Sofía metió la última blusa en la maleta, el tejido de seda se sentía frío bajo sus dedos, tan frío como el aire entre ella y Mateo desde hacía meses, el sonido del cierre al cerrarse resonó en la habitación silenciosa, un sonido definitivo, como el de una puerta que se cierra para siempre, mañana se iba a un congreso de derecho migratorio en Canadá, una semana entera, pero la distancia entre ellos ya se medía en años luz, no en kilómetros.
"¿Crees que puedas llevarme al aeropuerto mañana?", preguntó ella, su voz sonando extraña en el silencio del cuarto que compartían.
Mateo no levantó la vista de su laptop, sus dedos tecleaban furiosamente sobre el teclado, como si estuviera librando una guerra personal con la pantalla, la luz azul del monitor iluminaba su rostro, acentuando las nuevas líneas de tensión alrededor de su boca.
"No puedo", respondió él, su voz era plana, sin emoción, "Tengo una junta con los proveedores para el restaurante nuevo a primera hora".
"Ah, claro", susurró Sofía, más para sí misma que para él, "El restaurante".
Se sentó en el borde de la cama, la maleta a sus pies parecía una barrera física entre los dos, observó su espalda, la forma en que sus hombros estaban encorvados por la concentración, o quizás por el peso de secretos que ella no conocía, recordaba cuando esa misma espalda era su refugio, cuando se dormía escuchando el latido de su corazón, ahora, era la espalda de un extraño.
Intentó una vez más, con un nudo formándose en su garganta.
"Mateo, necesitamos hablar".
"Ahora no, Sofía, estoy ocupado", dijo él, sin un ápice de cambio en su tono.
Justo en ese momento, el celular de Sofía vibró sobre la mesita de noche, era una llamada del trabajo, una emergencia, uno de sus clientes, un joven indocumentado, había sido detenido en una redada, el pánico se apoderó de ella, la urgencia de su profesión borrando por un instante su propia miseria personal.
"Tengo que irme", dijo ella, poniéndose de pie de un salto, "Detuvieron a Miguel, tengo que ir a la estación".
Mateo finalmente la miró, pero no había preocupación en sus ojos, solo un destello de fastidio, de irritación.
"Siempre hay una emergencia, ¿no es así?", comentó él, su voz goteaba un sarcasmo frío, "Siempre hay alguien más que te necesita más que yo".
Las palabras la golpearon con la fuerza de una bofetada, sintió las lágrimas picar en sus ojos, pero se las tragó, no le daría la satisfacción de verla derrumbarse.
"Mi trabajo es importante, Mateo, ayudo a la gente".
"Nuestro matrimonio también debería serlo", replicó él, y volvió su atención a la laptop, dando por terminada la conversación.
Sofía se quedó inmóvil por un segundo, el corazón hecho pedazos, luego, sin decir una palabra más, tomó su bolso y salió del cuarto, cerrando la puerta detrás de ella con un cuidado que no sentía.
Horas más tarde, después de una batalla legal agotadora en la delegación, logró la liberación de Miguel, mientras conducía de regreso a casa, la adrenalina se disipó, dejando solo un vacío helado, las palabras de Mateo resonaban en su cabeza, Nuestro matrimonio también debería serlo. Tal vez tenía razón, se había sumergido tanto en su trabajo, en las vidas de los demás, que no había visto cómo la suya se ahogaba.
Cuando entró en la casa, todo estaba oscuro, Mateo no la había esperado, fue a la cocina por un vaso de agua y vio una pila de correo sobre la barra, la mayoría eran facturas y publicidad, pero un sobre grande y grueso, de un despacho de abogados que no reconoció, le llamó la atención, estaba dirigido solo a Mateo.
Normalmente, nunca abriría su correspondencia, pero una sensación de pavor la invadió, un presentimiento terrible que le revolvió el estómago, con manos temblorosas, rompió el sello, dentro había un fajo de papeles, en la primera página, en letras grandes y formales, leyó las palabras que destrozaron su mundo: "Acuerdo de Divorcio".
El aire se escapó de sus pulmones, las rodillas le fallaron y tuvo que apoyarse en la barra para no caer, leyó las cláusulas, una por una, con una creciente sensación de irrealidad, reparto de bienes, la venta de la casa, todo estaba allí, planeado meticulosamente, en secreto.
Su mirada se desvió hacia la última página, la que requería las firmas, y vio algo que la hizo soltar un sollozo ahogado, junto a la línea de la firma de Mateo, había una pequeña nota adhesiva amarilla, en ella, con la caligrafía apresurada de Mateo, estaba escrito: "Revisar con Carlos y presentar la próxima semana".
La próxima semana, mientras ella estuviera en Canadá, él iba a presentar la demanda de divorcio, la traición era tan profunda, tan calculada, que le quemaba el pecho, no era solo que quisiera terminar, era que lo había planeado a sus espaldas, dejándola vivir en una mentira mientras él orquestaba el final.
Se quedó allí, en la penumbra de la cocina, con los papeles temblando en su mano, el sonido de su propio corazón roto era el único ruido en la casa silenciosa, caminó como una autómata de regreso a su habitación, la maleta seguía junto a la cama, una burla cruel de un viaje que ahora parecía trivial.
Abrió el armario y sacó la caja donde guardaba sus recuerdos, fotos, cartas, el boleto de su primera cita, en el fondo, envuelta en papel de seda, estaba la estatuilla de su pastel de bodas, una pareja de novios sonriendo, congelados en un momento de felicidad que ahora se sentía como una farsa.
Sin pensar, tomó la pequeña figura de porcelana, sus dedos se cerraron alrededor de ella con una fuerza desesperada, caminó hacia la ventana y la abrió, el aire frío de la noche le golpeó la cara, pero no sintió nada, con un grito ahogado que era mitad rabia y mitad dolor, arrojó la estatuilla a la oscuridad del jardín, escuchó el débil sonido de la porcelana haciéndose añicos contra las piedras, igual que su matrimonio, igual que su corazón.
Se deslizó por la pared hasta el suelo, abrazando sus rodillas, las lágrimas finalmente corrieron libres por su rostro, mojando su ropa, se quedó allí, temblando en la oscuridad, llorando por un final que ni siquiera había visto venir.
Mucho más tarde, escuchó la puerta principal abrirse y cerrarse, los pasos de Mateo en el pasillo, él entró en la habitación y encendió la luz, la vio en el suelo, pero su expresión no se suavizó, no había preocupación, ni siquiera curiosidad, solo un cansancio infinito.
"¿Qué haces en el suelo?", preguntó, su voz tan distante como si estuviera hablando con una extraña.
Ella no respondió, no podía, las palabras estaban atrapadas en su garganta, él suspiró, un sonido de pura exasperación.
"Voy a dormir en el cuarto de huéspedes", dijo, "Tengo que levantarme temprano".
Y se fue, sin una segunda mirada, sin una palabra de consuelo, la dejó sola en el suelo, con los pedazos de su vida esparcidos a su alrededor.





