José Luis despertó en su recámara, el sol de la mañana se filtraba por las cortinas. Un dolor punzante en el tobillo le recordó la noche anterior. Su asistente personal, un joven leal llamado Mateo, estaba a su lado con una taza de café.
"¿Quién me trajo a casa?", preguntó José Luis, su voz todavía ronca.
"La señorita Gabriela, señor," respondió Mateo. "Ella lo ayudó a levantarse, llamó a su médico personal y se aseguró de que llegara bien a casa. No se fue hasta que el doctor confirmó que solo era un esguince fuerte."
José Luis se quedó en silencio, procesando la información. Gabriela. Siempre Gabriela.
"¿Dejó algún mensaje?", preguntó él, curioso.
Mateo sonrió ligeramente. "Sí, señor. Dijo, y cito: 'Dile a ese director terco que si va a elegirme para su película, más le vale no romperse una pierna antes de empezar a filmar. No trabajo con directores que no pueden ni mantenerse en pie.' "
Una risa genuina y sorpresiva escapó de los labios de José Luis. El tono era típico de Gabriela, brusco, directo, pero debajo de la superficie, había una extraña forma de cuidado. Se sintió extrañamente ligero, como si un peso que no sabía que cargaba se hubiera disipado. La obsesión por Sofía era un veneno, y la actitud de Gabriela, por extraña que pareciera, era un antídoto.
Durante los siguientes días, mientras se recuperaba en casa, los rumores sobre Sofía y Pedro Armendáriz inundaron la ciudad. Los periódicos de espectáculos publicaban fotos de ellos cenando juntos, paseando por parques, la imagen de una pareja profundamente enamorada.
Mateo entraba a su estudio cada mañana, hirviendo de indignación.
"¡Señor, es una descarada! ¡Rechazarlo públicamente y luego restregarle su romance en la cara a todo México! Usted no se merece esto."
Pero para sorpresa de Mateo, José Luis apenas reaccionaba. Leía las noticias con una calma que parecía casi antinatural. El dolor seguía ahí, un eco sordo de su vida pasada, pero ya no lo consumía. Ver a Sofía repetir sus acciones con tanta precisión, tan ciegamente enamorada de Pedro, solo confirmaba que su decisión había sido la correcta. Era como ver una película cuyo final trágico ya conocía.
Un día, mientras miraba un viejo baúl en la esquina de su estudio, tomó una decisión. El baúl contenía todas las cosas de Sofía de su breve matrimonio en la vida anterior: cartas, un chal que le gustaba usar, un libro de poemas que le había regalado. Eran reliquias de una obsesión, anclas que lo mantenían atado a un pasado doloroso.
"Mateo, prepara el auto," ordenó. "Voy a devolver algo."
Con el baúl en el asiento trasero, condujo hasta la casa de Sofía. Era la misma casa que ella había habitado en su vida anterior. Al acercarse, escuchó voces desde el jardín. Se detuvo y, sin ser visto, miró por encima del seto.
Sofía estaba sentada en una banca, y Pedro estaba arrodillado frente a ella, aplicándole un ungüento en un pequeño rasguño en la mano.
"Mi amor, debes tener más cuidado," decía Pedro con una voz llena de ternura. "No soportaría que algo te pasara."
"Fue solo un rasguño, Pedro," respondió Sofía, pero su sonrisa era radiante. "Gracias por cuidarme tanto."
José Luis se quedó paralizado. No por la escena de amor, sino por las palabras de Pedro. Eran casi idénticas a las que él mismo le había dicho a Sofía en su vida pasada, cuando ella se había lastimado de la misma manera. Y la escena que Sofía tanto había admirado, creyendo que era una muestra del genio espontáneo de Pedro, era una burda imitación de una dirección que él, José Luis, había creado para una de sus películas.
Una sensación de incredulidad y una risa amarga brotaron en su interior. Sofía, la enigmática y supuestamente brillante actriz, era tan ciega. Se había enamorado no de un hombre, sino de un plagio, de un eco de la creatividad de José Luis. Era patético.
Con una nueva resolución, caminó hacia la entrada del jardín.
"Sofía," la llamó.
Ella se giró, sorprendida. Pedro se puso de pie, interponiéndose entre ellos.
"Vengo a devolverte tus cosas," dijo José Luis, señalando el baúl que un sirviente había bajado del auto.
Sofía frunció el ceño, confundida. "No sé de qué hablas. Yo no tengo nada tuyo."
En ese momento, Pedro se quejó, agarrándose el brazo. "¡Ay! Creo que me lastimé al levantarme tan rápido."
Inmediatamente, toda la atención de Sofía se centró en él. "¿Estás bien, Pedro? ¿Te duele mucho? Déjame ver."
José Luis observó la escena con una distancia fría. La forma en que Sofía cuidaba a Pedro, la ternura en sus ojos, era un espejo exacto de cómo lo había cuidado a él al principio de su vida pasada. Pero ahora, al verlo desde afuera, no sentía celos, solo una profunda y liberadora certeza. Nunca había sido él. Ella no lo amaba a él, amaba la idea de ser amada, y Pedro era simplemente el actor que interpretaba el papel que él había escrito.
Sin decir una palabra más, se dio la vuelta y se fue, dejando el baúl en la entrada y a Sofía completamente absorta en el pequeño drama de Pedro. Al subir al auto, se sintió más libre que nunca. La obsesión finalmente había muerto.





