¿Un hijo para el señor Harris? ¡Ni soñarlo!

Su madre tenía que estar bromeando. Si hacía frío, tenía más que ver con la nube negra que había dejado entrar en casa que con la temperatura ambiente. Y no pensaba servir ni una gota de su mejor brandy a Marco Harris, el hombre que sin ayuda de nadie había quitado su fortuna a una de las familias más antiguas y respetables de Sidney.

- Llevaré a mi padre todo lo que necesite.

Concedió mientras cerraba la puerta.

- Pero… lo siento, madre, Marco puede valerse por sí mismo.

Media hora más tarde estaba hirviendo todavía por la presencia del invitado indeseado cuando su madre se la encontró sentada en la cocina.

- ¿Se ha ido?

Preguntó. Su madre negó con la cabeza y Cloe sintió que la presión de la sangre volvía a subirle mientras se obligaba a mantener su atención en la pantalla. No podía concentrarse con la cabeza llena del español. ¡Maldito! ¿Qué quería de su padre? No le quedaba nada que pudiera arrebatarle. Hasta la casa de la familia, lo último que tenían, estaba hipotecada.

- ¿Qué haces, cariño?

Preguntó su madre mientras se colocaba a su lado, le apoyaba una mano en el hombro y la acariciaba. Cloe sonrió e inclinó la cabeza en dirección a las caricias, sintiendo cómo parte de su tensión se disipaba.

- Estoy trabajando en ese inventario. La lista de muebles y obras de arte que papá y tú han decidido que pueden soportar perder. He hablado con el subastador y me ha dicho que mejor que sacar todo de una vez, enviemos algunas piezas cada dos o tres meses. De momento tenemos bastante para hacer frente a nuestros compromisos.

- ¿Sí?

Su madre dejó de mover la mano y Cloe cambió de posición. De pronto Cloe se arrepintió de su conducta en la puerta. Caroline Jones apenas había sido poco más que una sombra de sí misma últimamente, su piel pálida y sin brillo, su carácter frágil. La angustia debida a sus problemas económicos había cobrado su peaje a todos, pero sobre todo a su madre, que aún sentía la pérdida de su hijo mayor dos años antes. Todavía reacia a acercarse al centro de la ciudad, se había sentido constantemente humillada por los artículos de los periódicos en los que se narraba la caída de la familia y las miradas de lástima por parte de los un día amigos de la alta sociedad. Y a pesar de la provocación del hombre más arrogante del mundo, Cloe tampoco había ayudado mucho comportándose como una adolescente en vez de como la mujer de veinticuatro años que era. Guardó el trabajo que había estado haciendo y apagó el ordenador. Ver la lista de las reliquias familiares que pronto iban a dejar de serlo no era lo que mejor le vendría a su madre para descansar.

- No te preocupes. Estoy segura de que no es tan malo como parece. Saldremos de ésta, sé que lo haremos. Y si sale ese trabajo que me han prometido en el museo, las cosas irán mucho mejor.

Su madre le agarró la mano y le dio unas palmaditas cariñosas.

- Eres tan buena haciendo todo esto… Con un poco de suerte puede que no tengamos que vender nada. Tu padre tiene la esperanza de que haya otra forma de salir de este embrollo.

Cloe se volvió a mirar a su madre.

- ¿Qué más nos queda? Ya hemos ido a todos los bancos y las financieras; lo hemos intentado todo. Creo que no nos quedan más opciones.

- Todas excepto una…

Dijo su madre con un súbito brillo en los ojos.

- Parece que hoy mismo nos han ofrecido un salvavidas. Cancelar los préstamos y un acuerdo. Uno bueno, suficiente para volver a tener servicio y vivir como vivíamos sin tener que vender nada. Sería como si… como si nada hubiera ocurrido. Excepto…

El discurso rápido y furioso de su madre perdió volumen cuando se dio la vuelta en dirección a la biblioteca, una sombra apagó el brillo de sus ojos y volvió a su mirada gris y fría.

- ¡Oh, no! No puedes estar hablando de Marco. Por favor, dime que todo eso no tiene nada que ver con ese hombre.

Su madre no respondió y Cloe sintió que la desesperación la invadía. Se libró de las manos de su madre y alzó las suyas para protestar.

- ¡Pero si todo esto es por culpa suya! Ha sido él, sin ayuda de nadie, quien ha hundido a la familia Jones. ¿Por qué iba ahora a ofrecernos su ayuda? No tiene sentido. No le queda nada que llevarse.

Su madre se acercó y le apartó un mechón de pelo de la cara antes de acariciarle los brazos.

- Justo ahora es cuando no podemos elegir.

- ¡Pero es un hombre tan espantoso! La forma en que recorre Sidney como si fuera suyo.

- Bueno, en estos momentos eso es casi cierto.

Sonrió débilmente.

- Pero piénsalo, no puede ser todo malo. Tiene que tener algo bueno, ¿no?

- Pues si lo tiene, está bien escondido.

Respondió con un resoplido.

- Y es muy guapo.

- Supongo, si te gusta el aspecto de los bandidos.

Frunció en ceño y miró a su madre al ver la dirección que tomaban sus argumentos.

- De cualquier forma, estamos hablando de Marco Harris. El mismo Marco Harris que ha venido para tirar por tierra a las mejores familias de la sociedad de Sidney, y ha empezado por los Jones. ¿Qué se le ha per…?

- Cloe.

La brusca voz de su padre la interrumpió.

- Me alegro de que sigas levantada. ¿Puedes dedicarme un par de minutos?

Cloe respiró, aliviada. La aparición de su padre suponía que Marco finalmente se habría ido. ¡Y mejor que no volviera nunca! Estaba cansada de estar con el alma en vilo en su propia casa. Además, se iba a enterar por fin de lo que estaba pasando. Si su padre estaba pensando en aceptar la ayuda de Marco, ella tendría algo que decir.

- Vete con tu padre.

Le urgió su madre, haciendo señas en dirección a la puerta.

- Nosotras ya hemos terminado.

Vio una mirada cargada de significado que se cruzaron sus padres. Algo estaba pasando. ¿Por qué no estaban más contentos si había un salvavidas en perspectiva? ¿O eran demasiado costosas las condiciones de Harris? Sintió una náusea. Ya nada le sorprendería. Seguro que él aprovechaba para patear a su padre, ya que lo tenía en el suelo. ¡Maldito! Haría todo lo posible para evitar sus codiciosas garras.

- En realidad.

Dijo su madre, agarrando a su hija de la mano.

- A lo mejor debería ir con ustedes.

- ¡No!

Dijo Andrew, colocándose entre las dos mujeres y obligándolas a soltarse.

- Quédate aquí.

Se dirigió a su esposa.

- No tardaremos mucho. Después, seguramente, me tomaré otro café.

- ¿Va alguien a decirme qué es lo que pasa?

Preguntó Cloe a su padre mientras lo seguía a través de la casa.

- ¿Qué quería Marco?

Justo a la entrada de la biblioteca, su padre se detuvo, se volvió hacia ella y la agarró de las manos. En su rostro, los ojos muertos encima de unas enormes ojeras. Podía ser tarde, pero era evidente que el nerviosismo por la situación lo estaba devorando. Desde dentro de la biblioteca el tic-tac del reloj de su abuelo señalaba el transcurrir de los segundos.

- Cloe…

Dijo en un suspiro.

- Antes de que sigamos adelante, quiero que sepas que yo no quería que esto sucediera, créeme.

La miró tan intensamente, que pudo sentir su desesperación.

- No me has dicho qué va a suceder.

- Necesito tu ayuda.

Continuó, evitando responder a su pregunta.

- Aunque sé que lo que te pido es demasiado.

- Está bien.

Respondió, simulando una confianza que no sentía y soltándose de sus manos. Trató desesperadamente de sonreír, pero no pudo.

- Bueno, ¿qué quieres que haga?

Un oscuro atisbo de movimiento atrajo su atención más allá de su padre y un escalofrío le recorrió la espalda. ¡Marco! ¡Así que no se había marchado! Y en ese momento estaba allí, apoyado contra el marco de la puerta. En su rostro, su mirada era de... victoria. Era lo que proclamaban sus facciones. Allí estaba, con el peligroso brillo de sus ojos, con la voracidad de su sonrisa, con la amenazante oscuridad de su actitud.

- Es realmente muy sencillo.

Anunció Marco, dirigiéndose al padre.

- Tu padre quiere que te cases conmigo.

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