UN NUEVO DÍA PARA AMAR

—¿Estas segura? —preguntó preocupada—. Habías dicho que jamás lo harías y… ¿empeoró Emi?

—Sí, Emilia está empeorando y necesito cuanto antes reunir el dinero —respiré hondo y terminé de maquillarme—. Hay una delgada línea entre dama de compañía y prostitut*, hoy la romperé.

—Tú sabes que puedo ayudarte, tengo algunos ahorros y…

—No —dije de inmediato—. Si me dieras tus ahorros, ¿con que estudiarías? No podría recibirlo, sería tan egoísta. No te preocupes.

—Pero lo hago, sabes que te amo como una hermana —agarró mis manos—. Si en mi esta ayudarte lo haré, Emilia merece vivir, tener una infancia como los demás niños. No importa lo que me digas, mañana mismo destinaré mis ahorros a tu cuenta.

Parpadeé varias veces, evitando que las lágrimas salieran y estropearan todo el maquillaje.

—Gracias Kristin —la abracé fuerte y agradecí el tener una amiga como ella—. Eres la mejor, pero sé cuánto has luchado por reunir el dinero para tus estudios, así que no los aceptaré.

Se separó abruptamente y estaba por hablar, cuando nuestro jefe entró de manera salvaje por la puerta.

—Lena , tengo a tu primer cliente —su sonrisa me daba miedo.

Todo mi cuerpo se erizo y mi corazón empezó a latir rápidamente. Enserio lo haría, enserio me convertiría en una prostitut*.

Kristin me miró impresionada y negó levemente, pero, asentí, aun cuando estaba asustada hasta la medula y empezaba a tener pequeños temblores por todo mi cuerpo. Le di una última mirada y me levanté.

—Estoy lista —alcé mi rostro y asentí.

Me pidió que lo siguiera y eso hice, hasta que me di cuenta que no íbamos a ninguna de las habitaciones privadas del segundo piso.

¿Por qué salíamos al parqueadero?

—¿Por qué estamos aquí? ¿lo atenderé aquí? —pregunté nerviosa.

—No, iras hasta su casa —respondió tranquilo, tecleando unas letras en su celular.

—Nunca quedamos que haría encuentros fuera del establecimiento, no me siento segura.

—Mira Lena  —volteó a mirarme fríamente—. Es un cliente exclusivo, ¿sabes quiénes son los clientes exclusivos? Personas con mucho dinero, el dinero suficiente para sacarte de esta maldita vida, así que harás todo lo que él te diga. Es el mejor cliente que he teniendo y por lo que más quieras no lo jodas porque si lo haces, ni se te ocurra volver aquí.

Si antes estaba nerviosa ahora lo estaba aún más.

—Si es un cliente tan importante, porque no va otra chica…es mi primera vez, no sé qué debo de hacer —susurré.

—Exacto, eres nueva en esto. Las demás están desgastadas, tu no.

Un auto último modelo se detuvo a nuestro lado, del se bajó un chofer quien me abrió la puerta de atrás.

Quedé pasmada.

Miré fijamente el interior pensando si había otra manera, siempre la había. ¿Por qué no la encontraba? Pequeñas lagrimas empezaron a caer al recordar la razón por la que me encontraba aquí, lo que me hizo reunir fuerzas para entrar sin mirar atrás.

Agarré el borde del ajustado y corto vestido que tenía, mis manos estaban heladas y temblaban, me ordené tranquilizarme y estar lo más calmada que pudiera. Ya no podía negarme.

—Llegaras, tendrás sexo y estarás devuelta con una parte para el tratamiento. Esto es por Emilia, solo por ella —me repetía mentalmente como un mantra. Todo el camino la había pasado con mis ojos cerrados y tratando de tranquilizarme, cuando pensé que lo había logrado, las palabras de ese hombre hicieron que quisiera vomitar.

—Llegamos Srta. Green.

—¿Debo bajarme ahora? —pregunté inocentemente.

—Sí, el señor la esperará en la sala.

Asentí un poco aturdida y abrí la puerta. Me asombré al ver lo grande, verdaderamente grande que era esta…mansión. No podía observar muy bien sus detalles, pero se notaba que era realmente hermosa.

Caminé lentamente por todo el jardín, retrasando lo inevitable. La enorme puerta que se encontraba al frente me asustaba, no sabía que podía encontrar detrás de ella.

Cuando llegué, vi que estaba entreabierta, así que entré con mucho cuidado.

Mis ojos se engrandecieron cuando vieron el recibidor.

—dios —susurré.

Era del tamaño de mi sala y esa decoración tan ostentosamente fina, gritaba los millones que seguramente debería de tener.

Mis piernas temblaban con cada paso que daba, me detuve un momento para saber cuál camino debería de tomar, era claro que aquellas escaleras dobles no me llevarían a la sala, así que opte por el camino de la izquierda. No se escuchaba absolutamente nada, lo que empezaba a inquietarme. Esta casa parecía no tener vida, aun con las decoraciones de millones de dólares.

Llegué a lo que supuse era la sala y esperé impacientemente.

Tenía mis brazos cruzados, mi pierna derecha se movía una y otra vez mientras mordía mi labio inferior de los nervios. No sabía que esperar y como debería de actuar.

¿tenía que acostarme con él en cuanto llegara? ¿primero me serviría una copa? ¿me pediría un baile? ¿hablaríamos?

—No Lena , es lo último que querría…hablar —murmuré para mí misma.

—Lo siento por la tardanza, respondía una llamada de trabajo —irrumpió violentamente una voz en el lugar.

Me tensé y cerré mis ojos, deseando que no fuera la persona que pensaba que era, esa voz era la de ese hombre…el señor De Santis.

Me volteé temblando, tenía tanta vergüenza, quería que la tierra me tragara.

Cuando nuestros ojos conectaron, pensé que vería sorpresa en los suyos, pero estaba normal, o eso pensaba…era muy difícil saber si estaba sorprendido o no, su rostro era neutro.

—Srta. Green, es un placer verla nuevamente —extendió su mano y dudé en agarrarla, pero lo hice y así mismo como la toqué, la solté.

—¿Placer? ¿Usted sabía que era yo? —me atreví a preguntar.

—La investigué y supe que trabaja de bailarina, contacté al dueño del lugar y me comentó sobre su nuevo trabajo, compré sus servicios y aquí esta.

Me señaló, aun teniendo su mirada fija en mí. Se me hacía inquietante y abrumador el que solo me mirara directamente a los ojos, era tan intenso que me intimidaba.

—¿Por qué? —susurré.

—Porque usted me debe dos favores, Srta. Green y simplemente lo cobraré —se encogió de hombros despreocupado.

Señaló el mueble y me senté, él lo hizo al otro lado.

—¿Dos favores? —alcé una ceja confundida—. ¿De que habla usted?

—Hoy hice que su hija recibiera atención médica y después de darme cuenta que era la mujer que estaba buscando, pagué la suscripción, el tratamiento y justo ahora están buscando un donante, en menos de una semana lo tendrá.

Tenía los ojos abiertos como platos, no daba crédito a todo lo que estaba escuchando.

¿Quién era este hombre?

—¿Qué es lo que quiere de mí? —pregunté, levantándome del mueble, quería irme cuanto antes, nada de esto me gustaba.

—Quiero que finja ser mi novia.

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