Richard se quedó helado de sorpresa. Jamás se imaginó que Brynn pudiera hablar con tanta dureza, sobre todo cuando antes siempre cedía a sus deseos.
Recordaba con claridad el miedo que ella le tenía a las agujas; cada vez que le ponían una, temblaba tanto que le llevaba un buen rato recuperarse. A pesar de eso, siempre le ofrecía su sangre a Rena una y otra vez, y todo por complacerlo.
Pensando en eso, el hombre vaciló, y su expresión cambió al mirar a Brynn. "Entonces...".
Antes de que pudiera terminar lo que iba a decir, Rena intervino, llorando a gritos: "¡Brynn, ¿cómo pudiste decir eso?! ¿Quieres que me muera o qué?".
Ante semejante actuación, la aludida le respondió con una mirada fría. No podía creer que la crueldad de esa mujer, su obsesión y su impecable habilidad para actuar siempre lograban engañar a Richard. O tal vez él quería ser engañado.
Una sonrisa fría se dibujó en los labios de Brynn cuando se le cruzó ese pensamiento, por lo que habló con firmeza: "Cualquier otra persona puede darle sangre si quiere. Yo ya me harté".
Rena apretó el brazo de Richard y dijo con tono dolido: "Richard, ¿la oíste? Quiere que termine en la UCI como mi madre".
Sharon Davis, la madre de Rena, le había salvado una vez la vida a Richard y desde entonces permanecía inconsciente. Debido a ese sacrificio, él sentía una profunda culpabilidad hacia Rena y se veía incapaz de negarse a sus peticiones. Rena se valía de esa culpa, involucrando a su madre en cada arrebato, y Richard casi siempre la dejaba salirse con la suya.
Esta vez, sin embargo, algo cambió. Cuando el nombre de Sharon salió de los labios de Rena, el hombre frunció el ceño. Jamás podría olvidar ese momento en que un camión se abalanzó sobre ellos hacía cinco años. Sharon lo empujó para ponerlo a salvo y acabó ella misma bajo las ruedas, con un charco de sangre extendiéndose a su alrededor.
Sin embargo, Brynn también había renunciado a mucho por él. Cuando notó el prolongado silencio de su ex, una frágil esperanza surgió en su interior. Si él la eligiera a ella, aunque solo fuera una vez, creería que todos esos años de entrega habían tenido sentido y se convencería a sí misma de que él no la rechazaba, solo que no sabía amar.
"Brynn, ¿podrías donarle sangre a Rena una última vez? Por favor. Te juro que es lo último que te pido", le dijo el hombre mientras levantaba la vista hacia ella, con la imagen de la joven reflejada en sus ojos
El pequeño destello de esperanza en el interior de Brynn se desvaneció al instante. Una risa llena de amargura se le escapó pensando en lo tonta que había sido al esperar algo diferente de él. Siempre que había que tomar una decisión, la elección de Richard era la misma. En cambio ella siempre lo ponía como su máxima prioridad.
Rena exhaló en silencio aliviada y miró a la otra con evidente triunfo. "Brynn, parece que necesito tu ayuda otra vez. ¡Gracias de antemano!".
La aludida la miró de reojo, viendo ahora con claridad que a su ex solo le importaba Rena. Una vez se convenció de que él simplemente amaba de una manera lenta y tranquila, pero ahora le demostraba, con la misma frialdad que siempre lo caracterizaba, que nunca la amaría en absoluto.
Brynn volvió a mirarlo, dejando que su mirada lo recorriera sin emoción. "Ya dije que no le daré sangre".
Richard frunció el ceño, inquieto por su mirada distante, y recordó la primera vez que se fijó en ella. En esa tarde de verano, la sonrisa de la joven brillaba aún más que el sol. Pero en algún momento del camino, esa felicidad se desvaneció.
"¿Y ahora qué hago? Si Brynn se niega a darme sangre, ¡me voy a morir!", gritó Rena con voz temblorosa. "Richard, le prometiste a mi madre que siempre me protegerías...".
Él respondió sin calidez: "Buscaré otro donante de inmediato. No dejaré que mueras".
Ella abrió los ojos de golpe, sorprendida, y lo miró fijamente. "¿Y si nadie más es compatible? Brynn me ha donado tantas veces... nuestros tipos de sangre funcionan a la perfección. ¿Por qué sustituirla ahora?".
Al ver que él no respondía, Rena comenzó a llorar mientras llevaba la amenaza más lejos. "Está bien, perfecto. Si no te importa, ¡iré a ver a Michelle!".
Y salió corriendo hacia la habitación de la señora Yates, todavía sollozando. Poco después, regresó con la anciana a su lado. Michelle parecía algo aturdida; no esperaba que la despertaran tan pronto. Lo que Rena le dijo tuvo un efecto evidente, porque la mirada de la anciana se desvió hacia Brynn con un rastro de culpa.
"Richard, deja de regañar a Rena. Su madre terminó en coma porque te salvó la vida. Ahora solo necesita un poco de sangre de Brynn. Eso no es nada. Brynn ya ha donado muchas veces y nunca ha pasado nada malo. Pero si Rena no recibe sangre ahora mismo, ¡podría morir!".
Él apretó la mandíbula con frustración. "Buscaré otro donante. Hay suficiente sangre en el banco. Brynn no tiene por qué ser la única".
"Michelle, ¿oíste eso?", gritó Rena, aprovechando la oportunidad. "¡Solo le importa Brynn, yo no!".
La anciana se apretó las sienes con los dedos, claramente irritada, pero su hijo mantuvo su compostura con severidad, advirtiéndoles con la mirada que su decisión ya estaba tomada. La mujer comprendía a la perfección que una vez que él se decidía por algo, nadie podía hacerle cambiar de opinión.
Entonces miró a Brynn y le dijo: "Por favor, ayuda a Rena esta vez. Hazlo por mí".
Los labios de Brynn se curvaron en una leve sonrisa de astucia. Había previsto ese final desde el principio. Siempre que Rena causaba problemas, la carga recaía sobre sus hombros. Y Michelle, su futura suegra, nunca dudaba en dejar que ella soportara todas las injusticias.
Sin embargo, ya ni siquiera se sentía decepcionada, porque, desde el principio, fue ella la que se esforzó por ganarse la aprobación de esas personas.
Recordó haber conocido a Michelle por primera vez cinco años atrás, durante las vacaciones de invierno. En ese momento, apenas comenzaba su vida universitaria. Una noche, mientras regresaba al campus, fue arrastrada a un callejón oscuro por un matón borracho. En el último momento, un joven alto y delgado se abalanzó sobre ella y la salvó. No vio su rostro con claridad, pero sí el corte de cuchillo en el pecho de él.
Después, cuando se recuperó y salió del hospital, vio una cicatriz similar en el pecho de Richard. Ya se había enamorado de él desde el primer momento en que lo vio, y descubrir que era el joven que la había rescatado solo profundizó su devoción.
Y aunque Richard le hablaba con indiferencia, ella siguió acercándose con más determinación. A pesar de ser una de las chicas más admiradas del Departamento de Derecho, se aferró a él con tenacidad, ignorando todos los susurros burlones a sus espaldas.
Durante las siguientes vacaciones de invierno, no soportó la idea de pasar un mes entero sin verlo, así que compró en secreto un boleto de tren a la ciudad natal del joven, desafiando las objeciones de su familia. Como había crecido en la ciudad, había tenido una vida tranquila y nunca experimentó ninguna dificultad. Cuando llegó a la ciudad y por fin localizó a Richard, lo encontró en el suelo, inmovilizado por alguien.
Uno de los aldeanos intentó razonar con él. "¿Por qué no escuchas? ¡Te dijimos que hay lobos en ese bosque! ¡Mordieron a alguien hace poco! Si entras ahora, ¡vas a morir! Seguro tu madre también se topó con ellos. Ya llamamos a la policía. Espéralos. No hagas nada imprudente".
Las voces llenaron la zona mientras los aldeanos murmuraban entre ellos. Richard yacía inmovilizado en el suelo, con la cara manchada de tierra y la hierba enredada en su ropa. Aun así, mantuvo la mirada fija en el bosque que tenía al frente, con una resolución cruda y frenética ardiendo en sus ojos, feroz como un animal acorralado.
"¡Suéltenlo!", gritó Brynn mientras corría hacia delante, sacando todas sus fuerzas para apartar a los dos hombres que sujetaban a Richard.
"¿Y tú quién eres? ¡Deja de causar problemas aquí! ¡Lo estamos deteniendo por su propia seguridad! ¡Ya casi es de noche, y entrar en ese bosque significa convertirse en comida para los lobos!", gritó uno de los aldeanos.
Richard se sentó en silencio donde cayó, apretando los puños, negándose a hablar.
"¡Ustedes son muchos! ¿Qué hacen aquí parados haciendo nada? ¿Por qué no entran al bosque y ayudan a buscar antes de que se oscurezca por completo? ¿No es mejor que quedarse discutiendo aquí?", preguntó Brynn.
Los aldeanos intercambiaron miradas inquietas, pero nadie dio un paso al frente, ya que enfrentarse a los lobos era un riesgo que ninguno de ellos se atrevía a aceptar.
"¡Si ninguno de ustedes piensa ayudar, entonces dejen de retenerlo!", insistió ella mientras levantaba a Richard. "Vamos. ¡Iré contigo a buscar a tu madre!".
El joven levantó la vista hacia ella desde donde había caído.
"¡Vamos!", instó Brynn de nuevo, jalándolo hacia el límite del bosque. Para entonces, el cielo ya se había sumido en la oscuridad.
"Richard, te ayudaré a encontrar a tu madre", dijo la joven, inhalando con fuerza y fijando su mirada en los árboles sombríos mientras se obligaba a mantenerse fuerte a pesar del miedo que le latía en el pecho.
"Después de encontrarla, deberíamos aprender boxeo y defensa personal juntos. ¡Así nadie podrá volver a inmovilizarte!", le dijo, con la esperanza de despertar algo de fuerza en él.
Ver a Richard inmovilizado sin poder hacer nada momentos antes la sacudió profundamente. En ese momento comprendió que incluso alguien tan brillante y orgulloso como él podía caer en la desesperación, por lo que se decidió a no volver a verlo así nunca jamás. Para ella, Richard estaba destinado a ser admirado.
El destino les dio un momento para caminar juntos. Cuando por fin cayó la noche, encontraron a Michelle, apenas consciente por haber perdido tanta sangre. No se había encontrado con ningún lobo. Simplemente se resbaló y una rama afilada se le clavó en la pierna y por eso estaba sangrando tanto. Richard la levantó en brazos sin vacilar y la sacó del bosque.
Brynn recordó cómo Michelle le había dado las gracias una y otra vez, instando a su hijo a no dejar escapar a una chica tan buena como ella. Pero eso había sido hacía años, y el tiempo lo había cambiado todo, incluyendo a las personas. Ahora Michelle estaba en el lado opuesto de todo, pidiéndole que le diera su sangre a otra mujer.





