Vendida por Amor Falso

Mi declaración los dejó en silencio por un momento, un silencio cargado de confusión.

Ramona me miró como si me hubiera vuelto loca de repente.

"¿Qué estupideces dices ahora? ¿La nieta de Don Eladio?", preguntó, con un tono que mezclaba la incredulidad con la burla.

"Así es", afirmé, poniéndome de pie lentamente, tratando de proyectar una autoridad que no sentía. "Soy Sofía Reyes, mi abuelo es Eladio Reyes, el líder de esta comunidad."

Un murmullo recorrió a los pocos vecinos que se habían asomado a la puerta, atraídos por los gritos.

Vi sus caras, sus ojos curiosos y desconfiados.

"¡Ja! ¡Ahora resulta!", exclamó Ramona, recuperando la compostura. "Esta chamaca ya no sabe ni qué inventar para salvarse, ¿creen que la nieta de Don Eladio andaría por ahí, dejándose vender como si fuera un animal?"

Su lógica era cruel, pero para ellos, tenía sentido.

"¡No me dejé vender!", grité, la frustración creciendo en mi garganta. "¡Me drogaron! ¡Mi supuesta amiga me trajo aquí con engaños!"

"¡Mentiras!", intervino el padre de familia, un hombre de pocas palabras pero de mirada dura. "La muchacha que te trajo, Isabella, nos dijo que eras una huérfana, que no tenías a nadie, que buscabas una familia."

La red de mentiras de Isabella era más profunda de lo que imaginaba, había pensado en todo para asegurarse de que nadie me creyera.

"Mi abuelo se mudó a la ciudad hace muchos años, por eso no lo ven por aquí tan seguido, pero este sigue siendo su pueblo, su gente", intenté explicar, desesperada por hacerles entender. "Mi padre es su único hijo, él vive y trabaja en la ciudad, ¡por eso no me conocen!"

Pero mis palabras se perdían en el aire, chocaban contra un muro de desconfianza y prejuicio.

Para ellos, yo era una extraña, una mentirosa, una mercancía por la que habían pagado.

"Suficiente de tus cuentos", dijo Ramona, perdiendo la paciencia.

Me agarró del brazo con una fuerza brutal, sus uñas se clavaron en mi piel.

"Te vas a casar con mi Mateo y punto, y si vuelves a decir que eres una Reyes, te juro que te arranco la lengua."

Me sacudió con violencia, mi cabeza golpeó contra la pared de adobe y vi estrellas por un segundo.

El dolor agudo me devolvió a la realidad de mi situación.

No me creían, y no me iban a creer.

La desesperación me hizo gritar, un grito desgarrador que salió desde lo más profundo de mi ser.

"¡AYUDA! ¡SOY SOFÍA REYES! ¡LA NIETA DE ELADIO! ¡ME TIENEN SECUESTRADA!"

Grité y grité, con la esperanza de que alguien, cualquiera, me escuchara y reconociera mi nombre.

Mi voz resonó en el pequeño patio, y por un instante, el silencio se hizo de nuevo.

Los vecinos se miraban entre ellos, inquietos. El nombre de mi abuelo tenía peso, incluso en su ausencia.

Pero mi grito de esperanza fue ahogado rápidamente.

Ramona, enfurecida, me tapó la boca con su mano sucia, su aliento agrio me golpeó la cara.

"¡Te dije que te callaras, maldita loca!", gruñó.

Me golpeó en el estómago con el puño cerrado.

El aire se me escapó de los pulmones en un silbido doloroso y caí de rodillas, tosiendo, luchando por respirar.

El mundo se volvió borroso, el dolor era insoportable y el miedo me paralizó por completo.

Estaba sola, herida y nadie iba a venir a salvarme.

Había pronunciado el nombre de mi familia como un conjuro mágico, esperando que me protegiera, pero solo había conseguido enfurecer más a mis captores.

Me arrastraron de nuevo al cuarto oscuro, la puerta de madera se cerró con un sonido final y desolador, dejándome en la más absoluta oscuridad.

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