Estaba harta de mi vida, de las deudas que tragaban a mi familia por doquier. Miré los sobres desperdigados que notificaron todas y cada una de las cuentas por pagar que teníamos pendientes, unas que parecían ser interminables, lo que me tenía al borde del colapso.
«Me sumergiré en el Mississippi con cuatro bloques que me hundan hasta el fondo si veo otro sobre» pensé con ironía.
Me consideraba una mujer fuerte, centrada, educada, pero tras perder la beca porque mi historial crediticio y el de mi madre estaban arruinados, empecé a ver todo con cierta oscuridad, cierta amargura que no podía asimilar. Una que poco a poco iba redirigida el hombre que apestaba a alcohol y roncaba a pierna suelta en nuestro jardín, aplastando las pequeñas flores silvestres que mamá cuidada como si fueran su vida.
No lo tragaba.
Mi madre siempre daba gracias porque a pesar de todo podía tener un plato en la mesa, pero eso cada día se volvía más difícil. Me llevó a considerar muchas cosas estúpidas. Lastimosamente, no me quedaba tiempo ni de respirar por los dos trabajos en los que me partía la espalda para ayudarnos. Recogí todos los sobres, y dejé el origen de nuestros problemas en su estado de miseria.
No tenía tiempo ni ganas de lidiar con ello.
Dejé todo en la mesa, pasé doble seguro y me aseguré de que todo estuviese cerrado para que el borracho de mi progenitor no entrase a robar. Debía esperar por mí o por mamá para hacer lo que siempre hacía: rogar, pedir y largarse. Teníamos un ciclo vicioso, uno horrible. Por ello, me metí en el auto, y al encenderlo, el ruido lo hizo moverse, más no levantarse, lo que me dio un pequeño suspiro y salí de casa sin problemas.
Vivía en una de las zonas más marginadas de la ciudad, por no decir la más: el distrito nuevo. Fue uno de los sitios que Katrina golpeó con toda la fuerza de su ira, dejó a una comunidad sumergida en las aguas, sin nada de sus pertenecías y con una estela de muertos a su paso, entre ellos mi hermano mayor, un chico que estaba a nada de graduarse de preparatoria, unirse a los marines y desarrollar con ellos su complejo de héroe.
Bueno, eso no salió nada bien.
Mientras mi padre y mi madre me sacaron para evitar el desastre, él se perdió para intentar sacar a la mayor cantidad de gente atorada posible. Todo fue bien hasta que por las ráfagas de viento, un poste le cayó encima, le golpeó en la cabeza y la corriente violenta de las aguas lo arrastraron al punto del ahogo. Fue uno de los tantos que quedaron enganchados en algo, y por eso el agua no lo arrastró hacia el río.
Los rescatistas dijeron que tuvimos suerte de recuperar el cuerpo. Sin embargo, a la niña de seis años que vivió los hechos no le pareció eso. Nuestra suerte fue de mal en peor, quedamos de albergues en albergues en albergues hasta que se nos dio la oportunidad de volver a la zona, en una casa que no era lo que conocía como hogar, sin un hermano, y una crisis económica que, al desatarse, dejó a mi padre sin su maldita jubilación. En el año dos mil diez cuando tuvo un accidente laboral y lo dieron de baja médico, todo se terminó de ir al diablo.
Ahí, a la tierna edad de once años, descubrí cómo se veía la depresión.
Lo único valioso era que tenía una madre que sacó agallas para lidiar con una niña que entró en la adolescencia y un hombre discapacitado que al que se le habían apagado las ilusiones. La mujer merecía una maldita estatua por ser la mejor madre y esposa que el bastardo y yo pudimos tener.
Por ella era que seguía lidiando con la ira por todos los malditos desastres que nos ocurrieron como una estampida. Sin embargo, jamás perdonaría a mi papá porque se dejó vencer, porque no nos eligió, porque no éramos una buena motivación. A la adolescente rebelde que había en mí no le gustaba eso, su egoísmo por encima de todo.
Con un suspiro intenté alejar mis pensamientos.
Necesitaba llegar a mi trabajo como limpiadora en un edificio de oficinas para luego ir a la maratónica jornada del bar. Fueron trabajos opuestos que pude en conseguir en tiempo récord cuando dejé la universidad y me despidieron de mi empleo como camarera. Era un poco jodido, pero no me podía quejar. Era dinero que nos daba para medio vivir, y que últimamente se iban en las cuentas médicas de mi madre.
Necesitábamos saber de una vez por todas qué era lo que tenía.
*****
Media hora después, conduje el auto viejo hacia el estacionamiento del edificio y me reporté con mi jefa, Graciela, una mujer latina de armas tomar, con un carácter un poco difícil, pero una empatía que muy pocos tenían. Me recibió de buen humor, y me asignó el área en la que trabajaría ese día: la tercera planta. Respiré profundo y agradecí, las oficinas que ahí funcionaban eran de las sencillas, solo funcionaban unos consultorios de psicólogos que no tenían muchas cosas por limpiar, lo que indicaba que tendría una buena jornada. Lo mejor del asunto, es que trabajaría con Jenna, mi mejor amiga.
Era igual de marginada que yo, pero a diferencia de mí, pudo terminar sus estudios y saldría en la próxima cohorte de la Universidad de Nueva Orleans. Me alegraba por ella. Así que, con tranquilidad, me puse el uniforme de trabajo, tomé todos los instrumentos de limpieza que necesitaba y subí al ascensor. No era un día de consulta, por lo que no me sorprendió verla bailar al ritmo de lo que sea que escuchaba en sus audífonos inalámbricos, muy probablemente, alguna canción de Jason Derulo.
Aquello me hizo sonreír.
Cuando me vio, bajó los audífonos y sacó su teléfono para poner la canción a sonar a través de este. Se meneó y me invitó a unirme a ella, por eso dejé de lado todo para menear las caderas bajo el sonido de Take you dance. Nos sincronizamos con facilidad y movernos al son de la coreografía que muchas veces intentamos replicar. Terminamos cantando a viva voz, y riendo como desquiciadas por la tontería.
Me gustaba que la belleza de piel oscura tuviese siempre una sonrisa perenne y que, a pesar de todo, su luz siempre brillase de esa forma tan especial. Envidiaba un poco su vibra, no era una mujer amargada, en realidad, me gustaba ser espontánea, solo que tenía una mala racha desde que dejé el último año escolar para avanzar con la licenciatura y adelantar lo necesario para la maestría. Perder ese ganar-ganar fue tan agrio que me había bajoneado por completo.
—¿Cómo va todo? —preguntó una vez que comenzamos a limpiar juntas.
—Bien, pero estoy preocupada por mamá, últimamente llega más cansada de lo normal, los dolores de cabeza se hacen más permanentes —expresé con sentimiento.
—Rose es fuerte, probablemente sea algo pasajero, por lo que sole necesite vitaminas y cosas así —explicó en un intento de alentarme.
Lo agradecí, pero no era tonta, algo le pasaba, algo que seguramente sería muy costoso. Demasiado para poderlo pagar y eso era lo que me tenía al borde del fondo del abismo.
—Ojalá y sea eso —respondí y seguí sacudiendo el polvo de los diplomas que estaban colgados en la pared.
—Sabes, creo que necesitas una salida divertida, un poco de ánimo y tal vez una cita. Alguien que te estremezca entera —dijo con descaro sacándome una sonrisa.
—Claro que sí…
No pude evitar el sarcasmo.
—Sabes que sí, necesitas pasión y una buena revolcada para que te alineé todos los chacras —apuntó sacándome una carcajada.
—Vamos, Jenna, las complicaciones de una relación no es lo que necesito ahora… Es algo para lo que no tengo tiempo, y mucho menos cabeza —admití con franqueza.
—No te estoy diciendo que te eches un novio, te estoy diciendo que te dejes coger, que para eso puedes sacar tiempo sin problemas, que con unas dos horas que te saques vas relajada, aunque lo ideal es que te ponga en todas las posiciones durante todo un fin de semana —dijo subiendo y bajando las cejas con sugerencia—. Deberías ir conmigo al nuevo local nocturno que abrirán, ahí deben abundar hombres sexys que no tendrán problemas con tener sexo de una noche y pasar la página.
Aunque mi amiga era un sol, la alegría de la huerta, no sentía ni ganas de tener sexo porque nunca había sentido las ganas de llegar hasta ese paso. Sí, había experimentado de todo, sabía dar mamadas, me habían comido el coño, a pesar de que no había sido la mejor experiencia, podía hacer el trabajo manual y hasta dejé que mi exnovio me colocara un collar de perlas y me acabara en la cara. No era una ignorante, solo que ese paso jamás había pasado porque los hombres con los que había tenido intimidad no me habían prendido.
Nunca le había explicado eso a ella, una vez me encontró encima de mi ex y solo asumió. Aunque a diferencia de mí, Jenna era abierta a contar sus proezas, yo solía ser completamente discreta. Me gustaba mantener ciertas cosas para mí, no todas las experiencias eran aptas para todo público.
No, gracias.





