Isabella sintió el aire fresco contra su rostro cuando cruzaron las puertas del hospital. Después de días encerrada en una habitación blanca y estéril, la sensación de estar afuera era casi abrumadora. Se aferró al brazo de Alexander mientras él la guiaba hacia un lujoso automóvil negro estacionado en la entrada.
-No tienes que preocuparte por nada -le dijo con voz firme mientras le abría la puerta-. Yo me encargaré de todo.
Isabella asintió en silencio. A pesar de la amabilidad y paciencia que Alexander le mostraba, una parte de ella no podía ignorar la inquietud que crecía en su pecho.
No recordaba nada. Ni su vida, ni su relación con él, ni el embarazo. Era como si su propia identidad hubiera sido arrancada de su mente, y lo único que tenía ahora era la palabra de un hombre que, aunque atento y protector, seguía siendo un desconocido para ella.
El viaje transcurrió en un silencio incómodo. Desde el asiento del copiloto, Isabella observaba la ciudad desvanecerse en la distancia mientras el automóvil tomaba la carretera que los llevaba hacia lo que Alexander llamaba "su hogar".
-Es una casa tranquila, alejada del ruido de la ciudad -comentó él sin apartar la vista del camino-. Dijiste que querías un lugar seguro para los bebés.
Isabella forzó una sonrisa, aunque por dentro la frustración la carcomía.
¿Realmente lo dije? ¿Realmente tomé esa decisión?
La casa era impresionante.
Una enorme propiedad rodeada de jardines bien cuidados y árboles altos que daban una sensación de aislamiento y tranquilidad. La fachada de piedra y madera tenía un diseño elegante y moderno, como sacado de una revista de arquitectura.
Alexander la ayudó a bajar del auto y la condujo hacia la puerta principal, que se abrió con un leve clic.
-Bienvenida a casa -murmuró.
Isabella sintió una extraña presión en el pecho al cruzar el umbral.
El interior era amplio y decorado con tonos neutros y muebles lujosos. Grandes ventanales permitían que la luz del sol iluminara la sala principal, dándole un aire cálido y acogedor. En una de las paredes había fotos enmarcadas... pero cuando Isabella se acercó, se encontró con imágenes de Alexander solo. En ninguna de ellas aparecía ella.
-No hay fotos de nosotros juntos -murmuró sin pensar.
Alexander se tensó levemente, pero recuperó la compostura de inmediato.
-No te preocupes por eso. Antes del accidente, queríamos hacer una sesión de fotos cuando nacieran los bebés.
Su respuesta parecía lógica, pero a Isabella le costaba creerlo.
¿Cómo es posible que no haya ni una sola imagen de nuestra supuesta vida juntos?
La sensación de que algo no encajaba se hizo más fuerte.
Los días pasaron lentamente.
Alexander se aseguraba de que ella tuviera todo lo que necesitaba: comida, ropa cómoda, atención médica. Nunca la dejaba sola por mucho tiempo y, aunque no la presionaba para recordar, siempre le hablaba de su vida juntos, describiendo momentos que, en su mente en blanco, sonaban más a historias inventadas que a recuerdos verdaderos.
-Solíamos sentarnos aquí por las tardes -le dijo una noche mientras estaban en la terraza-. Me gustaba verte acariciar tu vientre, hablarles a los bebés.
Isabella miró el paisaje nocturno con el ceño fruncido.
¿Realmente lo hice?
Cada palabra de Alexander sonaba perfecta, como si hubiera sido cuidadosamente elegida para hacerla sentir cómoda. Pero en lugar de calmarla, solo aumentaba su sospecha.
Un día, mientras exploraba la casa en ausencia de Alexander, llegó hasta la oficina. Empujó la puerta y encontró un espacio ordenado, con estanterías llenas de libros y una enorme mesa de madera.
Buscó algo, cualquier pista sobre su vida antes del accidente. Pero no había nada. Ningún documento con su nombre, ninguna foto.
Era como si nunca hubiera existido.
El pánico se apoderó de ella.
Si Alexander realmente era su esposo, ¿por qué no había ninguna prueba de ello?
Y si no lo era... ¿por qué le estaba mintiendo?





