Un eco de un amor convertido en cenizas.

La llamada a Mateo fue la más difícil de mi vida.

Mi voz temblaba.

«Mateo, necesito que cumplas una vieja promesa».

Silencio al otro lado de la línea. Podía imaginarlo en su bodega de La Rioja, con el olor a vino y a tierra mojada.

«La que hicieron nuestros abuelos».

«Isabella, ¿qué ha pasado?», su voz era grave, preocupada.

No podía contarle la verdad, no todavía. El dolor era demasiado crudo.

«Javier y yo... hemos terminado. Necesito una salida. Una alianza. Un matrimonio».

Lo dije sin rodeos, como una transacción comercial.

Mateo no dudó ni un segundo.

«Voy para Madrid. Espérame».

Colgó.

Me quedé mirando el móvil, el mismo que horas antes había destrozado mi mundo.

Sobre la mesa de mi taller, la revista ¡Hola! todavía estaba abierta en la página central.

«La Boda del Año: Javier Soto e Isabella Vargas se dan el 'Sí, quiero'».

Las fotos eran perfectas. Javier, arrodillado en el palco real del Teatro Real. Yo, con lágrimas de felicidad. La élite de Madrid aplaudiendo.

Una mentira brillante.

Me desplomé en una silla, el recuerdo de la noche anterior me golpeó con fuerza.

La euforia de la pedida. El champán. La sensación de que mi vida era un cuento de hadas.

Llegamos a casa. Javier se durmió enseguida, agotado por la celebración.

Su móvil vibró sobre la mesilla de noche.

Un mensaje. De "S.R.".

La curiosidad me mató. Nunca había mirado su teléfono en ocho años.

Pero algo me lo gritaba.

Desbloqueé la pantalla. Su contraseña era la fecha de nuestro aniversario. Qué ironía.

Y allí estaba.

«Mi Jilguero, ¿ya duerme la princesa?».

Mi corazón se detuvo.

Seguí leyendo.

«No sabes cómo te he echado de menos hoy. Verla a ella con ese anillo... me ha dolido».

La respuesta de Javier, enviada solo unas horas antes:

«Sabes que esto es solo un acuerdo familiar, una cuestión de imagen. Mi corazón tiene un rincón salvaje, y ese rincón es solo tuyo, Sofía».

Sofía. S.R.

Sofía Rivas. La becaria de su empresa.

Una conversación de dos años. Fotos íntimas. Promesas. Planes secretos.

Descubrí que la historia de Sofía era siempre la misma. Una chica de barrio obrero, luchadora, que necesitaba un mentor. Una fachada de inocencia que había engañado a Javier. O que él había querido creer.

Él le decía que yo era frágil, tradicional, que no podía romper el compromiso sin destruir a mi familia.

Mentiras.

Todo era una mentira.

Mi cuento de hadas se había convertido en una pesadilla.

Y yo, la protagonista, acababa de despertar.

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