñas se clavaban en mi piel, una advertencia silenciosa.
Y entonces la vi.
En un pedestal de mármol negro, bajo un foco de luz, estaba ella.
"El Guardián Silencioso".
Era más pequeña de lo que imaginaba, pero su presencia llenaba la sala, sus ojos de arcilla parecían seguirme, acusarme, pedirme que actuara.
Era la prueba.
La pieza que mi padre buscaba, la misma que había sido robada del museo nacional una semana antes de su muerte.
Solté el brazo de Laura y me abrí paso entre la multitud, ignorando sus siseos de protesta.
Vargas estaba junto al pedestal, presumiendo ante un círculo de admiradores.
"Es una adquisición reciente", decía con su voz grave y engreída, "Una verdadera joya prehispánica, única en su clase".
"Esa escultura es robada", dije, mi voz lo suficientemente alta como para que varios se giraran a mirarme.
El silencio cayó sobre el grupo.
Vargas se volvió lentamente, una sonrisa condescendiente en su rostro.
"Disculpe, ¿nos conocemos?".
"Soy Ricardo de la Cruz", dije, plantándome frente a él, "El hijo de Ernesto de la Cruz, el detective que usted mandó asesinar".
La sonrisa de Vargas no flaqueó.
"Ah, el hijo del detective", dijo, como si hablara del hijo de su jardinero, "Escuché sobre la tragedia, mis condolencias, pero me temo que el dolor lo está haciendo decir tonterías".
"Esa pieza es la prueba", insistí, señalando la escultura, "Fue robada del Museo Nacional, y usted la tiene, mi padre lo descubrió y por eso lo mataron".
Vargas soltó una carcajada, una risa fría y cruel que resonó en la sala.
"Joven, esta escultura fue adquirida legalmente a través de una casa de subastas en Suiza, tengo los papeles para probarlo, ahora, si me disculpa, está arruinando mi velada".
Laura se apresuró a mi lado, su rostro pálido de furia y pánico.
"¡Ricardo, ya basta!", siseó, tirando de mi brazo, "¡Estás haciendo el ridículo! ¡Discúlpate con el señor Vargas ahora mismo!".
Se volvió hacia Vargas, su voz goteando falsa dulzura y victimismo.
"Alejandro, por favor, perdónalo, no ha estado bien desde lo de su padre, está... obsesionado".
La palabra me golpeó de nuevo, un insulto diseñado para despojarme de mi cordura, para convertirme en un loco delirante a los ojos de todos.
"No estoy loco", dije, mi voz temblando, "Y no me voy de aquí sin esa escultura".
Intenté acercarme al pedestal, pero dos hombres enormes, los guardaespaldas de Vargas, me interceptaron.
Me agarraron por los brazos con una fuerza brutal.
Luché, pero era inútil, me arrastraron por la galería, pasando junto a las caras curiosas y juzgadoras de los invitados.
Me sacaron por una puerta trasera y me arrojaron al pavimento mojado de un callejón oscuro.
El impacto me sacó el aire de los pulmones.
La lluvia fina comenzó a caer, mezclándose con el sudor y la suciedad en mi cara.
Laura apareció en la puerta, su silueta recortada contra la luz de la galería.
Su rostro ya no era de pánico, sino de un frío desprecio.
"Te lo advertí, Ricardo", dijo, su voz cortante como el cristal roto.
Caminó hacia mí, sus tacones resonando en el silencio del callejón.
"Tu padre era un idiota entrometido que consiguió lo que se merecía".
El aliento se me atascó en la garganta.
"¿Qué... qué dijiste?".
"Y si no dejas esto en paz", continuó, inclinándose sobre mí, su aliento olía a champán caro y a veneno, "Te juro que lo próximo que le pasará a tu querida hermanita Sofía hará que lo de tu padre parezca un accidente de tráfico".
El miedo, puro y helado, me paralizó.
Sofía.
Mi hermana pequeña, la artista sensible que no tenía nada que ver con este mundo sucio.
Detrás de Laura, la figura imponente de Vargas llenó el marco de la puerta.
Observó la escena con una indiferencia total, como si estuviera viendo a un perro ser pateado en la calle.
Luego, caminó hacia mí con una calma aterradora.
No dijo una palabra.
Simplemente levantó su zapato de cuero italiano y lo estrelló contra mis costillas.
Un dolor agudo y cegador explotó en mi costado, y grité.
Vargas no se inmutó.
Se ajustó el traje, se dio la vuelta y volvió a entrar a su fiesta, dejando que Laura me observara por un último segundo con una sonrisa torcida antes de seguirlo.
Me quedé allí, tirado en el callejón, con el cuerpo roto y el corazón hecho pedazos, mientras la lluvia lavaba la sangre de mis labios.





