Una Asistente Para El Millonario

- Me tomé el atrevimiento de llamarte y solicitar tu ayuda, Ada, porque necesito qué acompañes a Mónica, ahora que llegó de viaje, Y está sola en esta ciudad tan grande, con tu presencia.

La explicación me dejó más confusa de lo que ya estaba. El estaba eligiéndome, para que yo fuera la acompañante de su tía. ¿Creía que era un perrito de millonarios qué se dedicaba a hacerle compañía a sus dueños? Porque si era así, estaba entendiendo perfectamente. Pero él estaba muy equivocado si creía que yo iba a hacer eso.

- ¿Y por qué yo? - no podía echarme tal responsabilidad encima cuando tenía más trabajo del que quería. No podía darme el lujo de pasear con la tía de mi jefe por las tiendas más caras y cargar sus bolsas, mientras el trabajo en la oficina se caía a pedazos, y al llegar toda la culpa sería echada sobre mis hombros- ¿No hay alguien más que lo haga? - quizá soné molesta y no fue la mejor forma de decirlo, pero tenía que expresar lo que estaba sintiendo y pensando en ese momento.

- Te pagaré para que lo hagas. - Eduardo pronunció sin mas dándole fin al asunto. Dejando en claro que no sería un trabajo de voluntariado. U obligación...

No tuve de otra que callarme, porque él sabía perfectamente que necesitaba ese dinero. Pude escucharlo en ese tono de voz cuándo también dijo que las horas extras que esté de noche, también serán pagadas. Supo por dónde llegarme. Supo que necesitaba este trabajo. Y aunque fuera difícil debía hacerlo.

Recorrimos parte de la ciudad llegando hasta una tienda de ropa. Todos nos bajamos del auto y seguí a ambos hasta adentro. Dónde de inmediato una mujer nos atendió, vestida con un uniforme negro, el cual llevaba su nombre en la esquina superior de su camisa.

- ¿En qué les puedo ayudar? - ronroneó insinuando una sonrisa bastante falsa a la vista. Mirando a Eduardo sin parpadear. Estaba flechada.

El la miró con fastidio y pasó de largo a contestar una llamada poniendo el celular en su oído. Mónica, en cambio, no tardó en reparar en la chica, indicándole lo que necesitaba. Llevándonos a una sección de lencería, dónde sostuvo un par de conjuntos en sus manos tanteando la tela de gabardina suave entre sus dedos añejados. Un poco diferentes a la piel de su rostro.

- Me gustaría llevarme un par de estos en distintos colores. Unos cuatro colores... Y también, quisiera algo exótico para ella. - me señaló con entusiasmo caminando hacia otras vitrinas, con la chica siguiéndola detrás sin repararme.

¿Ella me había ignorado?

- Señorita Ada. - Eduardo dijo mi nombre cerca de mi cuello. Sentí que algo floreció en mi pecho y desapareció. Un calor extraño se apoderó de mis labios y los sentí secos de inmediato. Nublando mis pensamientos y desbaratando mi cuerpo.

No entendía porque mi cuerpo estaba reaccionando de tal forma frente a el. Ahora que lo tenía tan cerca, era muy distinto a como lo veía en la empresa. Era extrañamente agradable sentir su cercanía. Era inexplicable.

- Quiero invitarla a cenar con nosotros. ¿Le molesta? - preguntó llegando al frente de mi cuerpo. A casi medio metro de distancia con las manos en los bolsillos. - Comerá lo que desee, y así puede hablar mas con Mónica. Para que se sientan en confianza. Ella es una mujer de mucho hablar y seguro le agradara la idea.

Se mantuvo firme, remarcando sus cualidades físicas e impregnando el lugar con ese perfume suave y dulce. Estaba hipnotizada con la forma en que me veía con tanto escudrimiento como si buscara algo dentro de mis ojos. Una respuesta a no se que.

Me estaba invitando a cenar... ¿Habría algo de malo si acepto? Esto era extraño. Pero no podía negar, lo mucho que me gustaba ser invitada y tomada en cuenta, y aun mas si era por el. Me agradaba la idea de que no era un fantasma aun estando frente a el, como muchos millonarios hacían frente a sus empleadas. Siempre creía que nada más veía los papeles que le entregaba a diario en la oficina. Y nada más. Olvidándose de mi presencia. Tratándome como otra mas del montón simplemente por trabajar para el.

- ¿No sería un abuso de mi parte aceptarlo? - pregunté con una pequeña sonrisa que no tocó mis labios. Mirando fijamente esos ojos azules tan cristales como él mar. Que no tardaron en devolverme la mirada.

Estaba nerviosa.

- Me ofendería solo si usted rechazará mi propuesta. - respondió acercándose un poco más intimidándome con eso ojos perfectamente alineados con los míos. Viendo como la chaqueta de su traje subía y bajaba con cada respiración.

- Me encantaría ir a cenar con ustedes está noche, entonces. - pronuncié aceptando.

¿Qué es lo peor que podría pasar?

...

La cena transcurrió bastante animada entre charlas triviales de trabajo y comentarios sobre algunos negocios. Aunque a Mónica, la tía de Eduardo; no le parecía tan genial hablar sobre eso durante la comida. Y no dudó en hacer notar su molestia cada que podía refunfuñando como una pequeña niña frente a todos. Era muy gracioso ver cómo reprendía a su sobrino delante de mi, casi halándole las orejas para que parar de charlar sobre el trabajo y los montones de negocios que planeaba hacer. A ella no le agradaba el tema, y menos sobre la mesa.

Mónica era una mujer bastante buena para charlar, y hacer sentir cómodo a cualquiera siempre que se lo propusiera. Ella era transparente.

Mis mejillas enrojecieron de vergüenza cuando antes de salir de la tienda de ropa, me hizo elegir varios conjuntos de ropa íntima. Y si, Eduardo presenció todo el asunto. Volviendo peor la situación. De esto se iba a tratar las tardes de compañía que ella me pidiera, entre compras y comidas el tiempo iba a correr para nosotras. La segunda vez, traté a toda costa de negar el ofrecimiento pero ella no paró de obligarme a elegir varios conjuntos. Dijo que era parte de un agradecimiento por la compañía que recibiría de mi parte. No aceptaba un no como respuesta y dijo con énfasis que, negarse podría ser hasta una falta de respeto.

Muy parecida a su sobrino. Ya entendía de dónde sacaba dichas palabras que me había expresado cuando me invitó a comer. Algo muy usual de su parte.

La comida estuvo deliciosa. Y mucho más acompañada de buena música. No era un lugar mega costoso. Era más como algo sencillo y acogedor. Así lo había elegido Eduardo, mi jefe... Quien propuso venir aquí, ya que, estaba enamorado de la pasta que preparaban en este lugar. Y vaya que si lo estaba, disfrutando nuevamente de un plato de pasta con vegetales. ¿Qué tanta podía ser su obsesión con este lugar?

- ¿Has viajado a New York, Ada?

- No señora Mónica, aun no lo he hecho pero esta en mis planes. Ansió conocer tal ciudad algún día que pueda. - respondí con sutileza mientras ella asentía en mi dirección.

- Si, es una ciudad muy bonita. A mi también me encantaría ir, tampoco la he conocido. Y ¿Vives con tus padres?

- No, vivo sola en un departamento un poco cerca de aquí. Ellos residen en un pueblo llamado Toshbill, a cuatro horas de aquí. ¿Por que? - conteste algo confundida por su interés repentino por saber tal cosa.

- Oh. No. Es solo que yo estoy... curioseando, ya sabes como somos las señoras. Nos encanta curiosear. Toshbill es un lugar hermoso, tengo un par de amigos allí. Hace mucho que no los veo. Estudiamos juntos la universidad y después no supe nada mas de ellos. Algún día iré a visitarlos. - comento con la voz baja. Mas para si misma, que para con nosotros.

Observe a Eduardo. Quien se mantenía callado mirando hacia la ventana. Donde muchas luces adornaban los faros, iluminando la calle con sus bombillas de colores rojizos y blancos. Era como un arcoíris o quizá una feria de colores. Me encantaba como se veía. Era un carnaval de tonos atractivos. Como el. Como Eduardo.

Giro su rostro encontrándose con mis ojos. No pude voltear. Y le sostuve la mirada durante unos eternos segundos, contemplando lo maravilloso del momento con esa canción de Sin bandera, sonando. Sonaba casi romántico. Pero yo solo estaba soñando despierta.

Bah...

-¿Le gusto la comida, Ada?-pregunto inclinando una parte de su cuerpo hacia mi.

Quedaban pocas personas en el lugar. Y los camareros caminaban de lado a lado acomodando varias cosas que no era capaz de mirar. Mientras que Mónica, se pintaba los labios en un espejo que llevaba en su mano. Ese que saco de la cartera sin ningún sentimiento de vergüenza y comenzó a arreglarse frente a todos.

- Si, sobre todo el pan de la hamburguesa, ¿Noto que estaba muy suave? Casi creí que usted no comería algo como hamburguesas o comida chatarra. - confesé arrugando las cejas y los labios. Me dio cierta risa cuando el giro la cabeza hacia un lado confuso por mis palabras.

- Me gustan las hamburguesas. Y ¿De verdad de toda la hamburguesa solo pudo notar lo suave del pan? Habían muchas cosas aparte de eso, como la salsa, o la carne, hasta la lechuga podría comentarse. ¿Pero el pan? Usted si que se toma los detalles muy enserio señorita Ada. Me sorprende lo buena que es.

- Usted esta hablando de lo detallista y perfeccionista que soy, ¿Cuándo usted hace lo mismo? Wow. Si que es cinismo. Acuérdese que esta mañana, en su oficina, cuando solicito mi presencia, no dudo en ver la pequeñísima mancha que había en mi camisa, esa misma que llevo puesta ahora. - le dije sin rodeos.

Las comisuras de su boca se alzaron, lo suficiente como para decir que una sonrisa se asomaba a través de ese par de labios bien definidos. Le parecía graciosa. ¿Eso era bueno? Se veía extremadamente bien sonriendo, y algo en mi pecho se calentó cuando soltó una risa ronca, revolucionando mi ser.

- Se ha dado cuenta. - respondió sujetando su barbilla con una de las palmas de su mano. Haciendo un gesto relajado.

Una pareja de enamorados entraron al restaurante, haciendo ruido en la campanilla de la entrada. Llamaron la atención de Mónica, ya que ella se levanto de su silla caminando hacia ellos con total confianza.

- He notado un par de cosas, en estos dos años que tengo siendo su asistente de trabajo - solté.

- ¿Ah, si? -respondió mordiendo parte de su mejilla, haciendo un mohín con sus labios. Era cómico verlo. Era como un niño chiquito encerrado en el cuerpo de un adulto.

A Eduardo le agradaba todo, menos estar encerrado en un lugar así por mucho tiempo. Hasta odiaba las reuniones de trabajo. Cuando las hacia en la empresa, lo único que su cuerpo gritaba era que lo sacasen de allí lo antes posible. No entendía como ayudarle, no lo sabia. Y era frustrante.

- Como por ejemplo, la pasta que suele almorzar todos los días desde hace mas de dos meses. ¿Qué lo esta empujando a hacer tal cosa? - pregunte atrevidamente con miedo de que se quedara callado y no respondiera la pregunta.

Entendería sino lo hiciera. Roza lo personal. Preguntarle sobre su forma de comer ya es mas que personal. Su rechazo seria totalmente comprendido.

- Si lo has notado -arrugo el gesto incorporándose bien en la silla. Acomodando las solapas de su traje. - Se trata de una dieta. Para aumentar la masa muscular de mi cuerpo.

- Pero si ya tiene mucha...- pensé en voz alta. Me tape la boca de inmediato con una mano, y el reparo sobre la mueca.

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