Um final feliz

Alana estaba a punto de terminar su turno en el restaurante donde trabajaba y estaba más que dispuesta a irse a casa y disfrutar del buen vino que le había regalado su primo, sólo porque le apetecía. Lo único que quería en aquel momento era relajarse y olvidarse de sus responsabilidades, aunque sólo fuera por unas horas. Por muy alegre que intentara ser para afrontar sus casi siempre turbulentos días, en los que tenía que enfrentarse y sonreír a mucha gente -ahora ya no tan desconocida-, seguía necesitando sus horas de descanso.

Era imposible estar sonriendo todo el día y no sentirse cansada al final de la jornada, sobre todo con los secretos que llevaba a cuestas, ocultándolos incluso a los más cercanos y que probablemente merecían saberlo. Siempre le pesaba la culpa y el miedo a lo que pasaría si todo el mundo lo supiera. Podía soportar todo eso si evitaba las miradas de lástima. Odiaba esas miradas. Era su peor pesadilla.

Suspirando y apartando los nebulosos pensamientos que empezaban a surgir, se dirigió a deshacerse de la última mesa ocupada del restaurante. Cuando iba a marcharse por fin, se tropezó con un niño de tres años, que sonrió al reconocerla. Su sonrisa era idéntica a la de su mejor amigo y Alana imaginó que había tomado esa parte de su padre, al igual que su piel oscura y los hermosos rizos castaños y cortos en lo alto de la cabeza.

Buscaba a su tío, el hermano de su padre, pero su tía le serviría igual. Le caía igual de bien.

- Thomas, ¿qué haces aquí? Deberías estar detrás con tus juguetes. - dijo Alana, agachándose para quedar casi a su altura. No era muy alta.

- El tío vendrá enseguida. - dijo, a su manera infantil, arrastrando aún las palabras, lo que siempre hacía sonreír a Alana. No podía resistirse a aquellos niños y casi siempre hacía lo que querían. Su sobrina Nadia también era objeto de su afecto.

- No te preocupes cariño, ya se está deshaciendo del viejo gordo.

Le susurró, haciéndole reír. Thomas siempre se divertía con la tía Alana, pero esta vez los pillaron con las manos en la masa.

- ¡Alana Souza! ¿Otra vez enseñándole esas cosas a mi sobrino? - dijo Leandro, intentando parecer serio.

Fue Alana quien enseñó a Thomas a hacer bromas o a decir cosas equivocadas, casi siempre en el momento equivocado. Al final, los avergonzados eran él y el padre del chico, aunque a veces era divertido, Leandro tenía que admitirlo, sobre todo cuando el blanco era uno de los antiguos amigos de la madre del chico, que parecía fingir no darse cuenta de lo mucho que le caía mal.

- La tía Alana es la mejor. - dijo Thomas, sonriendo, mientras su tía se limitaba a contener la risa, sin importarle que hubiera dicho su apellido. Él no la asustaba. Al fin y al cabo, eran los mejores amigos.

Pero el chico estaba aprendiendo mucho de ella, tenía que admitirlo. A veces pensaba que el padre de Thomas aparecería en cualquier momento para pelearse con ella, pero eso nunca ocurría. Aquel hombre seguía siendo un desconocido para la mujer.

Leandro miró a Alana, que sonrió inocentemente. Era imposible intentar ser un adulto con aquellos dos juntos. Eran invencibles.

- Si Tomás vuelve a decir alguna de esas cosas graciosas que le enseñas cerca de mi hermano, te denuncio. - le dijo Leandro a su mejor amigo.

- ¿Qué va a hacer? ¿Matarme? ¿Él haría eso? - dijo ella, fingiendo preocupación, pero sólo consiguió hacerle reír.

- Igual te lo voy a presentar. - replicó Leandro, recordando que Guilherme era el único que quedaba fuera del numeroso grupo que habían formado. En su humilde opinión, su hermano estaba demasiado ocupado y necesitaba unos días de descanso.

- ¿Cuándo? ¿Después de declararte a mi prima?

Su amiga sabía exactamente dónde y cuándo apretarle las clavijas. Siempre había sido un tema complicado.

Leandro suspiró. Odiaba cuando salía el tema. Seguía siendo delicado para él, que nunca había encontrado el valor ni el momento adecuado para hablar con la prima de Alana.

- No puedo hacerlo. Lo sabes muy bien.

Alana sonrió con cariño.

- Deberías intentarlo.

- Ella quiere a Vitor. Tú también deberías aceptarlo.

- Como amigo. ¡Y quiere a Helena! Sabe que están juntos porque eran buenos amigos y es bueno con Nadia. Tú también puedes serlo, quieres a Thomas como a tu propio hijo.

Los dos se miraron pensativos.

- Prometo pensarlo.

celebró Alana.

- Bien, porque quiero ser madrina. Ahora vete. Yo cerraré todo. Lleva a tu sobrino a casa.

Leandro aceptó encantado y fue a recoger sus cosas.

Antes de irse, le dio un beso en la mejilla, igual que había hecho Tomás. Se había convertido en una rutina.

- ¡No te olvides de cambiar los pañales! - dijo Alana riendo.

Lo decía cada vez que Leandro se iba de viaje, los días que se llevaba a Thomas, ya que las primeras veces su amigo se olvidaba de este detalle y ella o su jefe le ayudaban. Pero tenía sentido cuando aún las llevaba puestas. En los últimos meses, era el pequeño Thomas quien contestaba.

- Ya no llevo pañales, tía.

Alana sonrió y saludó a sus dos guapos hijos, antes de empezar a cerrar y dirigirse también a casa.

Al entrar en su coche y arrancarlo, su mente se llenó de los pensamientos que antes había intentado alejar. Muchas cosas parecían estar cambiando en la vida de las personas que le rodeaban, las que realmente importaban. La pareja de amigas por fin había conseguido quedarse embarazada. Renata era una de esas mujeres a las que más les costaba tener un hijo, pero después de mucho luchar por su parte, con Alana a su lado, por fin funcionó.

Nadia, su preciosa sobrina, crecía cada vez más y se convertía en una preciosa niña, a pesar de los problemas por los que pasó en sus primeros meses de vida. Emily pasó por muchas cosas durante su embarazo, desde ser abandonada por el padre de la niña hasta complicaciones. Por suerte para su prima, tenía a su familia, incluida Alana, para apoyarla.

Thomas, el sobrino de Leandro, siguió el mismo camino, también con problemas que no tenía ni idea de que existían. Lo vio por primera vez cuando apenas tenía un año, llevaba pañales y hablaba mucho menos que ahora.

Los niños parecían crecer y hacerse más grandes a su alrededor, pero en aquel momento no era un problema.

A veces le apetecía tener sus propios hijos, otras simplemente se alegraba por los que podía tener. Este era el día de la segunda opción y Alana también se alegraba por sí misma.

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