A veces es menos peligroso cruzártelo por la esquina,
Es menos peligroso que soñarlo,
Que desear pasar tus manos por su cuerpo y ver su reacción.
La revista A todo color le había dado la oportunidad a ser libre, a poder capturar la belleza del mundo entero sin que nada la detuviera, había luchado mucho por esa oportunidad, y desde hace un año, su vida se había acomodado de una manera que solo la hacía sonreír. Su familia estaba feliz de sus logros e incluso cuando pensaban que sería de las primeras en salir embarazada o le tenían poca fe, pero desde el momento que decidió dejar Perú, supo que era la mejor decisión que había tomado, aunque eso iba acompañado con el dolor de dejar sus raíces.
Cada mes la revista lanzaba algo especial, y el año pasado se había encargado de una de las sesiones, ahora estaba participando para tomar el mes de septiembre, y aunque no sabía que mostraría, el lanzarse a esa aventura era lo que más le complacía. Tenía cámara en mano y su pasaporte vigente para viajar y que ese mes fuera suyo, que su nombre este ahí, mostrándole al mundo lo buena que era.
Capturó la última foto y sonrió al ver a la modelo rodar los ojos, habían estado ahí por horas, pero valía la pena, debía saberlo.
—Ven a verlas, Kendra —conectó su cámara a la laptop, la modelo pomposa con ojos de gato se acercó, Caro empezó a pasar cada foto y sonrió cuando la mujer lanzó un chillido diciendo que las fotos estaban espectaculares.
A las dos de la tarde dejó el estudio con una sonrisa, dejó caer los lentes oscuros en el puente de su nariz y se subió a la moto, dejó que la voz de Danna Paola sonara en los pequeños auriculares, manejó hasta su casa pero se desvió hacia el salón de él, ahí donde se tatuaría.
Bajó y se arregló el cabello, dejó unas mechas sueltas, tomó el casco y avanzó hacia el estudio, lo vio en la computadora, serio y moviendo los labios como si estuviera hablando solo, luego se fijó que escondido en una esquina estaba el antiguo gusto de su mejor amiga con otro tipo.
Renzo no era atractivo como lo era Nicolás o Baptisto, de hecho no era ni siquiera tan alto, unos centímetros más que Caro. Pero algo tenía que le empezaba a gustar o mejor dicho, él no le disgustaba.
Él elevó la mirada y ella quedó atrapada entre aquellos ojos oscuros, alzó las comisuras de sus labios pero no sonrió, así que ella avanzó y Renzo se puso de pie. La playera sin mangas le quedaba espectacular, podía ver los tatuajes que cubrían desde sus hombros hasta sus manos, los tatuajes en sus piernas y uno en la espalda que le daba curiosidad. Su cabello estaba rapado de a los costados y en el centro escaso cabello, una perforación en la nariz que le quedaba muy bien.
El tipo con apariencia de malo, pero estaba segura que él lo era.
—Hola, ayer te escribí —aclaró su voz y se acercó lo suficiente para inhalar su aroma, para ver tres cicatrices en su brazo derecho, como si lo hubieran cortado. Olía bien, se veía bien—. Quiero tatuarme estás lunas.
Sacó el celular y Renzo se acercó aún más, ella apretó los labios sintiéndose incomoda, pequeña y no lo entendió.
—Ah, la valiente —dijo sin dejar de ver las lunas—. Creo que tres sesiones está bien, media hora una inyección para que el dolor no te mate y empezamos.
— ¿Y por qué no en dos sesiones? —Renzo miró hacia el tipo que estaba recostado escribiendo en la laptop, el tipo que parecía más un secretario ahí.
— ¿Segura? —se giró y ella no estaba lista para ver sus ojos oscuros mirarla, Caro sin saber porque, miró sus labios rojos oscuros, llenos y la barba espesa. Resopló sintiéndose más inquieta, dio un paso hacia atrás, cohibida y él parecía notarlo, porque sonrió.
—Si no lo estuviera, no te lo estuviera diciendo —volvió a sonreí de manera burlona, Caro fijó su mirada en el celular cuando el nombre de Baptisto iluminó. Se alejó contestando la llamada, pero sintiendo los ojos del tatuador en su espalda, recorriéndola e incluso besando cada parte de ella.
¿Qué diablos sucedía con ella? No era su tipo, no lo era.
— ¿Dónde estás? Hay una cena en la pizzería, estaba pensando en perdernos después de eso —lo escuchó reír, no a Baptisto, sino a Renzo y se giró viéndolo. Había puesto Rock pesado, el volumen era moderado, pero ahora conocía un gusto más de aquel tipo que no le disgustaba.
Renzo le devolvió la mirada, pero no vio nada, solo oscuridad.
—Ahí estaré.
Cortó y Renzo alzó una ceja esperando que ella hablara.
—Podemos empezar cuando tú lo digas, Renzo.
Después de media hora, de revisar todas las redes sociales y verlo trabajar desde su asiento, estaba inquieta. Nunca la miró, de hecho la joven que no pasaba los veinte años le sonreía, y hablaba, pero Renzo solo respondía monosílabos. Estaba tan atento a terminar el trabajo, que al finalizar, se puso de pie, acercándose demasiado a la mocosa y viendo que faltaba.
Siseo bajito, y él por fin la miró, fueron segundos pero solo eso bastó para que ella se cohibiera más.
Cuando llegó la hora de que empezara, agradeció de no llevar sujetador, dejó su cartera en el sillón junto con el casco, se desabrochó la camisa y lo vio acomodar las cosas en la mesa de cristal, la ignoró, incluso cuando ella estaba desnudándose.
Caro se quitó la camisa y cubrió sus pechos, avanzó y rápidamente le lanzó una mirada, pero no había morbo. Le dijo como sentarse, y luego quedó recostada, sintiendo la frialdad del líquido en su piel y luego su mano, rozando, tan suave que dio un respingo.
—Tranquila, no dolerá.
Otra vez fue irónico. Mordió el labio con fuerza cuando volvió a tocar su piel, aunque fuera con guantes, negó como una idiota, todo lo estaba imaginando.
Se fijó en la botella de whisky y la copa a su lado, supo que era su bebida favorita, no era la primera vez que la veía. Volvió a cerrar los ojos cuando sintió la aguja en su piel, gimió y escuchó su ronca voz, eso la tranquilizaba, tatuarse lo hacía, pero esta vez era una mezcla entre la sensación de la aguja y los toques de Renzo.
No supo cuánto tiempo estuvo ahí, incluso llegó un punto donde ya sintió dolor, deseó que acabara cuando Renzo dio una suave caricia diciendo que por hoy ya había terminado, se replantó si lo mejor sería dos sesiones más.
—Por hoy es suficiente, ahora solo debes aplicarte la crema y cuidarlo —explicó alejando sus manos de la espalda de la joven—. ¿Tienes quién te aplique la crema?
—Me las ingeniare muy bien —le contestó poniéndose de pie, sostuvo la camiseta en sus pechos y él no la dejó de mirar, Renzo observó algunos tatuajes en su piel, en aquella de porcelana.
—Entonces en dos semanas nos vemos, Caro.
—Cuenta con ello.
—Diego te hará la factura y algunas recomendaciones, puedes cambiarte sin problemas —se quitó los guantes y todo echó a la basura, se colocó el gorro y tomó la chaqueta de cuero del mueble y salió. Se quedó ahí, viéndolo hablar con Diego, lo vio colocarse los lentes con lentitud, sacar un cigarrillo y colocarlo en su boca, para después salir de ahí sin mirarla.





