Utopías

Allison

Cuando llegué a la casa de Court, un chaval de veintiuno más o menos me abría la puerta.

Yo llevaba un shorts de lino corto y una camisa blanca abierta con un top debajo, y como me gusta manejar descalza, me había bajado del auto tan cuál.

— Estás exquisita para ser una cuarentona — mientras yo me estiraba por las horas conduciendo el hormonando este me estaba cabreando.

— Treinta y dos guapo. ¿Tu cuántos tienes, seis? — eso le había jodido.

Se me lanzó encima y no lo ví venir, me tomó de la cintura, me pegó a su cuerpo y tomando mi mano la llevó hasta su polla y cuando la tuve entre mis dedos, creí estar soñando.

Llevaba casi dos meses sin echar un polvo y nada más sentir su miembro entre mis dedos, lo palpé bien.

— ¿Te parece el rabo de alguien de seis? — negué con la boca abierta, mirando sus ojos y sin dejar de catar aquel pollón que mis dedos abrazaban.

— ¿Que hacéis? — una voz de chica nos rompió la calentura del momento.

Molly, pelirroja inconfundible, me miraba sonriente.

Nos separamos enseguida, yo más apurada que el rubio ojitos azules que me veía con ganas de echarme un polvo aquí mismo. Y joder, que pena que fuera un chaval porque lo que tenía allá abajo, me apetecía. Mucho.

— Joder tía que es un chaval, si aún tiene acné — protestaba risueña mi amiga.

— En el culo es donde tengo acné, anciana — le dijo el idiota a mi amiga y ella le dió un manotazo.

— Este es el hermano de Courtney, el que organizó el fiestón — me explicaba ella y yo cruzaba las piernas tratando de controlar mi calentón.

Nos abrazamos entre risas y dos horas más tarde, ya tenía habitación para mí, aunque nada de ropa. Pero mis amigas me dejarían lo que quisiera.

Mi ex no había parado de pasar mensajes y yo de ignorarlos. Mis padres también me habían llamado bastante y ahora, justo ahora que estaba en la parte de arriba de la casa, en la terraza de mi habitación, a solas y con el mar debajo, pausadamente dejé caer el aparato al mar, esperando que se ahogaran así todos mis problemas.

Me recosté sobre la baranda y dejé mi frente sobre mi antebrazo, estaba tan cansada de confiar en que los hombres me querían y terminaran siendo malditos gays.

Ahora follaría con quién quisiera, cómo y dónde lo quisiera y no estrecharía lazos con ninguno, ellos después si resultaban ser gays, no serían mi asunto ni mi pena.

Unas manos en mi cintura, me sobresaltaron y aquella polla enorme contra mi culo, me excitó.

— ¿Follamos? — preguntó el hermano de mi amiga y ni siquiera sabía su nombre.

— Mejor que no tío, que eres el hermano de mi amiga — me di la vuelta y puse una mano en su pecho.

El puso las suyas a mis costados y se mordió la boca mirándome de arriba a abajo. Dios que calor me estaba dando esa boca.

Sin verlo venir, como era su costumbre al parecer, me tomó de la cintura y me subió a la baranda,puso sus manos en mis nalgas y me tiró para alante, clavó entre mis piernas su miembro duro y empujó más haciéndose notar.

— ¿Prefieres que venga mi hermanita ? — preguntó el niñato subiendo sus dedos por mis costados y llegando a mis pechos, castigando mis pezones con sus pellizcos.

— ¡¡Fóllame!! — le dije seductora pero solo eso pude decir.

Se metió a mi boca con la suya, levantó mi top y me arrancó la camisa. Deslizó sus dedos por mi espalda y me enloqueció.

El no llevaba más que un short playero. Arañé su espalda. Mordí su cuello le chupé los pezones como hambrienta desesperada por comérmelo.

Mis piernas lo tenían abrazado, lo tomé del pelo y soltando mi sujetador, él lo lanzó al mar desde allí mismo. Me chupo los senos, los mordió me dejó pequeñas mordidas en el abdómen y volvió a mi boca.

Cuando metí mi mano en su short y toqué su polla dura, lo miré asustada. El sonrió.

— Tranquila que te voy a poner tan caliente que te va a caber hasta doblada — su manera de hablarme sucia y chabacana me ponía muchísimo.

En cuanto sus dedos se metieron a mi vagina, dejé de tener treinta y dos años y el cerca de veintiuno, allí éramos un hombre y una mujer con ganas de comerse a polvos.

No me importaba si el solo buscaba sexo, porque entre nosotros solo eso habría y solo esta vez, así que era perfecto.

Mientras las chicas bebían abajo y bailaban, yo bailaba aquí sobre la polla del hermanito de mi amiga.

— Abre bien las piernas para que no te duela y relájate — este sabía manejar su aparato.

Me había comido el sexo lo suficiente para suplicar que me penetrara de una vez. Estaba que me tiraba al mar desde aquí mismo para apagar este ardor.

Acomodé mis pies en dos barrotes de la baranda y poco a poco, aquel miembro enorme y maravilloso empezó a penetrar mi desentrenado sexo.

— ¡Que bien te sientes hermosa! — típico apelativo que usan cuando no conoces el nombre de la chica. Me daba igual, tenerlo dentro y avanzando cada vez más, según como me fuera adaptando, era todo lo que me importaba.

— Cállate y sigue — lo golpeé y me lancé a su boca.

Me cargó y conmigo encima, sacó los pies de los restos de sus ropas esparcidas por el suelo y sin dejar de penetrarme, haciéndome gritar en cada golpe, nos hundió en la cama.

Tomó mis piernas y siguió follandome, como un poseso, aguantando mis piernas abiertas, sin dejar de mirar el punto donde nuestros cuerpos se unían y sin dejar de hacerme ver todas las estrellas que no sabía que existían en el firmamento.

El niñato yo follaba de miedo.

Molly

Estábamos todas, un poco bebidas, pero no lo suficiente.

Aún dolía la traición en mi memoria, aún estaba fresco todo.

Cuatro meses teníamos de separados y el maldito de mi marido, seguía jurando que solo había sido una aventura de una noche y que ella había aprovechado su debilidad para robarle nuestra cuenta y posteriormente, vaciarla.

Un hombre, que te traiciona, se acuesta con otra y tira por tierra toda tu vida, te pone como trapo de cocina de cara al mundo y se excusa con la maldita debilidad masculina, no merece que le crea.

Lo supe por ella misma. Aquella noche me mandó una foto de él, entre sus piernas.

No tengo un solo recuerdo más repugnante que ese en toda mi vida.

Cuando Carl llegó de su congreso, las maletas estaban en el jardín siendo meadas por los perros callejeros.

No sabía si eso había sido la razón de su aventura de una sola noche. O si era cierto y había sido un desliz. O quizá, llevaban echando polvos mucho más tiempo del que me cuenta él.

Tuve que cambiar el número de mi móvil, para que la muy zorra dejara de enviarme audios de gemidos de placer.

Eso era el único detalle, que me hacía creer un poquito la versión de mi ex... Si ella hubiese seguido acostándose con el, bien podía mandarme fotos normales y no audios que podían ser de cualquiera.

Un mes después, cuando el ya no lloraba cada noche en mi puerta y ella había dejado de jurar que su aventura continuaba, me llegó la notificación del retiro del dinero de la cuenta conjunta que teníamos.

El banco dijo tener un documento de mi marido, permitiendo el retiro y el monto; sin embargo, Jhonny se encargaría de averiguar todo y demandar desde el banco hasta la gerencia de la bóveda. Esos procesos estaban activos ya; pero si Carl confirmara su participación todo sería menos complejo. Sin embargo el cabrón se negaba a aceptar su traición.

En este justo momento, me sentía relajada. Había reventado contra el suelo mi móvil en la entrada, al recibir el décimo te amo, vuelve conmigo del día. Ahora, estaba tirada, borracha y fumada, en un sofá de la casa de mi amiga, viendo como todas hacían un esfuerzo por salir adelante en sus decadentes vidas.

Todas menos Alli, teníamos treinta y seis años o estábamos por cumplirlos, ella fue como la peque del grupo.

Nada más llegó a la universidad y la acogimos en nuestro grupo a pesar de ser de otro año. Es una buena niña y ahora luce, casi acosada por el hermano de Courtney. No pude evitar reírme.

Lesli por otro lado, me da más ternura de la que daba antes. El que hoy es su marido, antes fue su novio y todas veíamos lo cabrón que era. Ella nunca lo quizo aceptar y terminaron cómo están ahora, ahogándose en un matrimonio que agoniza desde el inicio. Con un hijo que sufrirá el imparable divorcio de sus padres y ahora, justo ahora, ella se ha vuelto el objeto del deseo del otro hermano de una Court que se ve desde donde estoy que se muere por meterse dentro de las sábanas de Jhonny.

Aquí, evidentemente sobro yo.

— Voy a proponer un juego y votaremos antes, si aceptan jugar o no. Jugamos por mayoría. — decía Nate.

— Yo no juego, me voy a mi casa — se negaba Lesli, ella siempre tan temerosa.

— Tu te quedas, y juegas — Court le decía algo al oído, que la hizo hacer un puchero y aceptar el misterioso juego.

— Yo me apunto a todo — respondía coqueto el hermanito caliente, el más pequeño. Y chocó risueño el puño con Jhonny, dejando así en claro que también jugaría. Ese se apuntaba en todo.

— ¿Tu no juegas Molly? — me inquiría Court, levantando su mano con el pulgar arriba aceptando también.

— Yo paso, me voy a la cama — me levanté para marcharme.

Pero la curiosidad pudo conmigo, quería saber de qué iba esto para irme preparando mis sesiones de apoyo a mis amigas, cuando amanecieran arrepentidas y quejumbrosas.

— ¿A qué van a jugar? Cuidado esos culos chicas, que el alcohol y los hombres sexys son una mala mezcla.

Todos se rieron de mi ingenio para las analogías.

Nate, se puso en pie, era altísimo. Tomó un trago de la botella de cerveza y dijo para todos...

— Jugaremos a las utopías...

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