La luz cegadora me golpeó en la cara, obligándome a entrecerrar los ojos.
Un murmullo sordo llenaba el aire, el sonido de muchas voces masculinas, bajas y expectantes.
Estaba de pie en una especie de escenario, con un vestido de seda delgado que no era mío, sintiendo el frío del piso de mármol bajo mis pies descalzos.
Mi mente era una niebla. ¿Dónde estaba? Lo último que recordaba era tomar una copa de vino con Alejandro, mi prometido, celebrando nuestro futuro.
Entonces, lo vi.
Sentado en la primera fila, imponente en su traje caro, estaba Alejandro. Su rostro, el que yo amaba, estaba tenso y frío, sus ojos me miraban no con amor, sino como si yo fuera una mercancía.
A su lado, sonriendo con dulzura venenosa, estaba Isabella, mi prima. La prima que había desaparecido durante tres años y que acababa de regresar, pidiendo perdón y un lugar en nuestra familia.
Un hombre con un esmoquin llamativo subió al escenario y tomó un micrófono.
"Caballeros, esta noche tenemos una pieza única. Joven, hermosa y, se los aseguro, completamente intacta. La oferta inicial es de un millón de pesos."
El martillo en su mano golpeó la madera, y el sonido retumbó en mi cráneo.
Mi sangre se heló.
Subasta.
Me estaban subastando.
Y Alejandro, mi Alejandro, estaba viéndolo todo.
Mis ojos se clavaron en los suyos, buscando una explicación, una negación, cualquier cosa.
Pero no encontré nada. Solo un vacío helado.
En ese instante, en medio del pánico y la traición, una punzada aguda y extraña recorrió mi vientre. Un secreto que solo yo conocía, un pequeño latido que había comenzado a crecer dentro de mí. Nuestro hijo.
Alejandro pareció estremecerse en su asiento, llevándose una mano al pecho por un segundo, su rostro se contrajo en una mueca de dolor que desapareció tan rápido como llegó. Lo ignoró, volviendo su atención al subastador.
No lo sabía entonces, pero ese fue el primer temblor. La primera señal de que la bendición ancestral que mi familia adoptiva siempre dijo que yo poseía, esa extraña prosperidad que otorgaba a quienes me cuidaban, comenzaba a retirarse de él.
"Alejandro…" , susurré, pero mi voz se perdió en el ruido.
Las ofertas comenzaron a subir, números que volaban por el aire como buitres sobre un cadáver.
Vi a Isabella inclinarse hacia Alejandro, susurrándole algo al oído. Él asintió levemente, sin apartar la vista de mí. Su expresión era la de un hombre que había tomado una decisión irrevocable.
Más tarde, mucho más tarde, cuando el infierno se convirtió en mi nueva normalidad, reconstruí esa conversación en mi mente mil veces.
"¿Estás seguro, Ale? Se ve tan frágil" , debió decir ella, su voz goteando falsa preocupación.
"Es la única manera, Isa. Ella nos traicionó. Necesita aprender su lugar" , habría respondido él, su voz dura, repitiendo las mentiras que ella le había metido en la cabeza durante semanas.
Mentiras sobre mí. Sobre una infidelidad que nunca existió, sobre planes para arruinarlo que jamás tramé.
Tres años.
Tres años de un tormento que comenzó esa noche. Cuando finalmente me "liberaron" , no era más que una sombra de la mujer que fui. Regresé a la que se suponía era mi casa, la mansión de los Vega, la familia de mis padres biológicos.
Me recibieron en la sala de estar, con la misma decoración opulenta y fría de siempre. Mi padre, Ricardo Vega, y mi madre, Laura, me miraron con una mezcla de lástima e impaciencia.
"Sofía, qué bueno que regresaste" , dijo mi madre, pero sus ojos no sonreían. "Alejandro ha sido muy generoso al permitirte volver."
Generoso. La palabra me supo a ceniza en la boca.
"Hay nuevas reglas en esta casa" , continuó mi padre, con su tono de director de empresa. "Vivirás aquí, pero te mantendrás fuera de la vista. No causarás problemas. Tu habitación estará en el ala de servicio."
El ala de servicio. En mi propia casa.
Miré sus rostros, los de las personas que me dieron la vida y que luego me entregaron a mis padres adoptivos porque no encajaba en sus planes de estatus social. Los mismos que me buscaron cuando se enteraron de mi compromiso con el millonario Alejandro, viendo en mí una oportunidad de negocio. Y los mismos que ahora se aliaban con él, traicionándome por segunda vez.
Ellos no sabían nada de la bendición. No entendían que la fortuna que tanto anhelaban, la que Alejandro había construido, estaba ligada a mí. Y ahora, sin mí a su lado, todo comenzaría a desmoronarse.
Entonces, la puerta principal se abrió.
Alejandro entró, no solo. De su brazo, vestida con un elegante vestido blanco, como una novia, estaba Isabella.
"Sofía, qué oportuna" , dijo Alejandro con una sonrisa cruel. "Justo a tiempo para conocer a mi esposa."
Mi esposa.
El aire abandonó mis pulmones. El suelo pareció desaparecer bajo mis pies. El hombre que me había prometido amor eterno, el padre del hijo que perdí en el calvario que él mismo orquestó, ahora estaba casado.
Con mi prima.
La traidora.





