El plan había comenzado, y cada pieza debía moverse con precisión. Mi siguiente objetivo era Valeria, mi supuesta "mejor amiga". En mi vida pasada, ella fue mi dama de honor, la confidente a la que le conté todos mis miedos y alegrías. Y fue ella quien ayudó a Sofía a sabotear el sistema de sonido en mi desfile, la que se aseguró de que las imágenes de la traición se proyectaran para que todo el mundo las viera.
La encontré en el pequeño taller que había improvisado en casa. Estaba organizando mis bocetos con una eficiencia que, en otro tiempo, me habría parecido lealtad.
"Valeria, ven aquí un momento", la llamé, mi voz era suave.
Ella se acercó de inmediato, con una expresión de preocupación ensayada.
"Ximena, ¿estás bien? Sofía me dijo que te sentías un poco abrumada".
"Estoy perfectamente", respondí con una sonrisa. "De hecho, he estado pensando. Sofía va a estar muy ocupada ayudándome con los preparativos de la boda y ahora con el bebé. Y tú eres tan organizada y eficiente…".
Hice una pausa, dejándola en suspenso. Pude ver la curiosidad y la ambición en sus ojos. Valeria, al igual que Sofía, venía de una familia con menos recursos que la de Diego y siempre había envidiado mi suerte.
"He pensado que quizás podrías convertirte en la asistente personal de Sofía. Le serías de gran ayuda, y podrías aprender mucho sobre cómo se manejan las cosas en la alta sociedad. Además, así podrías mantenerme informada de todo, asegurarte de que mi hermana no se estrese demasiado".
La mandíbula de Valeria casi se desencajó. Pasar de ser mi ayudante de diseño a la asistente personal de la hermana de la futura esposa de Diego era un salto social enorme para ella. Era una entrada directa al mundo con el que siempre había soñado.
Recuerdo perfectamente el día, en mi vida anterior, en que la encontré llorando. Me dijo que se sentía insignificante, que nunca tendría las oportunidades que yo tenía. Le prometí que siempre la ayudaría, que la llevaría conmigo a la cima. Y ella me lo pagó ayudando a destruirme.
Ahora, veía la misma ambición en sus ojos, pero sin el velo de la amistad que antes me cegaba. Vi a una depredadora que olía una oportunidad.
"¿Yo? ¿Asistente de Sofía?", tartamudeó, fingiendo modestia. "No sé si estoy a la altura, Ximena. Soy tu amiga, mi lugar está contigo".
"Y precisamente porque eres mi amiga, confío en ti para cuidar de mi hermana", dije, mi tono era tan convincente que casi me lo creí yo misma. "Insisto. Hablaré con Sofía. Estará encantada".
Más tarde ese día, convoqué a Sofía a mi habitación. Ya había regresado de su "misión" con Diego, y su rostro brillaba con un secreto júbilo. Sabía que la semilla de la traición ya había sido plantada.
"Sofía, he tenido una idea maravillosa", comencé, antes de que pudiera contarme su versión de la historia. "Valeria es muy leal y trabajadora. Quiero que sea tu asistente personal para que te ayude con todo".
Sofía frunció el ceño, claramente sorprendida y un poco desconfiada.
"¿Valeria? Pero ella es tu sombra. ¿Por qué me la darías a mí?".
"Porque te quiero, hermana. Y sé que organizar una boda de esta magnitud será agotador. Valeria te quitará un peso de encima. Piénsalo, tendrás a alguien que te organice la agenda, que te acompañe a las reuniones… te facilitará mucho las cosas. Además, es mi amiga más cercana. Es como tener un pedazo de mí contigo, cuidándote".
Mi lógica era impecable, envuelta en una capa de amor fraternal tan gruesa que era imposible de refutar sin parecer una desagradecida. Sofía, que siempre había querido tener su propio séquito, no pudo resistirse a la idea. Tener una asistente personal era un símbolo de estatus.
"Bueno… si insistes", dijo, tratando de sonar como si me estuviera haciendo un favor. "Supongo que podría ser útil".
"Perfecto", dije con una sonrisa radiante. "Se lo diré ahora mismo".
Esa noche, la madre de Valeria me llamó por teléfono, su voz rebosaba de una gratitud empalagosa.
"Ay, Ximena, eres un ángel. Mi Valeria está tan feliz. Siempre supe que tu amistad la llevaría lejos. Eres una verdadera bendición para nuestra familia".
"No es nada, señora. Valeria se lo merece", respondí, manteniendo el tono amable.
Colgué el teléfono y una sonrisa fría se dibujó en mis labios. Sí, Valeria se merecía todo lo que estaba por venir.
La había colocado justo donde la necesitaba: al lado de Sofía. Dos serpientes en el mismo nido. Ahora solo tenía que sentarme y ver cómo se envenenaban la una a la otra. El primer peón de mi venganza estaba en su lugar.





