Apenas una hora después de mi impulsiva boda con Sofía, mientras intentábamos torpemente navegar por la recepción que ahora era nuestra, mi teléfono volvió a sonar. El nombre de Laura brillaba en la pantalla, una mancha tóxica en mi nueva y extraña realidad.
Ignoré la llamada.
Sofía, que estaba a mi lado tratando de robar una fresa cubierta de chocolate de la fuente, me dio un codazo suave.
"¿No vas a contestar?" preguntó, con la boca llena.
"No hay nada de qué hablar," respondí, tomando un sorbo de champaña.
Pero Laura era persistente. Volvió a llamar. Y otra vez. Finalmente, harto de la vibración incesante en mi bolsillo, me disculpé con Sofía y caminé hacia una terraza más tranquila.
"¿Qué quieres, Laura?" contesté, mi voz más dura de lo que pretendía.
"Armando, mi amor, no me cuelgues así," su voz era un susurro lastimero, la misma que usaba cuando quería conseguir algo. "Sé que estás herido, pero tenemos que hablar. Cometí un error terrible, el más grande de mi vida."
"¿Un error? Laura, me dejaste plantado el día de nuestra boda por mensaje de texto para decirme que esperas un hijo de otro hombre. Eso no es un error, es una traición calculada."
"¡No fue calculado!" exclamó, su tono volviéndose más agudo. "Yo te amo a ti, Armando. Lo de Ricardo fue una estupidez, no significó nada. Él se aprovechó de mi vulnerabilidad. Por favor, tienes que perdonarme. Podemos arreglarlo. Por nuestro futuro, por el amor que nos tenemos."
Escucharla hablar de "nuestro futuro" me revolvió el estómago. La facilidad con la que mentía, con la que intentaba manipular mis emociones, era asquerosa. El Armando de hace unas horas se habría derrumbado, le habría suplicado una explicación. Pero el Armando que se acababa de casar con Sofía sentía una claridad helada.
"No hay 'nosotros', Laura," dije con calma. "No lo ha habido desde que metiste a tu amante en mi casa. Y para que quede claro, no hay nada que perdonar porque ya no me importas. Te deseo lo mejor con tu nueva familia."
Hubo un silencio atónito al otro lado. Claramente, no esperaba esta respuesta. Esperaba súplicas, ira, drama. No indiferencia.
"¿Que no te importo?" su voz se llenó de veneno. "Después de todo lo que he hecho por ti, ¿así es como me pagas? ¡Soy yo la que está embarazada y sola! ¡Deberías estar aquí, apoyándome, no hablando como un imbécil sin corazón!"
"Tú no estás sola, Laura. Tienes a Ricardo, el padre de tu hijo. Él puede apoyarte. Yo, por mi parte, tengo mis propios asuntos que atender."
"¿Qué asuntos?" espetó. "¿Ir a llorar a un rincón? No me hagas reír, Armando. No eres nada sin mí. Necesitas que te digan qué hacer, a quién ver, cómo vestirte. ¡Volverás arrastrándote, te lo aseguro!"
Su arrogancia era casi cómica. La mujer que creía tenerme en la palma de su mano no tenía ni idea de lo que acababa de pasar.
"Sobre eso," dije, permitiéndome una pequeña sonrisa cruel. "Tengo que irme. Mi esposa me está esperando."
"¿Tu qué...?"
No le di tiempo a procesarlo.
"Se acabó, Laura," dije, y esta vez las palabras se sintieron definitivas, como cerrar una puerta de acero. "Te pido formalmente que tú y Ricardo saquen todas sus cosas de mi casa para mañana por la noche. Si no lo hacen, mis abogados se pondrán en contacto con ustedes. Adiós."
Colgué antes de que pudiera responder.
Volví a la fiesta, donde Sofía estaba ahora en una animada discusión con mi tía abuela sobre la receta del mole. Me miró y levantó una ceja inquisitivamente.
"¿Todo bien?"
"Mejor que nunca," respondí, sintiendo un peso enorme levantarse de mis hombros.
Laura, en su furia, había hecho una profecía. Dijo que volvería arrastrándome. Y yo estaba ansioso por demostrarle cuán equivocada estaba. Me acerqué a Sofía, mi esposa, y le ofrecí mi brazo.
"¿Me concede esta pieza, señora de...?" me detuve, dándome cuenta de que ni siquiera sabía su apellido completo.
Sofía se rió a carcajadas, una risa genuina y contagiosa que resonó en medio de la música cursi del DJ.
"García," dijo, tomando mi brazo. "Y más te vale que no se te olvide, esposo."
Mientras la guiaba a la pista de baile, pensé en la predicción de Laura. Quizás tenía razón en una cosa. No sabía lo que estaba haciendo. Pero por primera vez en mucho tiempo, se sentía como lo correcto.
---





