Me levanté temprano como siempre y empecé a alistarme para ir al trabajo. Mi jefe me había llamado la noche anterior y me solicitó que llegara una hora antes de lo normal, ya que estaba esperando a un personal al que le iba a realizar entrevistas.
La oficina en la que trabajo es una inmobiliaria, no es un lugar muy grande, tiende a ser un poco oscuro y lúgubre en las primeras horas del día, y luego, como a eso de las 10 de la mañana empieza a entrar el sol por una pequeña claraboya que está en la parte superior del mezanine. Creo que esa oficina es así porque está rodeada de edificios altos y no tiene una buena ventilación. Definitivamente esa oficina se parece a mi jefe.
Luego de tomar el transporte y llegar a la oficina, me senté acomedidamente en mi escritorio esperando la llegada del personal. Ya tenía listo una cantidad de papeles que estas personas debían llenar. A las siete y treinta minutos, cuando la primera persona llegó, me desperté. Era una chica, de unos 20 años aproximadamente, vestía muy elegante con unos tacones negros, una falda que apenas le tapaba la rodilla y una blusa con un diseño único, de volados y estampados, su cabello era oscuro con pequeños matices plateados que la hacían lucir muy bonita, y bajo su brazo una carpeta de las que se usan para entregar las hojas de vida.
—Buenos días, ¿esta es la oficina del señor Capellino?
—Si, esta es, adelante, ¿es usted miembro del personal que debo recibir?
—Me imagino que sí, vengo por la vacante de secretaria para el señor Capellino.
Una punzada me atravesó la garganta, sentí odio, traición.
—Aquí está la papelería que el señor Capellino me encargó entregarle.
—Muchas gracias, mucho gusto, mi nombre es Julieth.
—Mucho gusto Julieth, adelante, siéntate.
La chica se sentó en las sillas que se encontraban en la recepción, hasta para sentarse tenía gracia, quizá por eso el señor Capellino quería hacerla su secretaria, irradiaba una luz que yo no podía transmitir. Ese desgraciado me quería botar, y no podía hacer nada al respecto.
Mientras me encontraba absorta en mis pensamientos, el señor Capellino entro por la puerta principal de la oficina. Traía un traje gris -como el- con zapatos de cuero que se veían costosos y una boina a rallas que no le combinaba absolutamente con nada. No sé qué estaría pensando ese señor al colocarse esa boina en la cabeza… ¿tendrá un espejo en su casa?
—Buenos días, Úrsula.
—Buenos días, señor Capelli…
—¡¡¡Despedida!!!
—¿Qué?
—¿Te lo tengo que repetir? DES-PE-DI-DA.
El señor Capellino miró a la chica sentada con una frialdad como el hielo y le dijo:
—Niña, sígueme.
La chica se levantó sorprendida, pero lo siguió con rapidez a través del pasillo de la inmobiliaria, miró hacia atrás unas dos veces antes de llegar a la puerta de la oficina del señor Capellino. Volteó nuevamente a donde me encontraba, me vio como pidiendo perdón con la mirada y entró.
¿Qué carajo? ¿para esto me hizo madrugar? Es un infame.
Respiré profundo, tomé mis cosas, las arrojé en una caja y salí de esa mugrienta oficina, esperando no volver a entrar nunca más. Eran las 8 de la mañana, se sentía el cálido resplandor del sol en mis brazos ligeramente extendidos sosteniendo mis pertenencias, soplaba una brisa suave, esa que te hacer decir que parecía finales de año, levanté mi cabeza, miré al cielo como buscando consuelo del altísimo, no había nubes en el cielo, se veía completamente azul, limpio…
¡Aaaah! Es un gran día, pese a todo, es un buen día.
Detrás de mí todavía se encontraba esa aburrida oficina, ya no importaba, es mejor así, ya no tengo que soportar a ese hablador de … ¿Qué es eso?
En un instante resplandeció una luz, se sentía cálida y fría al mismo tiempo, se me erizó la piel, y luego, como en un parpadeo, ya no estaba frente a la oficina, no sabía dónde me encontraba.





