Tras cambiar a Irene de ropa, Aaron tuvo un impulso de vomitar de repente mientras intentaba limpiar su propia ropa por lo sucia que estaba también, tarea que no le resultó nada fácil. Una vez que terminó por fin, regresó a la habitación solo para ver que la mujer había desaparecido, y a pesar de buscarla por los alrededores, incluso detrás de las cortinas, comprobó que no había absolutamente ningún rastro de ella.
¿Cómo podía haberse esfumado así?
Entre tanto, una tela voló por la habitación, yendo a parar justo a su cabeza, y cuando la agarró para echar un vistazo, su rostro palideció y se sonrojó al mismo tiempo: eran un par de prendas de lencería de encaje.
¡Aquello era surrealista!
Al darse la vuelta, Irene estaba apoyada contra la pared, observándolo con ojos hambrientos.
"¿De dónde has salido?", exigió saber él, y cuando la mujer señaló el armario a su lado, su semblante se oscureció.
"¿Y por qué te escondiste ahí hace un momento?", pero ella solo sonrió y se puso a saltar eufórica como respuesta. "¡Quería darte una sorpresa!", dijo con las manos levantadas en aire como una niña.
"¿Cómo que una sorpresa?".
"¡Sí, una sorpresa!", contestó de nuevo Irene, y acto seguido, saltó sobre la cama, pisando los cojines con agilidad. Sin decir nada más, se puso a cantar a gritos, con su voz resonando por toda la estancia. Desde luego, para una mujer borracha, ¡su voz era inaceptable!, por lo que Aaron se quedó sin palabras.
Tiró la ropa interior al suelo enmoquetado, mirándola con el ceño fruncido y pensando: '¡Esta chica se la está ganando!
Irene, cállate ahora mismo o te juro que...', pero la forma estridente en que cantaba ahogó fácilmente estos pensamientos.
Al ver que no había otra opción, el hombre la agarró con decisión para que se bajara de la cama, e Irene, agotada por los continuos saltos y aspavientos previos, se aferró a él cual gato meloso.
El pijama de seda que llevaba se le ceñía perfectamente al cuerpo, abrazando sus curvas donde más le favorecía;
de hecho, mirándola de cerca, él reparó en que tenía una cara muy bonita y una piel suave, de manera que cualquiera que la hubiera visto en aquel momento, no habría podido resistir tal tentación.
En cambio, antes de que nada parecido sucediera, Aaron la llevó de regreso a la cama y la tapó con el edredón, pero cuando ya se disponía a marcharse, ella le cogió la mano, y quejándose, le dijo: "No me dejes sola. Tengo mucho frio".
Normalmente, si se tratara de cualquier otra persona, el hombre ya la habría dejado ahí, pero su corazón siempre parecía ablandarse cuando la tenía cerca, puesto que se trataba de Irene.
Cuando estaba a punto de responderle, se percató de que la chica ya se había quedado profundamente dormida, y entonces pensó para sí: 'Fue ella quien lo sugirió'. Tal vez era hora de deshacerse de algunos principios rígidos por los que se guiaba de vez en cuando, así que al final decidió meterse con ella bajo las sábanas.
Entonces, el instante en que estaba a punto de quedarse dormido él también, ella enroscó una de las piernas alrededor de su cintura, arrimándolo hacia ella, y aunque él la apartó inicialmente, molesto por su intención, como la mujer solo pareció tomar ese gesto como incentivo para continuar, y le rodeó la cintura aún más, esta vez con los brazos.
Él seguía contrariado y algo confuso, pues en parte tenía en mente regañarla, pero cuando se dio la vuelta, ella ya estaba acurrucada junto a él de nuevo, y al ver que apartaba la colcha de una patada, supuso que debió de sentirse cómoda en la calidez de sus brazos.
Esto debería haber causado irritación en el hombre, y sin embargo, ante un contacto tan estrecho, el corazón le dio un vuelco.
No pudo más que sostener a la delicada chica cerca de él, sintiendo calor ahí debajo de la gruesa tela, pese al frío de la noche;
incluso con la experiencias de muchos momentos tórridos a sus espaldas, no se había sentido así de feliz en mucho tiempo.
Parecía que Irene realmente confiaba en él, así que Aaron le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja lentamente, y soplándole en el cuello con su aliento, susurró: "Casémonos, Irene".
Ella se rio antes de responder: "Está bien".
Entonces el hombre sonrió con astucia, cerró los ojos y dijo: "Ahora ya no puedes echarte atrás, pero me voy a asegurar de que nunca te arrepientas de la decisión que acabas de tomar".





