Al volverse hacia el causante de su miedo una triste sonrisa acudió a su rostro pues pasarían muchísimo tiempo sin verse. Cualquier otra persona lo odiaría.
Alto, guapo y simpático era el epítome del hombre perfecto, sin olvidar que era a quien sus padres querían como hijo. Pero no era su culpa, él nunca había alentado dicho comportamiento. Incluso lo ignoraba.
Por años supo que un día él se iría, seguiría el camino de su papá en las fuerzas de la ley. Pero siempre aquello le pareció algo muy lejano.
—Te asusté de nuevo y lo siento, pero cada vez estás más nerviosa.
—Toda esta situación me tiene tensa y ansiosa además de algo…
— ¿Triste?
—Un poco.
Elena miraba fijamente por la ventana como si buscase fundirse con aquello que captaba su atención.
—Ese jardín está cómo congelado en el tiempo… ¿Verdad?
—Pasamos grandes momentos allí Elena.
—También tristezas, recuerdo que cuando supiste sobre el divorcio de tus padres te refugiaste en nuestro fuerte.
—Solo tú supiste encontrarme.
—Bueno, a fin de cuentas nadie me hizo caso. Tuve que convencerte de salir lo que no fue fácil de lograr.
—Tenías cinco años, ¿cómo era posible que supieras dónde me escondía?
—Éramos como hermanos. Tenías ocho años pero me tratabas como a tu compinche.
—Voy a extrañar todo esto. Deberíamos despedirnos del fuerte antes que lo tiren.
—Me encanta esa idea.
Tirar el fuerte, deshacerse de todo. Ahí no importaba si ella amaba ese lugar. Caminaron de la mano durante cinco minutos hasta llegar al viejo roble y era gracioso porque cuando tenía solo cinco años, sentía como si la travesía durase horas.
La casa que le había dado un hogar durante toda su vida pasaría a nuevas manos. Con ella entrando en la universidad y sus padres ya mayores, no tenía sentido alguno conservar aquel lugar, de acuerdo con su forma fría de ver las cosas. Su padre le había preguntado si la quería y aunque se había visto tentada a hacerlo, era demasiado cara.
—Hemos llegado.
Tras sentarse a observar el atardecer ambos guardaron un cómodo silencio, minutos después vino la pregunta que rondaba la mente de Elena.
— ¿Te gusta tu vida?
—Bastante, el FBI fue mi sueño siempre.
—Debe sentirse bien ser tú.
— ¿No te gusta tu vida?
—No es eso, pero me gustaría que mis padres se interesaran más por mí que por su vida social.
—Te aman Chris.
—A su manera, pero siempre la pasan en el club o recibiendo amigos. Aún no sé por qué me tuvieron. Jack Carter e Isabella Valesia tienen demasiado que hacer como para que su hijo se les atraviese en el camino.





