Un trago amargo de verdad

Un par de horas después, una patrulla se detuvo frente a su humilde casa de bloques de cemento. Un oficial joven, con una expresión de incómoda compasión, le pidió que lo acompañara para la identificación formal del cuerpo.

El trayecto en la parte trasera del vehículo fue un borrón de luces y calles silenciosas.

En la morgue, el olor a desinfectante y a una tristeza antigua llenaba el aire.

Cuando el encargado corrió la sábana blanca, Armando sintió que sus rodillas cedían.

Era su Juanito.

Su rostro, usualmente lleno de vida y sonrisas, ahora estaba pálido y quieto. Tenía un rasguño en la mejilla y un pequeño corte en el labio. Parecía que estaba durmiendo, pero era un sueño del que nunca despertaría.

Armando extendió una mano temblorosa y tocó la frente fría de su hijo.

"Mi niño... mi campeón...", susurró, y entonces el dique se rompió.

Un sollozo desgarrador brotó de lo más profundo de su ser, un sonido animal de pura agonía. Se aferró a la plancha de metal, su cuerpo sacudido por espasmos incontrolables.

El oficial le puso una mano en el hombro, pero Armando no la sintió.

Estaba perdido en un océano de dolor.

Cuando finalmente pudo salir de allí, caminando como un autómata, el sol comenzaba a despuntar en el horizonte, tiñendo el cielo de colores naranjas y rosas.

Frente a la casa de la madre de Ricardo, a unas pocas cuadras de la suya, vio el desastre de la fiesta.

Había botellas vacías por todas partes, serpentinas en el suelo y un enorme arreglo de flores, de esas caras, con lirios y rosas blancas, que se estaba marchitando en la entrada.

Las mismas flores que se usan para las coronas funerarias.

La ironía lo golpeó con la fuerza de una ola.

Flores para celebrar la carrera de un cantante mediocre, mientras su hijo no tendría ni una sola flor en su tumba si de Sofía dependiera.

La imagen de las flores, tan hermosas y tan fuera de lugar, fue la gota que derramó el vaso.

Armando cayó de rodillas en medio de la calle de tierra, sin importarle las piedras que se clavaban en su piel.

Levantó el rostro al cielo y gritó.

Gritó el nombre de su hijo, gritó su dolor, su rabia, su impotencia.

Se golpeó el pecho con los puños, una y otra vez, tratando de sacar el dolor que lo quemaba por dentro.

Fue entonces, en medio de su desesperación, que escuchó voces provenientes de la casa de la fiesta.

Se arrastró, pegándose a la pared, hasta quedar debajo de una ventana abierta.

Era la voz de Sofía, pero sonaba diferente, melosa, conspiradora.

"Ay, primo, no te preocupes por el dinero. Tú sabes que para ti, lo que sea".

Luego la voz de Ricardo, arrogante como siempre.

"Pero, prima, ¿de dónde sacas tanta lana? Creí que el pescador ese apenas y les daba para comer".

La risa de Sofía fue como veneno en los oídos de Armando.

"¡Ay, Ricardo! ¿De verdad te crees el cuento de que somos pobres? Eso es pura pantalla, mi amor. Una farsa para que Armando no me esté chingando y se la pase trabajando. Él y el otro... así juntan más. Yo tengo mis ahorros, buenos ahorros. Todo es para ti, para que seas una estrella".

Armando se quedó helado.

La sangre se le congeló en las venas.

Una farsa.

La pobreza, el sacrificio, las horas extra de Juanito en esa motocicleta destartalada... todo era una mentira.

Una cruel y elaborada mentira para complacer a su primo.

El dolor de la pérdida de su hijo se mezcló con el ácido de la traición, creando una emoción tan tóxica que sintió que iba a vomitar allí mismo.

Se levantó lentamente, cada hueso de su cuerpo protestando.

Ya no había lágrimas.

Solo un vacío inmenso y una oscuridad que comenzaba a tomar forma en su interior.

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