Tus besos de veneno

Lo malo que tiene el pasado es que no lo puedes negar. Luna fue una vez feliz, hace muchos años, apenas lo recuerda.

Tuvo una familia que la adoraba y toda una vida dichosa por delante, ¿quién le iba a decir que acabaría renunciando a todo por un amor que quemaba más que el fuego candente de una llama? Todo significaba todo. Y como ninguna historia comienza por las espinas, diré que al principio había flores. Se marchitaron y quedó barro, quedaron muchas luces sin apagar, y una esperanza de que no todos los hombres serían iguales.

Él era obsesivo y terco, de manos grandes y miradas de reojo; astuto y escurridizo, con lengua de serpiente y colmillos de venganza. Era todo lo que una mujer querría lo más lejos posible de sí misma: mal novio y peor amante, al menos eso se decía para recordarse que no debía amarlo. Intolerante, de ira fácil, firmaba los documentos como «B.». Sin tener paciencia para poner su nombre completo. Eso le habría tenido que dar alguna pista de la poca tolerancia que tenía para sí mismo, o para otros.

A Luna, lo que más le sorprendía de él era su capacidad para recordar todo lo que no le gustaba de ella. Curioso, ya que en una pareja lo ideal hubiera sido que recordara lo bueno que Luna tenía para dar. A él le encantaban dos cosas de ella, eso lo tenía muy claro, una eran los ojos verdes y otra el lunar en la mejilla derecha. Lo sabía muy bien, ya que eran los lugares favoritos de B. para golpear.

Y a pesar de los golpes ella lo amó, lo amó como para abandonar todo por él, como para olvidarse de que tenía familia y amigos. Lo adoró, tal vez de una forma más enfermiza que él a ella. Porque el monstruo del armario al que todos tememos de niños era el que dormía a su lado, y pese a eso ella lo quiso con una devoción de la que B. sabía aprovecharse.

B. era ese hombre que no temía dañarla hasta dejarla sin poder moverse, ese que la obligaba a tapar los morados con maquillaje y la obligaba a lucir su mejor sonrisa, aunque por dentro se cayera a pedazos. La instruyó en el arte de buscar excusas, de mentir con premeditación, sin importar dónde o a quién. Hoy era un:¿Este ojo morado? Es que me golpeé con la pared. ¿Una pierna fracturada? Es que no veo bien y me caí por la escalera. ¡Qué torpe soy!

A pesar de eso, Luna lo amaba porque B. consiguió que la visión que tuviera de sí misma frente al espejo fuese muy distinta a la realidad. Porque primero la adoró hasta tenerla enredada en su telaraña y una vez allí la hizo su presa. Sí, ella lo quiso, le entregó un corazón rebosante de amor y ternura; y lo siguió haciendo aun cuando lo que recibía a cambio eran golpes. Después lo siguió amando, pero esa vez ya lo hizo con los despojos quebrados e inservibles que quedaron de su corazón.

A ella nadie la amaba como lo hacía B., él se ocupaba de repetírselo todo el tiempo. Era una de cal y otra de arena, un te amo, pero te debo educar y Luna lo creía. Aunque todo el mundo le dijese que estaba equivocada, que era justamente lo contrario, que, sin ella, él no iba a tener dónde caerse muerto. Que ella era mejor y él no la merecía, pero cuando se está enamorada lo que otros digan poco importa.

Nadie lograba entenderla, solía pensar cuando subía por las calles empedradas del barrio de La Latina, los momentos buenos recreados junto a él compensaban todos los infiernos vividos. Y es que Luna solía recordar demasiado los momentos buenos y enterrar los malos en lo más profundo de su mente. Tal vez eso era amor, o quizá supervivencia.

Era B. quien racionaba su felicidad, dándosela de beber a traguitos, sin permitir que se enganchase mucho a ella. Así la tenía con el síndrome de abstinencia, siempre a la espera por un poquito más de ese trago de euforia que le daban sus besos cuando él estaba de buenas. De sus caricias y ese cariño que obtenía a cuenta gotas. Era, como ya imaginaban muchos, quien coartaba su libertad y la encerraba entre muros con cristales puntiagudos y alambres de espino. Porque B. no necesitaba ponerle rejas a las ventanas o las puertas, Luna hacía lo que él decía porque la anuló por completo.

Porque en su casa quien mandaba era ese hombre.

Con él era un quiéreme hasta que me mates y eso le costó aprenderlo por más lecciones que le diera.

B. era ese viejo refrán de la letra con sangre entra, y él se creía dueño y señor de instruirla en cada error que considerara detestable.

A Luna le gustaba cuando la sacaba en San Isidro a ver los fuegos artificiales y la besaba a orillas del Manzanares, allí se olvidaba de las veces que se ensañaba con su pelo, con sus dedos, o con cualquier parte de su cuerpo. Aquel día tenía la mano rota. Supuso que algo debía de aprender de ello.

Los domingos de «lo siento, tuve un mal día» venían acompañados de flores y fresas con nata, ella solía decirse en voz baja que aquellas serían las últimas flores que él le trajera nunca; que las cosas irían bien ahora que se había dado cuenta de su error.

Aquel día llevaba unos lirios enganchados en el tirante del vestido. Se engañaba, se convencía de lo imposible para sacar fuerzas para mantenerse a su lado, se hacía luz de gas para acallar a los pocos pensamientos instintivos de defensa que le quedaban.

Luna era obsesiva, terca, de manos frías y miradas esquivas a muecas de reproche; valiente y fiel, con sonrisa resistente a las humedades y un yunque por corazón. Era casi todo lo que un buen hombre podría esperar. Transigente, de beso fácil, paraba las bofetadas con la mano izquierda. Ah, que ironía, Luna sabía defenderse muy bien, pero nunca de él. Él podía doblegarla con tan solo una mirada de esos ojos que, cuando se lo proponían, podían lanzar amenazas sin decir palabras. Ojalá se hubiera quedado solo en miradas que provocaban terror. ¡Qué pronto vinieron los golpes!

Primero fue una botella estallando sobre su nuca, después, un cuerpo siendo arrastrado por el asfalto; un árbol y unas cadenas, unas tijeras que se partieron por la mitad y gritos de «esta es la última vez que lo haces». ¿El delito? Solo decir: «hoy duermo en casa de mi madre» sin alevosía ni mala praxis, sin malas intenciones o deseos por querer escapar. ¿El móvil para su comportamiento? El miedo, ¿qué otra cosa? B. no se conducía de otra forma, sus miedos los expresaba con violencia, pero como él siempre decía: el miedo a patadas se va, pero nunca sobre sí mismo.

Después del horror…, después de eso vienen las ganas de sobrevivir, de escapar, de luchar contra todos y hasta contra una misma, pero comencemos por el principio. Cuando Luna se enamoró de B. y selló su destino.

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