Llegué a casa y metí la mano bajo el chorro de agua fría del grifo.
El dolor era agudo, pero la humillación dolía más.
Estaba sola. Siempre lo había estado, en realidad.
Mis ojos se posaron en una vieja guitarra española apoyada en la esquina. Javi la había comprado en el Rastro.
"Te enseñaré a tocar, mi amor. Cantaremos juntos en nuestro balcón."
Nunca lo hizo. La guitarra acumulaba polvo, una promesa rota más.
Abrí el armario y saqué mi maleta. Empecé a meter mi ropa dentro, doblando cada prenda con una determinación fría.
Estaba doblando una camiseta cuando la puerta se abrió de golpe.
Era Javier.
Vio la maleta abierta sobre la cama.
"¿Qué estás haciendo? ¿Te vas? ¿Es esto algún tipo de chantaje emocional?"
Su voz era dura, acusadora.
"Sofía no tuvo la culpa. Fue un accidente. Deberías ser más comprensiva, ella se siente fatal."
Me quedé en silencio, mirándolo. No podía reconocer al hombre que tenía delante.
Mi silencio pareció enfurecerlo aún más.
"¡Di algo, maldita sea!"
No dije nada.
Dio un portazo al salir.
Unos días después, apareció de nuevo.
"Vístete. Vienes a una gala benéfica conmigo."
No era una petición. Era una orden.
"Mi madre insiste. Hay que acallar los rumores."
En la gala, en el Museo del Prado, Sofía no se apartó de su lado. Eran la pareja perfecta. Él le susurraba cosas al oído, ella reía. A mí, me ignoraba por completo.
Me sentía como un fantasma, invisible.
Sofía se me acercó en un momento, su sonrisa era puro veneno.
"Espero que estés disfrutando de la velada. Aunque quizás esto es un poco… abrumador para ti, ¿no?"
Su mirada recorrió mi sencillo vestido negro, comprado en una tienda de segunda mano.
De repente, vi algo que me heló la sangre.
En una vitrina, como parte de una exposición de "arte popular" , estaba mi pajarito de madera.
Lo reconocí al instante. Tuve que empeñarlo hacía meses para pagar una factura médica urgente de mi madre.
Mi corazón latía con fuerza. Tenía que recuperarlo.
La exposición incluía una pequeña subasta silenciosa. Escribí mi oferta en el papel, todo el dinero que tenía en el mundo.
Vi a Sofía observándome desde el otro lado de la sala. Sonrió y se acercó a la vitrina. Escribió una cifra muy superior a la mía.
La miré, desesperada. Empezamos una guerra de ofertas silenciosa. Cada vez que yo subía, ella doblaba la cantidad con una sonrisa burlona.
Sabía que no podía ganar.
Entonces, Javier se acercó. Miró las ofertas, luego me miró a mí, y después a Sofía.
Tomó el bolígrafo y escribió una cifra astronómica.
Ganó el pájaro.
Por un momento, sentí una chispa de esperanza. Quizás… quizás recordaba.
Se acercó a la vitrina cuando un asistente se la abrió. Sacó el pájaro.
Caminó hacia nosotras.
Mi corazón se detuvo.
Se lo entregó a Sofía.
"Un pequeño regalo, cariño."
La esperanza murió. Fue la traición definitiva.





