Una Mentira Por Celos

Era el Día del Padre, un domingo soleado que se sentía tibio y familiar. Para celebrarlo, subí una foto a mis redes sociales, una de esas fotos casuales y llenas de cariño. En ella, mi papá y yo estábamos en la sala de nuestra casa, riendo a carcajadas por alguna tontería que seguro él había dicho. Le escribí un mensaje simple, directo, que salía del corazón: "Gracias por todo, pá. Eres el mejor del mundo. Te amo". No pensé más en ello, era un gesto natural, algo que sentía y quería compartir.

Pasé el resto del día con mi familia, comimos pastel y recordamos viejas anécdotas. Al volver por la noche al departamento que compartía cerca de la universidad, me sentía contenta y en paz.

Mi compañera de cuarto, Valentina, estaba sentada en el sofá de la pequeña sala común, con la pantalla de su celular iluminando su cara. Ni siquiera levantó la vista cuando entré.

"Hola", dije, dejando mi bolsa en una silla.

Ella solo emitió un gruñido. Ya me había acostumbrado a su mal humor, a su envidia silenciosa que a veces se escapaba en comentarios ácidos. Valentina siempre se quejaba de su familia, especialmente de su padre, un hombre que, según ella, solo sabía trabajar y nunca le daba lo que "merecía". Yo sabía que mi relación cercana con mi papá le molestaba, pero nunca imaginé hasta qué punto.

Entré a mi cuarto para ponerme pijama y, como de costumbre, abrí mis redes para ver las notificaciones. El corazón se me detuvo.

Mi publicación del Día del Padre estaba ahí, pero debajo de ella, en los comentarios y en publicaciones compartidas, había algo nuevo, algo horrible. Era una foto mía, una que Valentina me había tomado a traición hacía unas semanas. Estaba en nuestro dormitorio, recién levantada, en una pijama corta y con el pelo revuelto. La foto en sí no era el problema, el problema era el texto que la acompañaba, escrito por una cuenta anónima que no reconocí.

"Miren a la 'niña de papá'. Así es como le agradece a su 'papi' por todo lo que le da. ¿No se ve muy cómoda? ¿Cuántos 'favores' le costó esa colegiatura? #SugarBaby #DaddysGirl".

Sentí un frío helado recorrerme la espalda. Las manos me empezaron a temblar. Debajo, los comentarios eran una cloaca de insultos, insinuaciones asquerosas y burlas. Mi foto, mi privacidad, mi relación con mi padre, todo manchado por una malicia que no podía comprender.

Salí de mi cuarto como un resorte, con el teléfono en la mano. Valentina seguía en el sofá, fingiendo indiferencia.

"¿Qué es esto, Valentina?".

Mi voz sonó extraña, más aguda de lo normal.

Ella finalmente levantó la vista, con una sonrisita torcida.

"¿De qué hablas?".

Le puse el teléfono frente a la cara.

"Esta foto. Tú la tomaste. Esta cuenta falsa... ¿fuiste tú?".

Valentina se encogió de hombros, su expresión era de un cinismo puro.

"Ay, Sofía, no seas tan dramática. Es solo una broma. Además, ¿quién te manda a andar publicando tus cursilerías? Das asco, ¿sabes? Siempre tan perfecta, tan feliz con tu papi. Algunos no tenemos esa suerte".

La rabia me subió por la garganta, ahogándome.

"¿Una broma? ¡Valentina, esto es asqueroso! ¡Estás insinuando que yo... con mi propio padre! ¿Estás enferma?".

Ella se levantó de un salto, su cara se contrajo en una máscara de odio.

"¡La enferma eres tú! ¡Creída! Crees que todo el mundo te adora, ¿verdad? Pues no. Me das lástima. Eres una niña mimada que no sabe nada de la vida. A ver si con esto aprendes a ser un poco más humilde".

Me quedé sin palabras, paralizada por la magnitud de su resentimiento. No había arrepentimiento en sus ojos, solo un placer retorcido. No podía seguir discutiendo con ella, era como hablarle a una pared.

Entré a mi cuarto y cerré la puerta con seguro. Mi primer instinto fue llamar a la policía. Marqué el número de emergencias con dedos temblorosos y expliqué la situación. Me dijeron que enviarían una patrulla.

Media hora después, dos oficiales tocaron a la puerta del departamento. Valentina les abrió con una cara de víctima ensayada, diciendo que yo la estaba acosando. Cuando les mostré la publicación, uno de los oficiales suspiró con cansancio.

"Señorita, esto es un problema de internet. Es muy difícil rastrear estas cuentas falsas", dijo uno de ellos.

"Pero ella admitió que fue una broma suya", insistí, señalando a Valentina.

"Yo no admití nada", mintió ella con descaro. "Le dije que no fuera dramática. Ella está obsesionada conmigo".

Los policías hablaron con ella en voz baja por un momento. Luego, se volvieron hacia mí.

"Mire, le pedimos que borrara la publicación y ella accedió. Ya no hay nada más que podamos hacer. Traten de llevarse bien, son compañeras de cuarto".

Valentina, con una sonrisa triunfante, borró la publicación frente a ellos. Su actitud era de total sumisión y arrepentimiento falso. En cuanto los policías se fueron, su máscara cayó.

"¿Ves? Nadie te cree, pendeja", me susurró al pasar junto a la puerta de mi cuarto.

Esa noche no pude dormir. Me sentía sucia, humillada y, sobre todo, impotente. Pero mientras miraba el techo en la oscuridad, la impotencia empezó a transformarse en otra cosa: una determinación fría y dura. Ella creía que había ganado, pero esto no se iba a quedar así.

Al día siguiente, justo cuando pensaba que lo peor había pasado, Valentina redobló su ataque. La cuenta anónima volvió a publicar la misma foto, pero esta vez con un mensaje aún más provocador.

"La princesita llamó a la policía porque no le gustó que la exhibieran. ¿Qué escondes, Sofía? La verdad siempre sale a la luz".

Mi corazón se aceleró, pero esta vez no con pánico, sino con una ira helada. Tomé una captura de pantalla. Y otra. Y otra más de los nuevos comentarios. Ella era arrogante. Creía que era intocable. Y esa arrogancia iba a ser su perdición.

No iba a enfrentarla de nuevo, no iba a darle esa satisfacción. En lugar de eso, busqué en mis contactos el número de mi prima, Camila. Camila era tres años mayor que yo y acababa de graduarse de la carrera de Derecho. Era la persona más inteligente y decidida que conocía.

Le marqué.

"¿Sofía? ¿Qué pasa? Suenas rara".

Le conté todo, mi voz se quebraba a ratos por la rabia y la humillación. Camila me escuchó en silencio, sin interrumpirme.

Cuando terminé, hubo una pausa.

"Esa hija de puta", dijo Camila con una frialdad que me tranquilizó al instante. "No te preocupes, primita. Vamos a destruirla. Guarda todas las capturas de pantalla. No borres nada. No hables más con ella. Yo me encargo a partir de ahora".

Colgué el teléfono sintiendo, por primera vez desde que todo empezó, un destello de esperanza. Valentina había iniciado una guerra, y yo, con la ayuda de mi prima, iba a terminarla.

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