Después de la confrontación en el jardín, me sentí extrañamente mareada. La adrenalina que me había sostenido comenzó a desvanecerse, y un dolor sordo palpitaba en mi cabeza, un eco fantasmal del accidente. Intenté volver al salón, pero Diego me bloqueó el paso. Su rostro estaba oscuro, sus ojos fijos en mí con una intensidad que me heló la sangre.
"No hemos terminado de hablar" , siseó, su voz baja y amenazante.
"Yo sí" , respondí, intentando rodearlo.
Me agarró del brazo con fuerza. "Tú no vas a ninguna parte hasta que arregles el desastre que hiciste."
La fuerza de su agarre me hizo tropezar. Perdí el equilibrio y caí hacia atrás, mi cabeza golpeó el borde de una maceta de piedra. El mundo giró violentamente y luego todo se volvió negro.
Cuando desperté, no estaba en un hospital. Estaba en una habitación desconocida, lujosa pero impersonal. La cabeza me dolía terriblemente. Me senté en la cama y vi que la puerta estaba cerrada por fuera. Intenté abrirla, pero estaba con llave. Afuera, en el pasillo, vi a dos hombres corpulentos vestidos de traje, montando guardia.
Estaba prisionera en la casa de Diego.
Me sentí enferma, una oleada de náuseas me subió por la garganta. Necesitaba agua, necesitaba un médico. Vi un intercomunicador en la pared y lo presioné.
"Necesito un vaso de agua" , dije, mi voz temblorosa. "Y quiero ver a un médico."
Silencio. Volví a presionar el botón.
"¿Hola? ¿Hay alguien ahí? Por favor, no me siento bien."
Finalmente, la voz de uno de los guardias sonó, fría y despectiva. "El señor Diego dijo que no la molestáramos. Dijo que probablemente estaría fingiendo para llamar la atención."
La crueldad de sus palabras me golpeó como una bofetada. Me dejé caer en la cama, sintiéndome completamente impotente. Así era como Diego me veía, como me trataba. Como una niña caprichosa y mentirosa. La villana.
El tiempo pasaba lentamente. El dolor de cabeza se convirtió en una migraña punzante. Me acurruqué en la cama, abrazándome a mí misma, tratando de soportar el dolor y la humillación. Después de lo que pareció una eternidad, escuché voces fuera de la puerta. Era Diego.
Estaba hablando por teléfono, y su voz, que para mí siempre era dura e impaciente, ahora era un susurro suave y meloso.
"Sí, mi amor, no te preocupes por nada… No, Sofía, no es tu culpa. Elena siempre ha sido así de… dramática. Estoy manejando la situación… Solo necesito que su familia vuelva a entrar en razón, es la última vez, te lo prometo."
Me quedé helada, escuchando cada palabra. El contraste era brutal. Para Sofía, había promesas y consuelo. Para mí, había encierro y desprecio.
"Ya compré el estudio en la calle Madero para ti, el más grande. Y he hablado con Ricardo Montes, el diseñador que admiras. Está emocionado de ser tu mentor. Todo se arreglará, mi vida. Haré cualquier cosa por ti."
Cualquier cosa. Incluyendo encerrarme, humillarme, y pisotear mi dignidad.
La puerta se abrió y Diego entró. Colgó el teléfono y me miró con frialdad. Su mirada recorrió mi rostro pálido y mi postura encogida.
"Veo que ya despertaste de tu numerito" , dijo, su voz cargada de desdén. "¿Ya terminaste de hacer berrinches? Necesito que llames a tu padre y le digas que cometiste un error."
Lo miré, pero no dije nada. El dolor en mi cabeza era nada comparado con el dolor helado que se extendía por mi pecho. Era la muerte de una ilusión, la muerte de la estúpida esperanza que había albergado durante años.
"¿Qué? ¿Ahora te quedaste muda?" , se burló. "Vamos, Elena. Deja el drama. Sabes cómo funciona esto. Tú me ayudas, yo te doy lo que quieres. Te casarás conmigo, serás la señora de la casa, ¿no es eso lo que siempre has querido?"
En el pasado, esas palabras me habrían hecho sentir un atisbo de esperanza. Habría cedido, habría hecho la llamada, todo por la promesa vacía de su afecto. Pero ahora, sus palabras sonaban huecas, patéticas.
Me levanté de la cama lentamente, cada movimiento era un esfuerzo. Me acerqué a él, mirándolo fijamente a los ojos. Él esperaba que le suplicara, que llorara. En cambio, vi la sorpresa en su rostro cuando una pequeña y tranquila sonrisa se dibujó en mis labios.
"Diego" , dije en voz baja, casi en un susurro. Nadie más podía oírlo, pero yo sabía que lo había dicho. Era un adiós. Un adiós silencioso y definitivo. "Estamos acabados."
Él no lo entendió. No podía entenderlo. En su mundo, yo siempre volvería a él. En su historia, yo estaba destinada a perseguirlo.
Pero yo ya no vivía en su mundo. Estaba a punto de empezar a construir el mío.





