Una CEO Despiadada

Elías Becker, estaba acostado sobre el ámplio lecho, suspirando de satisfacción mientras acariciaba la larga y espesa cabellera de su amante. Ella, completamente satisfecha disfrutaba de los deliciosos momentos de silencio que seguían al pasional encuentro, y no solo su cuerpo gritaba de satisfacción.

Su corazón gritaba de amor

—Elías...

—Dime Annabella, sigo despierto.

—Llevámos mucho tiempo saliendo juntos— Elías quiso maldecir, sabía lo que continuaba, qué desesperación el hecho de que las personas enamoradas no puedan guardar silencio después del sexo— disfrutamos de la mutua compañía y el placer que hallamos en el otro...quisiera conocer a tu hermana, poder asistir a los eventos yendo de tu mano, que me acompañes en mis conciertos y...

—Suelo estar en muchos de tus conciertos, bien sabes que disfruto de escucharte cantar Annabella y que siempre has tenido y tendrás mi apoyo— ella suspiró con gesto de estar agotada.

—Pienso que...nunca seremos más que ésto...un hombre y una mujer que obtienen placer.

—¿Por qué cambiar lo que somos?, Es lo que somos, y así estamos bien—aseguró él mirándola con gesto entristecido, apreciaba mucho a Annabella pero jamás podría darle lo que ella deseaba.

—Habla por ti— dijo voz triste mientras se alejaba de él y quedaba sobre su espalda— me gusta estar contigo...

—Yo también disfruto de tu compañía Annabella, te ruego que no comiences con insistencias absurdas, pensé que las reglas estaban claras, no pienso comprometerme en muchísimo tiempo y es una pena si no puedes comprender eso.

—Pero...

—Ahora me daré una ducha y me iré a visitar a mi hermana.

Elías Becker, un poderoso alemán, alto, rubio, de apariencia muy fuerte e intimidadora, que disfrutaba de muchas horas en el gimnasio, amante del buen sexo, libre de relaciones o compromisos emocionales, le encantaba disfrutar junto a Annabella, una hermosa y exuberante italiana dedicada al mundo del canto y el espectáculo, y así, como ella, había tenido muchas amantes, todas hermosas, todas pasionales, todas ardientes, pero en cuánto querían cambiar la relación e intentar que dejara de ser algo pasional para convertirlo en algo romántico, sabía que debía tomar distancia, odiaba complicarse la vida incluyendo sentimientos y emociones, y no, no se refería a él, sino a las hermosas mujeres cargadas de hormonas que querían enlazarlo con el sagrado vinculo del matrimonio.

No, aún no estaba listo para eso, aún le quedaba mucha vida por disfrutar.

Elisa Becker, estaba en la mesa acompañada de su hermano mayor.

—Es una alegría que decidieras acompañarme a almorzar.

—También me alegra, sabes que te adoro— le dedicó una hermosa sonrisa, mientras bebía de su copa de vino.

— Lo disimulas bastante bien, si no me dices que me adoras, jamás lo hubiese imaginado— lo miró acusadoramente— sueles abandonarme demasiado tiempo Elías Becker, sabes que eres lo único que tengo y me toca hacer malabares para verte, ni siquiera estando en Alemania eres fácil de localizar y por si fuese poco, el ochenta y cinco por ciento de tu vida, vives fuera del país.

—Eres una hermosa exagerada— dijo riendo.

—Sabes que digo la verdad, casi nunca te veo— sus ojos se llenaron de lágrimas— soy tu hermana, necesito de ti, necesito verte, abrazarte, estar contigo.

—Eres una hermana demasiado posesiva— le dedicó una tierna sonrisa—sé que suelo desaparecer mucho pero, sabes que siempre estoy metido en negocios. Te adoro, te amo, lo sabes, nunca, no siquiera en mil años, debes tener dudas de eso.

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Alondra, abrió los ojos lentamente, sus parpados estaban muy pesados, sentía una punzada en la cabeza, se sentía muy mal, así que volvió a cerrarlos.

—Hermana, hermanita...¿Me oyes?—Henrry se escuchaba muy triste y ella supo que estaba llorando.

—Hija, por amor de Dios reacciona beba, ¡hija!— sollozó desesperadamente su madre— al oír tal desespero nuevamente abrió los ojos lentamente, haciendo uso de todo su valor para evitar todo el dolor que sentía en su cuerpo.

—Mamá — susurró—Henrry...

—Hija— le besó la mejilla y la abrazó fuertemente.

—Nena, ¿te sientes bien?

—Me...me duele mucho la cabeza.

—Te golpeaste muy fuerte.

—¿Estoy en el hospital?— preguntó sintiendose un poco aturdida.

—Si, cariño— le dijo acariciándole la mejilla.

—¿Cuánto...cuanto tiempo llevo aquí?, siento que he dormido una eternidad.

—Es porque has estado dos meses en cama, estabas en coma, cariño. Los médicos hasta han llegado a pensar en desconectarte.

—¡Dos meses!— casi gritó y se llevó las manos a la cabeza, volteó un poco y se encontró con que dos pares de ojos la miraban— Megan... Paul, mi amor.

Estos se miraron y luego se volvieron hacia ella.

—¿Cómo te sientes?— preguntó Paul acercándose a ella y dedicándole una sonrisa.

—No lo sé— miró fijo a los ojos de su prometido y recuerdos atenazaron su mente, la realidad pasó ante ella como una vieja cinta, de una película muy antigua.

—¿Qué sucede?— preguntó él cuando lágrimas resbalaron por las femeninas mejillas.

—¿Pens... pensaste que no recordaría nada?, ¿Qué olvidaría lo que me has hecho? Paul, vete, vete y no vuelvas jamás, no quiero volver a verte. ¡Váyanse, váyanse!

—Pero Alondra— su hermano la vio con ojos enormes y ceño fruncido.

—¡Henrry, haz que se vayan, por amor a Dios, que se vayan, que se vayan, fuera, fuera!— comenzó a dar gritos de histeria mientras movía el rostro de un lado a otro desesperada y las lágrimas abundaban—¡Que se vayan, que se vayan!— Megan sollozó, fue lo último que recordó Alondra antes de sufrir un desmayo y caer nuevamente en una oscura y profunda oscuridad.

***************************************

—¡Alondra, cariño!—su madre llamó a la puerta de la habitación, ya tenía dos meses de haber salido de la clinica y sin embargo, se negaba a abandonar su habitación, sentía que la depresion la estaba consumiendo de a poco— Alondra, hija ¿puedo pasar?

—Adelante, mamá—se quejó con la cabeza debajo de las almohadas, su madre entró con una bandeja que contenía el desayuno.

—Alondra, mírame— ella obedeció saliendo de su escondite.

—¿Qué sucede, madre?— gruñó de mala manera.

—Es lo que yo pregunto—suspiró—¿Qué sucede, Alondra?, llevas dos meses sin salir de tu habitación, haz abandonado el trabajo...

—Ambas sabemos que no necesito trabajar, hay personas que se ocupan de hacerlo por mi—gruñó y se odió por usar las mismas palabras de Paul.

—Antes te agradaba— dijo su madre triste.

—He cambiado de parecer— respondió alzándose de hombros.

—No puedes seguir así, la última vez que te encerraste fue.. fue cuando tu padre murió— ya su madre no soportó más y lágrimas brotaron de sus ojos, se sentía muy mal, solo dos veces antes de aquella se había encontrado así, la primera con u intento de abuso, la segunda, cuando perdió a su padre, y en ambas, Megan había estado allí para apoyarla. Ahora no, ahora estaba sola.

—Solo estoy deprimida, no debes sentirte mal por mí, madre, esto que siento no será eterno.

—¿Por qué no has dicho como ocurrió el accidente?, no has parado de llorar, ¿Qué sucedió, nena?, haz terminado con Paul, sin embargo él viene diariamente para intentar hablarte, y para saber cómo sigues y tú te niegas a verlo, lo mismo con Megan—ella hizo un gesto—no quieres ver a nadie, estoy preocupada por ti.

—Basta madre, no quiero hablar— saltó de la cama y se dirigió al cuarto de baño— tomaré una ducha.

Mientras el agua tibia de la ducha resbalaba por su cabello revivía las imágenes del día en que descubrió la traición de su prometido y con su mejor amiga, las imágenes que tanto daño le hacían, que desgarraban su alma y llenaba su alma de dolor, sin emabrgo, eran las mismas imágenes que no podía sacar de su cabeza.

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