Una vez la esposa tonta, ahora su eterna obsesión

Carlos siguió la línea de visión de Andrés, que aterrizó en Cathryn. Frunció el ceño. Había algo inquietante en su presencia. El momento era demasiado conveniente.

"Proceda con cautela, señor. Podría haber una trampa esperándolo", murmuró, manteniendo la voz baja.

La expresión del otro se tornó aún más impenetrable. "Descubre qué la ha traído hasta aquí".

Con un silencioso asentimiento, Carlos se marchó.

Por su parte, al no reconocer a Andrés, Cathryn se dispuso a marcharse.

Entonces, la voz de él, cargada de sarcasmo, la detuvo por la espalda. "¿Qué pasa? ¿Ahora te haces la dura?".

Ella frunció el ceño con confusión y contestó: "Se equivoca de persona".

Andrés se interpuso en su camino. Con las manos en los bolsillos, la miró de arriba abajo con desdén en los ojos. "Curioso. Esta mañana fingías que no había pasado nada entre nosotros y ahora, horas más tarde, apareces aquí con la endeble excusa de un encuentro casual... ¿Intentando llamar mi atención, eh?".

El corazón de Cathryn dio un vuelco. ¿Así que él era el hombre de la noche anterior? ¿El mismo que había quitado su virginidad?

En ese momento, Carlos volvió apresurado, inclinándose para susurrarle al oído a su jefe. "Se llama Cathryn Moore. Es la primogénita de Ricardo Moore. Su madre se había cortado las muñecas... Murió hace poco".

La mandíbula de Andrés se endureció y, por primera vez, bajó la vista hasta la mano de la joven. Una mancha carmesí se desplegaba en la palma de su mano, derramándose sobre la tela del vestido. "Llévenla a limpiar", dijo con voz cortante.

Llevaron a Cathryn a la residencia de Andrés. Después de una ducha y de vestirse con ropa nueva, un poco de vida volvió a sus mejillas.

El dueño estaba recostado en el sofá, girando distraídamente un mechero de plata entre sus dedos, sin apartar la mirada. "Dime: ¿cómo te las ingeniaste para engañar a mi abuela?".

Cathryn se paró frente a él. "Ni siquiera he conocido a su abuela. Y le agradezco lo que hizo, señor Brooks, pero si no necesita nada más, me iré".

Andrés soltó una risa corta y aguda, pues ella sabía su apellido y, aun así, seguía fingiendo ignorancia. De acuerdo. Mientras no fuera un peón de Carla, no le importaba jugar un poco. "Vamos a hacer un trato". Lanzó el mechero sobre la mesa y la miró fijamente.

La otra se quedó paralizada. ¿Un trato? ¿Sobre qué? Ya no tenía nada: ni dinero ni contactos. ¿Por qué un Brooks querría algo de ella?

El hombre deslizó un documento sobre la superficie de vidrio. "Léelo y firma".

Cathryn levantó el documento, cautelosa, y preguntó: "¿Qué es esto?".

"Un contrato prenupcial", respondió él, cruzando una pierna sobre la otra con la confianza y la seguridad de un soltero empedernido.

Su interlocutora abrió los ojos de par en par, incrédula.

Andrés sonrió con arrogancia, con los ojos brillantes. "¿No es esto exactamente lo que querías? Has estado persiguiendo el apellido Brooks, ¿no?".

Ella apretó la mandíbula mientras la irritación le recorría el cuerpo. "Se ha equivocado, señor Brooks. Ya tengo esposo".

Andrés se enderezó y cerró el espacio entre ellos, proyectando su sombra sobre ella.

Un rastro de cedro y humo, fuerte y limpio, flotaba en el ambiente, acelerándole el pulso.

Sus labios se curvaron en una sonrisa burlona. "Si fueras tan leal a tu esposo, ¿por qué no te negaste a pasar la noche conmigo?".

A Cathryn le subió el calor por el cuello. Él había estado borracho anoche, lento para reaccionar. Si ella se hubiera resistido con más fuerza, podría haberse escapado. Pero no lo había hecho...

Andrés bajó la voz y, con los dedos, le inclinó el mentón para poder observarla. "Mi abuela te eligió por una razón. Divórciate de tu esposo y cásate conmigo en su lugar. No te faltará nada".

Cathryn parpadeó por un instante. El otro parecía tener algunas ideas equivocadas sobre ella. Tal vez, solo tal vez, podría usar eso a su favor.

Reconoció que la advertencia de Jordyn tenía sentido. Sola, su fuerza era limitada. Pero con el apellido de los Brooks a sus espaldas, todo podría cambiar. Allí estaba, un hombre que irradiaba poder. Hasta su casa gritaba privilegio e influencia. No era solo otro heredero adinerado, sino alguien que importaba. Con su madre fallecida y todas las puertas cerradas en su rostro, ya no tenía nada que perder.

Enderezando los hombros, lo miró fijamente. "Muy bien. Tenemos un trato".

Pasó las páginas del contrato. Sus ojos rozaron las líneas de lenguaje jurídico, pero las palabras se desdibujaban. Con un suspiro, lo empujó hacia él sobre la mesa. "Léelo en voz alta. No pienso leer todo eso".

Andrés levantó una ceja, sin gracia. Nadie se había atrevido a pedirle algo tan trivial. Normalmente, la gente se desvivía por leerle las cosas.

"Tengo dislexia", explicó la joven en un tono plano. "Todas esas palabras me dan dolor de cabeza".

Él vaciló, con la sospecha reflejada en su rostro. Quizá ni siquiera sabía leer. Luego descartó la idea de inmediato. Su abuela no habría elegido a alguien sin educación.

Dejó a un lado el acuerdo. "No necesitas saber cada detalle. Solo hay tres cosas importantes". Alzó un dedo. "Primero: este matrimonio durará solo un año. Cuando se cumpla el plazo, sin importar lo que pase, terminará".

Cathryn arqueó las cejas con leve sorpresa. ¿Solo un año? Era más fácil de lo que esperaba. "Me parece bien", respondió sin dudarlo.

El varón la miró con más intensidad. "Segundo: si llegas a estar embarazada, el bebé se quedará, pero tú te irás. No podrás reclamar ningún derecho sobre el niño".

Ella entrecerró los ojos. Frío. Pero ya había tomado la decisión: no tendría hijos con él. "Entendido. ¿Y el tercero?".

Andrés cerró la distancia entre ellos, y su voz sonó tranquila y definitiva. "El último: no tendrás acceso a mi corazón. No intentes buscar el amor donde no lo hay. No espero nada de ti y tú tampoco deberías esperar nada de mí".

Un destello indescifrable brilló en los ojos de la mujer, pero desapareció tan rápido como apareció. Desde luego, él era atractivo: intenso, dominante. Pero para ella, no era más que otro hombre en un mundo lleno de ellos. El amor no estaba en su lista.

Sin dudarlo, agarró el bolígrafo y escribió su nombre en el documento. "Como desee, señor Brooks".

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